Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

VESTIDOS Y TELESILLAS

Thiago

L a clase de hoy está siendo un auténtico desastre.

El momento telesilla siempre es el más crítico para todos los niños.

Más que nada lo es porque la idea de subirse les parece increíble, hasta que se dan cuenta de que se tienen que montar sin que las sillas se detengan.

Es un momento demasiado tenso que conlleva mucha preparación física y mental, ya que hay que convencerlos de que no van a caerse una vez empiecen a subir y, a la vez, ser muy estricto con las normas para que no desobedezcan y corran peligro.

Hoy hemos juntado a los alumnos de Elsa (que van un nivel por delante) y a los míos, para que ella se encargue de ayudarlos a bajar cuando lleguen arriba, y así yo pueda ayudarlos a montarse abajo.

Los suyos no tienen ningún problema a la hora de subirse, porque ya lo han hecho antes…

Los míos…, bueno, tengo a alguno que otro con un berrinche.

—Arthur, campeón. Vas a ir con esta chica supermayor que se va a encargar de que no corras peligro. —Señalo a Poppy, quien se ha ofrecido a ir con quien tuviera miedo. La verdad es que es una niña con mucho carácter y muy valiente.

Todos mis alumnos tienen la estatura mínima para poder ir solos en el telesilla sin la compañía de un adulto.

Diez años son suficientes para que entiendan que hacer el cafre no es una opción, y que, si respetan las normas, no tiene por qué pasarles nada.

Arthur es el único que, por edad, no permitiría que fuera solo.

Yendo con Poppy estoy seguro de que no va a pasarle nada.

—Yo cuido de ti, Arthur—dice ella, agarrándole de la mano.

—¿Ves lo valiente que es? Ella no va a dejar que te pase nada. —Le sonrío con ternura y le limpio las lágrimas de la cara, pero, a pesar de mis palabras y las de Poppy, no lo veo muy convencido. Entonces le digo—: Si no quieres subir, no te obligo, pequeño. ¿Quieres ir con tu profe del cole?

Como sabía que ocurriría, él asiente con la cabeza y se acerca a mí para agarrarme del cuello y abrazarme, para que nadie le separe y le obligue a hacer algo que está claro que no quiere.

A saber lo que Mikael le tuvo que hacer antes de que se viniera a mi clase…

Joder, tan solo tiene cuatro años.

Yo me levanto del suelo con Arthur en brazos, y me quito los esquís para poder andar por la nieve con mayor facilidad. Miro a Kelly y le indico que se suba al telesilla.

—Esperadme arriba.

Ella me mira con horror.

—Ni loca me subo sola.

—Te subes con Poppy —señalo a la niña, quien, por la cara que pone, desde luego no parece que le haga mucha gracia lo que he dicho.

Lucho por ocultar una sonrisa cuando veo las miradas que se lanzan. Creo que a Kell le intimida un poco una niña de diez años…

—Eh… Creo que mejor me voy con vosotros. Me quedo con Arthur y su profe —contesta ella, cosa que hace que Poppy se ría de forma… discreta.

—Cagona —murmura ella, pero todos la escuchamos.

Kelly mira a la niña asombrada, pero, antes de que aquí se genere un malentendido entre ellas, intervengo.

—Chicas, estamos entorpeciendo el paso —informo, indicándoles con la mano que se muevan hacia la derecha para que la gente pueda montarse en el telesilla sin problemas. Y, cuando el comentario de Poppy pasa al olvido, vuelvo a hablar—. Kelly, ¿vas a subir?

Ella niega.

—Me voy con vosotros.

Asiento.

—Vale, pues Poppy, vente y luego subimos juntos. No puedes quedarte aquí sola —digo, pero la niña se niega y, para mi sorpresa, se adentra en la zona para montarse en el telesilla.

—Yo me subo ya.

¿Cómo?

Con Arthur aún en brazos, me acerco a ella para sacarla de la zona donde se espera al vagón, pero llego algo tarde.

—No, Poppy, sal de ahí ahora mismo, sola no…

—Dejo la frase en el aire cuando ella es capaz de sentarse correctamente y comenzar a subir con el seguro puesto—.

La madre que me parió —murmuro, y rápidamente cojo el walkie que tengo en la chaqueta para comunicarme con mi compañera—.

Elsa, sube una niña sola. Es la última de mi grupo.

Tiene los ojos azules y el pelo negro. Avísame cuando esté arriba sana y salva, por favor.

—Recibido. ¿Tú no subes?

—En cinco minutos. Hay un alumno que no va a subir, voy a llevarle con su profesora.

—Vale. Aquí te esperamos —concluye.

—¿Un alumno? —pregunta Kelly cuando he dejado de hablar con Elsa y he empezado a caminar por la nieve—. Querrás decir: dos alumnos.

Ella se detiene para quitarse los esquís. Yo espero a que lo haga y a que los coja en la mano.

—No, Kelly. Tú vas a subir.

—¿¡Cómo!? Yo no quiero subir, Thiago.

—¿No quieres esquiar con tus amigas?

—Pues… a ver, por querer esquiar la verdad es que desde el primer día dejé muy clarito que no quería. Así que, por querer, lo que se dice querer…, pues no. Preferiría estar desayunando un chocolate caliente con la montaña al fondo, y no ver a la gente desayunar desde la montaña, ¿sabes?

Soy incapaz de no sonreír.

—Kelly, si diez críos de diez años han tenido el valor de subirse, tú no puedes ser menos.

—Sí, sí que puedo.

La miro con mala cara, y ella pone los ojos en blanco y levanta las manos en forma de rendición.

—Como acabe traumatizada, te culparé toda la vida —me advierte.

—Si haciéndolo piensas en mí toda tu vida…

Ella me pega en el brazo.

—Thiago, no estoy de broma.

—Yo tampoco, Kelly.

Ninguno de los dos dice nada más. Dejamos a Arthur con su profe del colegio, y los dos volvemos a la entrada del telesilla. Nos ponemos los esquís y luego le indico que se coloque en la fila.

—En qué momento, de verdad, en qué momento… —murmura ella mientras hace lo que le pido, consiguiendo robarme una sonrisa.

«Thiago, todos tus niños están sanos y salvos arriba. También Poppy», me informa Elsa por el walkie .

—Perfecto. Yo estoy esperando para subir con la última alumna.

—No lo digas como si yo estuviera de acuerdo. Ahora mismo me siento como en un secuestro bajo amenaza —me dice Kelly.

Pongo los ojos en blanco.

—Eres una exagerada.

—Algunos apreciamos nuestra vida.

Pongo una mano en su cintura y la empujo para que quede en el lugar correcto.

—En cuanto notes la silla en tus piernas, te sientas —Ella, como acto reflejo, me agarra la manga de mi chaqueta con fuerza. Yo miro sobre mi hombro para vigilar y avisarle de que se siente en el momento correcto, por si acaso—. ¡Ahora!

Kelly se sienta mientras profiere un montón de insultos entre murmullos que no logro entender, pero que me hacen reír, porque, sí, es una dramática. Siempre lo ha sido.

Yo bajo la barra de seguridad y le indico dónde colocar los esquís.

—¿A que no ha sido para tanto? —pregunto cuando comenzamos a subir, pero ella está mirando hacia abajo con cara de espanto mientras se agarra a mi chaqueta con mucha más fuerza.

—Cállate, Thiago, te lo pido por Dios, eh.

—Kelly, relájate de una vez, anda —le aconsejo mientras me rio de su cara de horror, pero luego le agarro el mentón para que deje de mirar el suelo, y mire lo que tiene en frente—. La montaña está delante, por si no te habías dado cuenta todavía.

Su expresión de miedo se suaviza cuando ve las vistas.

—Dios mío… —exclama, asombrada—. Esto es precioso, Thiago…

—Lo sé…

—¿Esto es lo que te enamoró de Laponia? —pregunta de pronto, pillándome por sorpresa.

—¿Cómo?

Kell deja de mirar la montaña para mirarme a mí.

—Que si querer ver estas vistas fue lo que te enamoró de este lugar y te hizo querer marchaste de… tu casa.

Yo niego con la cabeza con rotundez.

—Lo que me enamoró fue la idea de que quizás podría empezar una nueva vida de cero.

Traga saliva con fuerza sin apartar sus enormes ojos azules de mi cara.

—¿Y lo has conseguido? —pregunta en un suspiro.

Niego.

—Para nada. —Ella baja la mirada algo… decepcionada—. ¿Y a ti, Kell? —pregunto a continuación, porque me intere­sa saber cosas de ella y porque no quiero que muera la conver­sación. Tenemos más de cinco minutos y pienso aprovecharlos.

—¿A mí? —pregunta, extrañada.

—¿Qué fue lo que te enamoró a ti de Laponia para querer casarte aquí? Hace seis años odiabas el frío y soñabas con casarte en la playa.

Ella llena sus pulmones de forma lenta.

—Ya te dije que he cambiado, Thiago.

—Ya, pero eso no contesta a mi pregunta.

Se encoge de hombros y mira al horizonte en busca de palabras.

—Pues…, no sé… Simplemente vi este lugar anunciado, me gustó, lo hablé con Alan, y lo escogimos.

—Alan… —repito—. Es la primera vez que escucho su nombre de ti.

—¿Por qué lo habías escuchado de otras personas?

—Más bien, lo había leído —corrijo, y ella me mira alucinada cuando se da cuenta de un detalle.

—Viste la noticia de que me casaba… —Asiento—. ¿Y por qué te hiciste el loco el día que nos volvimos a ver?

—No sé… Me bloqueé y me sorprendió, porque leerlo fue una cosa, y escucharlo de tu boca, otra completamente distinta. Que tú me lo dijeras le dio veracidad a una realidad que yo pensaba que no existía.

Ella va a abrir la boca, cuando de pronto el telesilla se frena en seco.

Kelly me mira asustada, pero yo niego con la cabeza.

—No te preocupes. Esto es normal.

—¿Sí?

—Pasa a todas horas.

—¿Y por qué desde el hotel nunca lo he visto?

—Porque desde la habitación no tienes por qué temer por tu vida —digo, pero al ver su expresión de espanto, me corrijo rápido—. Que no quiero decir que ahora sí…

—Dios mío… — Traga saliva y se pega a mí todo lo que puede. Yo sonrío porque sé que no corremos ningún tipo de peligro.

—Kelly, vas a desnivelar el telesilla —bromeo cuando está completamente pegada a mí y todo el peso está en un lado de la silla.

—¿Y eso es malo?

«Thiago, no seas tan capullo como para vacilarla ahora. Está asustada, ¿no lo ves?».

Me da igual.

—Eso puede hacer que se descuelgue y que caigamos —digo. Y, al ver su cara de espanto, me demuestra que sí, que sigue siendo muy susceptible a mis bromas.

—¿¡QUÉ!? —chilla tan fuerte que, en otras circunstancias, hasta habría sido capaz de provocar una avalancha—. ¿¡NOS VAMOS A CAER!?