CAPÍTULO 12
TODA LA VIDA
Kelly
N unca pensé que podría decir esto, pero echo de menos esquiar con Thiago. Mis amigas están a punto de matarme y, lejos de preocuparse por mi bonito culo, no paran de descojonarse de mí cada vez que me caigo.
Me he pasado toda la mañana subiendo y bajando la misma pista azul con mi clase, pero después de comer, Molly y Sienna me han obligado a ir a esquiar con ellas. Nos quedan pocos días de clases gratis, y quieren esquiar conmigo, aunque sea un rato.
En un principio, la idea no me había parecido tan mala porque estaba motivada después de la clase con Thiago, ya que no se me había dado tan mal.
Claro que se me había olvidado por completo un pequeño detalle: Thiago tiene muy presente que toda la gente de su clase es novata, cosa que mis amigas han ignorado por completo.
He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me he caído bajando la pista. No es la misma en la que me he pasado toda la mañana practicando, pero es del mismo nivel…
¿Por qué me está costando tanto bajarla?
¿Qué narices estoy haciendo mal?
—¡Kelly, frena! —me grita Sienna, pero no puedo hacerlo. La nieve está algo más derretida que esta mañana, y mis esquís no me hacen caso, lo juro.
—¡Cuidado! —chilla Molly, apartando a Sienna de mi camino para que no me la lleve por delante cuando cojo velocidad y sigo sin poder frenar.
Y a pesar de que tratan de ayudarme a parar, una vez paso por su lado, termino cayéndome porque la velocidad me hace perder el equilibrio.
—¡Mierda! —chillan a la vez cuando ven mi golpe.
El corazón se me sube a la garganta cuando soy capaz de escuchar un crujido en mi rodilla derecha, que por un momento me hace pensar que me la he roto.
Cuando dejo de deslizarme cuesta abajo, me siento en la nieve y, alarmada, me toco la rodilla para comprobar que está bien. Sin embargo, se me baja toda la sangre a los talones cuando, al presionarla, un dolor punzante hace acto de presencia.
«No, no, no, no, no…».
—¡Kelly!
Molly y Sienna aparecen en mi campo de visión a la vez, y se agachan para socorrerme y examinarme.
—¿Estás bien? —pregunta Sienna, mirándome preocupada.
Yo niego con la cabeza.
—No puedo mover la rodilla.
Ambas intercambian una mirada de susto que solo me pone más nerviosa.
—Vale, tranquila, seguro que no es nada —dice Molly para tranquilizarme—. ¿Puedes flexionarla?
Estoy a punto de comprobarlo, cuando de pronto alguien frena con los esquís bruscamente a nuestro lado, captando toda nuestra atención.
Las tres miramos a la persona que acaba de aparecer y, para mi sorpresa, ver a Thiago, por primera vez, no me genera una sensación parecida a la incomodidad, sino que más bien me transmite una seguridad y una tranquilidad que consigue que la sangre empiece a fluir de nuevo por mis venas.
Thiago se agacha frente a mí y me examina con atención.
—¿Puedes levantarte, Kell? —me pregunta.
«Vaya, genial. Ha visto mi patética caída».
Yo niego con la cabeza.
—Me duele la rodilla.
Thiago me coge la pierna y, antes de que yo pueda hacer nada, me la flexiona y me la vuelve a estirar con cuidado. Luego me mira a los ojos cuando me pregunta:
—¿Te ha dolido?
Trago saliva con fuerza, porque sí, me ha dolido.
—Un poco… —reconozco, angustiada—. ¿Me he hecho algo? ¿Está rota?
Thiago me suelta la pierna y niega con la cabeza.
—No lo creo, tranquila, pero abajo hay una enfermería. Vamos a que te vean. —Se incorpora y me ofrece la mano para ayudar a levantarme. Sin embargo, al tirar de mí, un dolor en la muñeca me hace quejarme y soltarle de inmediato.
Joder, joder, joder.
Me agarro la muñeca con la otra mano mientras siento unas ganas raras de llorar.
Si me he lesionado la muñeca o la rodilla, me muero. De verdad que me muero.
Thiago se agacha de nuevo para examinar mi muñeca.
Miro a mis amigas mientras lo hace. Ambas tienen una mano en la boca y me miran preocupadas. También sé que se sienten un poco culpables.
—Será solo un pequeño esguince, Kell, pero no te preocupes. En pocos días estarás bien.
—¿Que no me preocupe? —digo angustiada.
Thiago asiente, seguro. Sus ojos verdes me miran con confianza.
—No es nada por lo que debas preocuparte —insiste, y antes de que yo pueda decir nada, él se dirige a mis amigas para que una de ellas vaya a buscar uno de mis esquís, ya que ha saltado cuando me he caído.
Mientras Sienna va a por él, Thiago me ayuda a levantarme del suelo, pero esta vez desde atrás para no tirar de mis manos.
Una vez estoy de pie, se queda detrás de mí, con su pecho pegado a mi espalda, y con uno de sus brazos rodeando mi cintura para que no me caiga.
Molly me mira con una expresión parecida a la de la tristeza, pero también con confusión por la forma en la que Thiago… pues, bueno, me ha tratado…
No sé si hasta este momento se habrán acordado de que él es mi ex, pero creo que después de esto algo en su interior pide algún tipo de explicación o conversación.
Cuando recupero mi esquí, Thiago se ocupa de ayudarme a bajar la pista como hemos hecho otras veces en clase, solo que esta vez se lo pongo mucho más difícil, porque yo no puedo hacer fuerza para frenar con las rodillas.
Cuando llegamos abajo, me acompaña a la pequeña cabaña de madera que está cerca del telesilla, donde se encuentra el personal de primeros auxilios. A pesar de que estoy acompañada de mis amigas, él no se va en ningún momento. Se queda a escuchar lo que me dicen.
—¿Eres alérgica a algún medicamento? —pregunta el enfermero mientras que me revisa la rodilla.
—Al ácido acetilsalicílico que lleva la aspirina —contestamos Thiago y yo al mismo tiempo.
Todos en la sala nos miran a la vez de forma intensa, pero Thiago y yo tan solo compartimos una mirada rápida.
Después de esa respuesta, se genera un silencio bastante incómodo. Aunque el jaleo que tengo en mi interior sería capaz de dejar sordo a cualquiera.
Trago saliva cuando soy realmente consciente de que Thiago se ha acordado de a lo que soy alérgica…, y también de que ahora mismo está agitando su pierna sin darse cuenta. Eso siempre lo ha hecho cuando está nervioso, ansioso o preocupado por algo.
—No tienes nada fracturado —informa—. Aunque te recomiendo que mantengas todo el reposo posible, porque otra caída puede hacer que esta vez sí que te fractures algo.
Te voy a poner una muñequera y una rodillera de compresión para inmovilizar las articulaciones y reducir el dolor —informa, y a mí me quita dos pesos muy grandes de encima.
El primero: que no tengo nada roto, obviamente, y el segundo: que no voy a tener que esquiar de nuevo.
Yo asiento y luego comparto una mirada de alivio con mis amigas. También miro a Thiago, que está serio mientras mira al auxiliar, pero cuando se da cuenta de que lo estoy mirando, gira la cabeza en mi dirección, me sonríe y me guiña un ojo de forma rápida y sutil.
—Ya te he dicho que no era nada —me dice con la voz algo ronca antes de volver a mirar al enfermero con atención.
Diez minutos más tarde, todos salimos de la cabaña y nos dirigimos al hotel. Yo me tumbo en la cama de mi habitación mientras Molly y Sienna me miran con curiosidad desde los costados de la cama.
—Puedes contarnos lo que sea, Kelly —dice Molly, rompiendo el silencio.
Mierda.
—¿Contaros? —Me intento hacer la loca, porque no sé si estoy preparada para hablar del tema—. ¿Contaros qué exactamente?
—El chico rubio, Thiago —dice Sienna—. Creíamos que solo fue un rollo de cuando eras adolescente, pero se sabe hasta tus malditas alergias. ¿Ácidosalecitiqué? Yo ni siquiera puedo pronunciarlo y lo acabo de escuchar, pero él lo ha dicho de carrerilla.
—¿Qué hubo entre vosotros en realidad, Kelly? —pregunta de nuevo Molly—. Debió de ser algo gordo…
Hay tantas cosas que no saben de mí, que hasta por un momento me avergüenzo. Son mis mejores amigas y les he ocultado hasta el más mínimo detalle de mi vida antes de conocerlas…
Nunca he querido contárselo, porque cuando nos conocimos, fue el momento exacto en el que me di cuenta de que mi vida con Thiago en Ribadeo había acabado.
Además de que mi madre se esforzó por hacerme olvidar el pasado. Me hizo creer que mi única realidad era la que estaba creando, y que mi pasado era un simple recuerdo que, a decir verdad, no merecía la pena contar.
«Cuánto daño te ha hecho mamá, Kelly».
—Fue… —Trago con fuerza—. No solo fue un rollo. Fue mi primer amigo y mi primer novio.
—¿Por qué lo dejasteis? —pregunta Sienna, curiosa.
Tomo una bocanada de aire. No me creo que esté a punto de contarles a mis amigas la mitad de mi vida.
—Porque me tuve que ir a Londres.
Ambas me miran con el ceño fruncido. Lo único que saben de mí es que viví en España durante muchos años. Eso era lo único que sentía que podía contar.
—¿Simplemente por eso? —pregunta Molly, extrañada—. ¿Lo dejasteis por la distancia?
Se me hace un nudo enorme en la garganta.
—Lo dejamos porque no supimos entendernos —resumo—. Él no entendía que me tuviera que marchar, y yo no comprendía cómo era incapaz de no entenderlo…
—Acabasteis mal, ¿no?, por eso nunca has hablado de él. Ni siquiera ahora, que le has vuelto a ver —comenta Sienna.
Yo asiento.
—Éramos muy pequeños. No teníamos ni idea de cómo querer.
Con dieciocho años creíamos que la única forma de querernos era priorizándonos. Ahora, yo por lo menos, he aprendido que hay muchas formas de querer, y que a veces dejar marchar es la mejor forma de demostrar que quieres a alguien.
Yo a Thiago le destrocé el corazón. Lo que no podía hacer era demostrarle, estando con otro, que aún le quería. Por eso reprimí las ganas de buscarlo cuando lo echaba de menos, y dejé que buscara a alguien que pudiera arreglar lo que yo destrocé…
Ninguno de los dos podía tener al otro a medias. Estar presentes en nuestras vidas, pero sin ser lo que fuimos cuando teníamos aún tanto por darnos, podría haber sido lo más doloroso para los dos.
Por eso traté de olvidarlo y no lo busqué cuando lo necesitaba…
—¿Cuánto tiempo llevabais juntos? —pregunta Molly.
Resumir mi vida con Thiago en años es imposible.
Más que nada porque siempre he tenido la sensación de que mi primer y último recuerdo sólido fue con él…
Comencé a ser alguien plenamente consciente de su vida una vez se cruzaron nuestros caminos.
Por eso, a pesar de que nos conociéramos más tarde de lo que mi respuesta daba a entender, tengo la sensación de que mi vida comenzó cuando comenzamos a frecuentarnos, y de alguna forma se acabó cuando me marché.
—Toda la vida —contesto con un deje de tristeza que, al instante, lamento haber mostrado.
A mis amigas desde luego que no les pasa desapercibido, porque la mano de Molly agarra una de las mías, y más tarde la de Sienna hace lo mismo.
Ambas se deslizan en la cama hasta que quedan a mi lado, y las dos apoyan sus cabezas en mis hombros.
Yo dejo caer la mía en la de Sienna, y ahora que ninguna de las dos puede verme la cara, permito que me ardan los ojos y que se me empañen.
—Siento la pregunta, Kelly, pero… —empieza diciendo Molly—, ¿le sigues queriendo?
Trago con mucha fuerza, pero soy incapaz de deshacer el nudo que tengo en la garganta.
¿Sigo sintiendo algo por Thiago? ¿Qué es lo que siento? ¿Nostalgia? ¿Tristeza? ¿Amor? ¿Cariño? ¿Arrepentimiento? ¿Aprecio? ¿Miedo por lo que pueda sentir una vez me vaya y vuelva a tenerlo lejos?
¿Será un poco de todo?
¿Lo sigo queriendo? ¿Se puede querer a alguien que llevas seis años sin ver y sin saber nada de su vida? ¿Se puede dejar de querer a alguien que te ha hecho tan feliz? ¿Se puede no querer a Thiago?
No.
Joder, por supuesto que no.