Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Yo le pongo una mano en la boca y me llevo el dedo índice a los labios para pedirle que no grite, mientras que, sintiéndolo mucho, me descojono.

—Era una broma, Kelly, puedes estar tranquila. No vamos a morir.

—¡Yo no contemplaba la posibilidad de morir, solo de caernos! —grita contra mi mano.

«Solo», dice.

—¿Crees en serio que podríamos sobrevivir a una caída de más de veinte metros? Mucha fe tienes tú, Williams.

—¿Veinte metros? —pregunta mirando hacia abajo.

—Mientras no se levante una ventisca, puedes estar tranquila.

—La verdad es que no me estás haciendo sentir mejor con nada de lo que estás diciendo —reconoce.

—Vale, pues cambiemos de tema.

—¿A cuál?

Pienso durante unos segundos.

—¿Cómo es tu vestido de novia?

Kelly me mira confundida.

—¿Blanco?

Le dedico mi peor cara.

—No jodas, Kell —le digo irónicamente—. Me refiero a que cómo es de… estilo… No sé, yo tengo el recuerdo de que una vez me describiste con pelos y señales cómo querías que fuera. Me gustaría saber si tus gustos en eso también han cambiado.

—¿En serio quieres hablar de mi vestido de novia?

—¿Por qué no iba a querer?

En realidad, no quiero.

No quiero, porque la primera vez que la escuché describirlo, me la imaginaba en el altar conmigo. Ahora…, ahora tendré que imaginarla sin yo estar a su lado…

—Porque… —Ella traga saliva con fuerza—, ya te di la tabarra hace unos años según me acabas de decir.

—Yo no he dicho eso. He dicho que me hablaste de cómo hace unos años describiste tu vestido perfecto, y en ningún momento me cansé de escucharte. —Hago una pequeña pausa—. ¿Tú no te acuerdas de esa conversación?

Resopla en forma de suspiro.

—Algo recuerdo, sí… —dice, pero yo sé que se acuerda de todo.

—Bueno, ¿y cómo es ahora? —insisto.

Ella pierde la mirada de nuevo en algún lugar que no soy yo, y algo me dice que hablar de su vestido no es uno de sus temas favoritos… No sé si porque algo ha pasado al respecto, o si es porque no quiere hacerlo conmigo.

Sea cual sea la razón, no le impide contármelo al final.

—Pues… es… simple. O, por lo menos, a mí me lo parece.

Es de manga larga, pero tiene un pequeño escote hasta esta zona en forma de corazón —se señala el pecho—.

La tela es de un satén muy grueso que proviene de Francia, y no sé…

No tiene mucho vuelo. Al final se generan una especie de tablas que quedan muy elegantes, y en los bordados de las mangas tiene diminutas piedrecitas y eso le da más luz al vestido.

Es de una diseñadora de la que me he enamorado.

Ha diseñado mi vestido y los de las damas de honor.

Es la mejor. Se llama Samantha Díaz, por si… quieres… saberlo…

Yo le sonrío mientras trato de borrarme de la mente la ­imagen de ella con el vestido puesto, pero de la mano de… Alan.

—Tiene pinta de ser bonito —confieso, porque, a pesar de todo, debe estar preciosa con él puesto.

—¿Pero?

—Pero no es como lo describiste hace unos años.

—¿Y cómo era el de hace unos años? —me pregunta, y siento que me está poniendo a prueba. Una pena para ella que me acuerde a la perfección.

—Dijiste que soñabas con un vestido con mucho vuelo y al estilo princesa con detalles en encaje. Además de que dijiste una cosa muy rara. Dijiste que querías un blanco perla. Cosa que nunca llegué a entender, porque solo hay una variación de blanco, que es el blanco, pero…

—Eso no es verdad. Hay blancos más oscuros que otros.

Yo la miro impactado.

—Creo, sinceramente, que solo las mujeres tenéis esa capacidad visual, y los hombres nunca la desarrollaremos. Kell, el color blanco es el color blanco, y punto.

Ella pone los ojos en… blanco.

—Lo que tú digas, Thiago. —Niega con la cabeza.

—¿Y a dónde os vais de luna de miel? Si se puede saber…

No sé en realidad por qué quiero saber todas estas cosas. Quizás simplemente sea masoquista.

—Recorreremos la costa italiana, y luego nos iremos a Madagascar una semana.

—Madagascar… —silbo, asombrado, pero luego decido vacilarla—. Espera, ¿pero eso no era una peli?

Ella me mete un codazo y me fulmina con la mirada mientras en sus labios se asoma una sonrisa tímida.

—¿Y cuándo llega él? —me atrevo a preguntar.

Ella deja de sonreír al instante.

—Thiago…

—¿Qué?

—¿Por qué quieres saber todas estas cosas?

—Curiosidad.

—Ya… —murmura, pero a continuación decide contestar a mi pregunta—. Alan viene el sábado. Una semana antes de la boda.

—¿Y tu madre también?

Que mencione a su madre la pone igual de rígida que una piedra.

—Todos los invitados vienen el miércoles…

—¿Estás nerviosa?

—Estoy estresada. Quiero que todo salga bien.

—¿Quieres despejarte un rato para relajarte?

Frunce el ceño, pero afirma con la cabeza.

—Ehh… ¿sí?

Yo sonrío triunfante.

—Hoy es el cumpleaños de mi amiga Taylor.

La que has visto esta mañana cuando Mikael…

—dejo la frase en el aire—. Vamos a celebrarlo esta noche en el bar que está a pie de pista en la estación.

Tú y tus amigas estáis invitadas. A Taylor le encanta que se una gente a su cumpleaños, aunque no los conozca.

—Esta noche nos vamos a ver una aurora boreal… —contesta, desplomando en un segundo mi ilusión.

Mierda. Me moría de ganas de poder pasar una noche con ella sin tensiones. Pensaba que el cumple de Taylor podía ser la ocasión perfecta para poder dejar de lado cualquier frialdad en nuestra relación por un rato al estar en un ambiente más social y… coloquial.

—Vaya, pues nada… Otra vez será, Kell.

—¿Cómo la conociste? —pregunta de pronto.

—¿A quién?

—A Taylor.

Sonrío por una milésima de segundo antes de quedarme serio.

Taylor es mi persona favorita desde hace bastante tiempo, pero también es de alguien de quien me cuesta hablar.

—Ella llegó al equipo de monitores cuando acababa de cumplir dieciocho, y yo solo llevaba aquí un año. Llegó como alumna, pero quería sacarse el título de profesora para poder dedicarse a enseñar.

Ella me mira confusa, y sé a la perfección por qué.

—¿Pero… ella…? ¿Ella ya estaba en silla de ruedas?

Aprieto los dientes con fuerza y niego con la cabeza.

—No… Aunque ahora sí y da clases a niños con su misma minusvalía.

—¿Y qué le pasó? —pregunta con cautela.

—Tuvo un accidente esquiando.

Kelly se lleva una mano a la boca.

—Dios santo… Pobrecita…

—No había a nadie que le gustara esquiar más que a ella. A nadie… —Trago con dureza para tragarme también el nudo de la garganta—. Estaba a punto de conseguir su título. Al día siguiente del accidente, se habría examinado.

Me entra un escalofrío cuando recuerdo esa tarde en la que de pronto escuché por un walkie que pedían urgentemente al personal de primeros auxilios para socorrer a una chica de dieciocho años que había perdido el conocimiento en medio de una pista tras una grave caída.

Su imagen me llegó a la cabeza como si no hubiera sido posible que miles de chicas de su edad estuvieran en la pista en ese momento.

Taylor se había precipitado medio kilómetro cuesta abajo en una de las pistas más peligrosas de esta estación… a casi cien kilómetros hora. Se golpeó en la nuca con sus propios esquís y se partió la columna. Eso, además de dejarla en coma, la dejó parapléjica…

Cuando se despertó no se acordaba de absolutamente nada. Ni siquiera de cómo se llamaba. Fue recuperando la memoria con el paso del tiempo, pero se le olvidaron miles de cosas que nunca podrá volver a recordar.

—¿Y no había nadie con ella en ese momento? ¿Nadie la supervisaba? —pregunta Kelly con cierto dolor.

—Sí. Estaba con Mikael.