CAPÍTULO 15 #2
Me quito su mano de la barbilla de un tirón y vuelvo a mirar al frente para ignorarlo. En el tiempo en el que el telesilla vuelve a ponerse en funcionamiento, intento ponerme en contacto con Molly o Sienna, pero ninguna de las dos me contesta porque no hay muy buena cobertura.
Estar incomunicada, obviamente, solo aumenta mis niveles de estrés.
Madre mía. Tengo un muy mal presentimiento…
¿En qué momento esto me ha podido parecer una buena idea?
Llegamos al final del trayecto del telesilla a los pocos minutos, y yo tengo que tragar con fuerza cuando veo la pista que está delante de mis narices. Más aún porque, a raíz de la ventisca, desde aquí arriba la visibilidad de la montaña es mucho menor de lo habitual.
A cada segundo que pasa, peor se pone la cosa. Más viento hace, más nieve se levanta, más tenebrosa se ve la pista…
Ya apenas queda nadie. La gente que también estaba subiendo en el telesilla no duda en ponerse a bajar la pista lo antes posible para que no les pille de pleno lo que se nos viene encima.
¿Solo alerta amarilla?
Mikael no parece muy asombrado; supongo que está acostumbrado a temporales como estos. Comenzamos a esquiar por pistas azules. Yo me limito a seguirlo sin saber si realmente este el camino para encontrarme con Thiago.
Aunque doy gracias de que aún no me haya metido por una pista roja.
—¿¡Qué ocurre!? —le pregunto cuando al cabo de unos diez minutos se detiene; le grito, en realidad, por lo fuerte que sopla el viento.
—Ya no están.
—¿¡Qué!?
—¡Que ya no están! Deberían estar por la zona. Han debido marcharse hace un rato por la alerta.
No me jodas. ¿He subido para nada? ¿Y ahora voy a tener que bajar con Mikael y con esta ventisca?
—¿Estás seguro? Quizás están…
Mikael niega con la cabeza y me interrumpe.
—Mira, Kelly, no sé, pero con la alerta que hay y con tu nivel, no pienso ponerme a investigar más a fondo. Es mejor que te des media vuelta.
No digo nada, porque él de pronto se acerca al telesilla que tenemos casi al lado. Se pone a hablar con el operador responsable. Cuando llego a su altura, pillo la conversación empezada, y me llevo las peores noticias.
«Ya no admite viajeros. Ya no es seguro».
«No tiene el nivel para bajar estas pistas», dice Mikael, señalándome.
«El telesilla ahora es más peligroso. Lo siento, pero tendrá que bajar esquiando».
Tras decir eso, saca sus esquís dispuesto a ponerse a resguardo abajo una vez todo el mundo haya bajado.
—¡¿Qué voy a hacer?! —le pregunto de nuevo gritando, porque el viento es cada vez más fuerte.
—¡Bajar la pista que tenemos delante! —La señala. Esa sí es una roja…—. ¡Es la vía más rápida! ¡Yo voy detrás de ti! ¡Si veo que coges velocidad te haré parar, pero no podemos tirarnos media hora aquí, es muy peligroso!
—¿¡Y qué pretendes!? ¿¡Que me deje llevar!?
Mikael asiente y me agarra del brazo para acercarme al inicio de la pista.
—¡Es casi un kilómetro de pista! ¡Tienes que olvidarte de frenar o la ventisca te va a pillar de lleno!
¿QUÉ?
¿Cómo que no frene?
A pesar del frío que nos da en la cara (que incluso me hace daño), siento una oleada de calor que me recorre entera cuando asimilo bien lo que Mikael pretende que haga.
—¡No sé esquiar esta pista, Mikael!
—¡Pues vas a tener que aprender!
—¡No sé si voy a poder! ¡Tengo la rodilla mal!
Mikael empieza a perder la paciencia.
—¡Kelly, solo hay una alternativa y es bajar! ¡Deja de lamentarte y sé valiente! ¡Yo voy a ir detrás de ti todo el rato, pero para no llevarte por delante, no puedes frenar! ¿¡Entendido!?
—¡Pero…!
—¡Concéntrate! —me ordena y, antes de que pueda asimilarlo, Mikael me ha empujado y me ha metido de lleno en la pista.
Aprieto los dientes con fuerza e intento confiar en mí y en él.
Le hago caso y no freno, a pesar de que sienta que la velocidad que cojo podría matarme si me cayera.
Flexiono las rodillas haciendo caso omiso al dolor que siento en la lesionada, y con todo mi ser trato de no perder el control de mis esquís, aunque la cosa no es precisamente fácil.
La nieve se está acumulando en pequeñas montañas por el viento, y provoca que haya unos baches en la pista que me desequilibran y que, inevitablemente, me obligan a hacer cuña y reducir la velocidad.
—¡No frenes! —me grita en una especie de reproche que ahora mismo solo me pone más nerviosa.
Trago saliva y me muerdo el labio inferior. Pestañeo varias veces para aclarar la vista, a pesar de que no sirva de nada, porque la visibilidad de la pista ya es casi nula.
Dios mío.
—¡No veo nada! —le grito, frenando ahora de verdad, porque no veo las banderas a los laterales de la pista y, en consecuencia, no sé por dónde tengo que ir.
Mikael pasa por mi lado a gran velocidad y me grita algo que no oigo. Gracias a Dios, vuelve a gritar, ahora más fuerte:
—¡Sígueme!
Me trago el nudo de la garganta y me obligo a dejar de lado las ganas de llorar por la desesperación y el miedo, y vuelvo a esquiar, tratando de coger la velocidad suficiente para poder alcanzarle, porque, joder, va embalado.
—¡Mikael, más despacio! —chillo, cuando cada vez me cuesta más seguirle.
—¡En cualquier momento puede ocurrir una avalancha! ¡Tenemos que salir de aquí ya!
Siento un vacío en el estómago cuando dejo mis esquís deslizarse a la velocidad que causa la propia inclinación de la montaña.
Ahora que tengo que seguir a Mikael y preocuparme por no perderlo de vista, no puedo ir centrándome en lo que tengo delante, consiguiendo, obviamente, que ocurra lo inevitable: que me caiga.
Pierdo el control de mis esquís cuando paso por una pequeña montaña de nieve y luego por un bache, que consiguen desnivelarme al completo. Me tapo la cabeza con las manos mientras ruedo por la nieve a velocidad de vértigo.
—¡Mikael! —chillo desesperada para que me oiga y venga a ayudarme, porque, cuando dejo de rodar y por fin consigo frenar, me doy cuenta de que la caída no me ha dejado ilesa.
Mi rodilla.
Joder, joder, joder.
—¡Levántate! —me ordena, desde algún lugar que no consigo distinguir, porque ya no solo la nieve me bloquea la vista, sino también las lágrimas.
—¡No puedo! ¡Creo que se me ha salido la rodilla!
—¡Tienes que levantarte, Kelly!
No puedo levantarme. No puedo mover ni un milímetro la pierna.
—¡De verdad que no puedo! ¡Ven a ayudarme, por favor! —le pido, desesperada. Soy capaz de escuchar los latidos de mi corazón en los oídos.
—¡Joder, Kelly, con la nieve así no puedo subir!
Trago saliva.
—¡Pues ve a por ayuda, por favor!
Mikael se queda en silencio durante unos segundos, que a mí me parecen eternos, hasta que grita algo que no me relaja, pero sí me deja una pizca más tranquila.
—¡Vuelvo enseguida!
Asiento, pese al dolor y a que ni siquiera puede verme…
—No tardes…