CAPÍTULO 10
NÄKEMIIN, BONITA
Kelly
-¿ Y lo emocionante que es que por fin podamos esquiar juntas? —pregunta Molly, entusiasmada, mientras las tres nos preparamos para ir a las pistas.
Yo la miro con una ceja arqueada antes de contestar.
—Bueno, eso habrá que verlo, tía. Aún necesito el visto bueno de mi monitor —recuerdo.
—Lo tendrás —asegura ahora Sienna—. Y, si no, nosotras nos ocupamos de ti.
Yo me acerco al espejo para peinar mi pelo en dos trenzas, porque la cantidad de nudos que se me han hecho en estos dos días por llevar el pelo suelto casi me dejan calva. La verdad es que no me apetece quedarme con cuatro pelos para el día de mi boda.
—¿Intentas animarme o cagarme de miedo? —le pregunto a Sienna con ironía. Ella, ante la duda, me lanza una pelota de calcetines a la cabeza.
—Te sorprendería lo buenas que somos esquiando —presume.
Yo pongo los ojos en blanco, porque lo sé perfectamente. Desde que se enteraron de que quería casarme en Finlandia, no dejaron de insistirme en que fuéramos una semana antes de la boda porque se morían de ganas por esquiar aquí.
Sienna vio que el hotel en el que nos íbamos a hospedar los días previos a la boda estaba sorteando una semana gratis de alojamiento junto a esas benditas clases de esquiar que ellas están disfrutando como nunca, y decidió participar, consiguiendo, claramente, ganar…
Dios mío, parece que todo está tan sumamente pensando, pero en realidad es todo tan… aleatorio.
—No lo pongo en duda —reconozco, volviendo a realidad—, pero eso no quiere decir que seáis buenas profesoras.
—¿Habéis visto mis gafas de esquiar por algún lado? —pregunta Molly, interrumpiendo nuestra conversación.
—Por alguna extraña razón, me suena haberlas visto en la ducha —contesto mientras me anudo una de las trenzas y paso a hacerme la otra.
Molly sale disparada hacia el baño y, cinco segundos más tarde, exclama que las ha encontrado.
—Te están llamando, Kelly —me informa Sienna justo cuando acabo de peinarme.
Salgo disparada hacia donde he dejado mi móvil cargando toda la noche, lo desconecto, y cojo la llamada antes de que se quede en silencio.
—Hola, amor —saludo.
Por el ruido que hay en su lado de la línea, intuyo que está en el coche de camino al trabajo y que en Londres, para variar, está diluviando.
—¿Dónde estás, cielo? —pregunta él.
—Aquí, en la habitación, preparándonos para ir a esquiar. Algo ha debido de pasar en mi móvil que no ha sonado, por eso no te he cogido la llamada antes —le cuento.
—¿No te funciona bien el móvil? ¿Quieres que te compre y envíe otro? Lo tendrías por la noche en la recepción del hotel.
¿Qué?
—No, no, no. No te preocupes, este me va bien. Miraré qué ha pasado, ha debido de ser algo puntual. ¿Qué tal estás? —Me tiro en la cama boca abajo cuando hago esa pregunta.
—Bien, de camino al trabajo. Hoy salgo pronto. ¿Tú, cariño?
—También bien, pero muy nerviosa. Cada vez queda menos…
—Cada vez queda menos… ¿Has llamado a la diseñadora?
—¿A Samantha? Sí, se ha encargado Molly de hacerlo. Le ha asegurado que los vestidos llegarán al hotel a la vez que tú.
—Perfecto. Pues de lo demás no te preocupes, porque le he pedido a la secretaria de mi madre que se encargue de todo. Tú relájate y disfruta con tus amigas. ¿Qué plan tenéis para hoy? —se interesa en saber.
—Pues… esquiar por la mañana, y por la tarde tenemos pensado salir del hotel y de Levi de una vez. Queremos ir a visitar Sirkka, que es el pueblo donde está la estación, pero no sé qué haremos al final… También habíamos pensado en contratar una excursión para ver una aurora boreal…
—Tenéis que ir a ver la aurora desde luego. Te va a encantar. ¿No puedes contratar la excursión desde el hotel?
—Pues… ni idea, la verdad, supongo que se podrá.
—Pregúntalo y págalo con mi tarjeta. Y lo de Sienna y Molly también.
Abro los ojos un tanto asombrada.
—Alan…, puedo pagármelo yo…
—Lo sé, cielo, pero me apetece regalarte esa excursión a ti y a tus amigas.
Me es imposible no sonreír.
—Vale, muchas gracias, cariño. Te escribo con lo que sea.
—Perfecto. Hablamos esta noche.
—Hablamos esta noche —repito—. Te quiero, que vaya bien el trabajo.
—Y tú, ten cuidado con la nieve, por favor. Te quiero, Kelly.
Y, dicho eso, colgamos la llamada.
Dejo el móvil en la cama y me doy la vuelta para quedar boca arriba.
—Alan dice que nos paga la excursión a la aurora —les informo a mis amigas, mirando al techo.
—¿¡A las tres!? —pregunta Molly asombrada.
Apoyo los codos en la cama y las miro.
—¿Se ha levantado generoso? —inquiere Sienna, mientras se coloca sus zapatos de montaña.
—Alan siempre es generoso —le contesto a mi amiga, porque es la verdad—. Y sí, a las tres —le informo ahora a Molly—. ¿Preguntamos en recepción si la podemos contratar desde el hotel?
—Por mí, sí —contesta Molly.
—Por mí también. —Se une Sienna.
Yo asiento y me levanto de la cama.
—Vale, pues voy bajando y pregunto. Nos vemos en el restaurante para desayunar.
De camino al ascensor, me cruzo con el chico que discutió con Thiago en mi primera clase. Cuando él también me reconoce, se gira sobre sus propios talones y comienza a caminar a mi lado.
—Hola —me saluda mientras me mira fijamente a la cara, lo que me provoca un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.
Hay algo de él que me transmite muy malas vibraciones—.
Tú eres la chica que estaba en la clase de Thiago el otro día, ¿no?
—pregunta, aunque parece más una confirmación, porque a continuación se contesta él solo—.
La guapa… Sí, eres tú. ¿Qué tal? ¿Adónde vas?
¿La guapa?
Soy una persona que sabe recibir halagos y que pocas veces los malinterpreta, pero este «halago» por parte de él suena algo despectivo.
¿Soy «la guapa» para él y ya está?
Madre mía.
Me debato durante un par de segundos si contestarle o no, pero finalmente lo hago porque tampoco tengo por qué mentir, fingir que no existe, o algo por el estilo.
Ante todo, mi madre siempre me ha enseñado a ser… educada y a morderme la lengua. Puede que esa sea una de las pocas cosas buenas que me ha enseñado.
—A recepción
—¿A qué?, si se puede saber.
Lo miro de reojo con el ceño fruncido.
—A hacer una pregunta…
Dejo de caminar cuando llego a los ascensores, y él hace lo mismo. Me observa pulsar el botón para llamarlo, y luego se apoya en la pared que separa un ascensor del otro, para poder mirarme de frente.
—¿Y te podría hacer yo a ti una pregunta? —tantea con una sonrisa torcida.
Me encojo de hombros.
—Depende de qué tipo de pregunta sea.
—¿Una sencilla?
—Pues si es sencilla, supongo que podré responderla.
Él asiente con la cabeza.
—Estoy seguro de que sí…
Me cruzo de brazos y lo miro seria. Puede que esté equivocada, pero algo me dice que a este chico no puedo darle ningún tipo de indicio de que su presencia me agrada…
—¿Cuál es la pregunta?
—¿Cómo te llamas?
¿Tanto rollo para eso?
—Kelly —contesto con cautela, estudiando la expresión de su cara al escucharlo.
—Precioso —comenta sonriente.
—Gracias… —murmuro algo incómoda. ¿Por qué no me quita la mirada ni un segundo? Santo Dios, que pare un momento.
—Y…, Kelly, ¿te gustaría cambiar de grupo?
¿Otra vez con eso?
—Estoy muy a gusto donde estoy. Pero gracias por la oferta. Otra vez…
—Conmigo podrías estar mucho más a gusto —me dice fulminándome con la mirada. A continuación, acerca su cara a mi oído—: En todos los sentidos…
Le pongo una mano en el pecho para alejarlo de mí.
Lo miro atónita.
—¿Qué maldito problema tienes? —le pregunto justo cuando el ascensor por fin llega.
Siento entre alivio y vergüenza cuando veo que quien acaba de llegar a mi planta es Thiago junto a una chica que va en silla de ruedas.
Thiago me mira a mí y luego a Mikael, y no le hace falta ni sumar dos y dos.
Sobre todo, porque estoy segura de que ha escuchado mis últimas palabras hacia su compañero.
La tensión que se genera en tan solo un segundo me hace querer huir de aquí.
Por eso, antes de que ninguno pueda abrir la boca para decir algo, paso por el lado de Thiago y el de la chica con la intención de ir hacia las escaleras, pero la mano de Thiago rodeándome la muñeca me hace frenar en seco.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien? —me pregunta sin rodeos cuando lo miro.
Mikael suelta un bufido y responde por mí.
—Está perfecta. Aún no hago daño con los ojos.
Thiago lo mata con la mirada.
—Le he preguntado a ella, no a ti, campeón.
Yo me quito la mano de Thiago de la muñeca, y eso hace que me vuelva a mirar a mí.
—Estoy bien —le digo.
—¿Segura?
Asiento.
—Me tengo que ir, Thiago —le aviso. Y, sin esperar su respuesta, me dirijo a las escaleras. Por detrás escucho que la chica que le acompaña le dice algo.
—Nosotros también nos tenemos que ir. Vamos, Thiago.
No estoy lo suficientemente alejada cuando Thiago vuelve a abrir la boca para hablar, porque escucho sus últimas palabras a la perfección.
—Atrévete a tocarle un pelo, y vas a tener el puto problema más grande de tu vida.
Llego a la recepción con sus palabras en mi cabeza, pero se desvanecen rápido cuando veo que, tras el mostrador libre, está ella: Lisa. Lleno mis pulmones de aire antes de acercarme a hablarle, porque soy una adulta y lo que tengo en la cabeza son pensamientos idiotas.
Lisa se asombra un poco cuando me ve, y más aún cuando ve que me dirijo a hablar con ella.
—Hola —saludo algo cortada, no nos vamos a engañar.
Ella carga el peso de su cuerpo en la pierna contraria, y me mira la cara centímetro a centímetro durante unos segundos antes de hablar.
—Hola. ¿Puedo ayudarte en algo? —Se nota de lejos que está deseando que le diga que no.
—Sí, de hecho, sí.
—¿En qué te puedo ayudar?
Apoyo mis manos en el mostrador, y ella hace una mueca de ¿asco? cuando ve que lo hago. De hecho, hasta mueve su botella de agua hacia un lado.
Madre del amor hermoso.
—Quería saber si desde aquí puedo hacer la reserva de una excursión.
—¿Qué excursión?
—Ver un aurora boreal.
—¿Para cuándo?
—Hoy.
—¿Cuántas personas?
—Tres.
Ella deja de mirarme a mí, para ponerse a mirar en el ordenador. Teclea unas cosas durante unos segundos, y luego observa la pantalla fijamente.
—Hay una excursión que sale hoy a siete de la tarde desde aquí mismo —me informa.
—¿Y qué precio tiene?
Contesta sin dejar de mirarme a la cara.
—Quinientos por persona.
¿¡Cómo!? ¿¡QUINIENTOS POR PERSONA!?
—¿Quinientos euros? —pregunto, atónita—. ¿Quién viene a recogernos para que cueste ese pastizal? ¿Los mismísimos renos de Papá Noel o qué? —Aquella broma solo hace que ella me mire peor—. ¿Estás segura de que son quinientos euros?
Lisa suspira.
—Estoy segurísima de que sé hacer mi trabajo y de que sé leer una cifra—deja claro—. ¿Vas a contratar la excursión o no? Me estás haciendo cola. —Señala detrás de mí.
Miro sobre mi hombro y veo que, de pronto, hay tres familias y dos parejas esperando detrás.
—Eh… No, no… déjalo. Pero gracias… —le digo. Luego me hago a un lado para que ella pueda seguir trabajando.
¿Quinientos euros?
Vale que mi prometido se pueda permitir un gasto de mil quinientos euros en un día, pero eso casi es mi puto sueldo de un mes. No voy a hacer que pague ese pastizal aunque sea algo que siempre he soñado con ver…
—¿Una boda tan por todo lo alto sí, pero una triste excursión en Finlandia no? —me pregunta de pronto Lisa, mientras mete los datos de la gente que está atendiendo en el ordenador.
No.
Acaba.
De.
Decir.
Eso.
—¿Perdona? —pregunto, sin ser capaz de creerme que haya hecho ese comentario.
Deja de mirar la pantalla del ordenador y me mira a mí.
—¿Tú y tu prometido no estáis forrados? Bueno, tu prometido…
Me meto de lleno en el mostrador.
En un segundo, me acaba de subir los niveles de cortisona a picos estratosféricos.
¿De qué narices va?
—Te recomiendo que dejes de darle cuerda a esa boca desde ya. ¿Con qué derecho te crees tú para hablar de mi vida, de mi dinero o del de mi prometido?
Ella se encoge de hombros, indiferente, mientras sigue trabajando.
—Tan solo opino…
—Qué poco has tardado en investigarme, ¿no? ¿Qué pasa? ¿Has necesitado buscar cosas sobre mi vida para tratar de sentirte mejor?
Ella aprieta los dientes y me fulmina con los ojos.
—No necesito sentirme mejor… Estoy muy tranquila con todo lo que tengo ahora mismo.
Y una mierda.
—Una pena para ti que la atención de Thiago no sea una de ellas, supongo.
Su expresión chulesca cambia a una de enfado. Casi incluso soy capaz de notar cómo se controla para no lanzarse sobre mí.
—Disculpen, señoritas, pero…
—¡Cállate! —ambas mandamos callar al pobre señor de un grito sin dejar de retarnos con la mirada.
La primera en atacar es ella, porque mi último comentario le ha escocido como alcohol puro en una herida abierta.
—Ten cuidado, porque en un suspiro puedo estropear tu preciosa boda —me amenaza, pero solo consigue sacarme una sonrisa.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Desde luego que sí.
—¿Y cómo crees que quedará la imagen de tu precioso hotel con la noticia de que mi prometido forrado demanda a la empresa por malos tratos a sus clientes?
Ella frunce los labios, irritada, y procede a seguir atendiendo a los huéspedes con la cabeza alta.
—Mantente alejada de Thiago —es lo único que dice.
—¿O qué?
—O no solo jodo tu boda, también tu matrimonio.
Lo siento, pero soy incapaz de no reírme.
—Me encantaría ver cómo lo intentas… Näkemiin, bonita —me despido en su idioma.
De camino al restaurante del hotel, le envío un mensaje a Alan informándole de los precios de la excursión y agradeciéndole mucho el detalle de querer regalármela, pero dejándole claro que no voy a permitir que nos timen de esa manera, y mucho menos ahora, después de la conversación con Lisa.
Ahora mismo no le compraría ni una botella de agua en pleno desierto.
Pero no pasa ni media hora cuando me llega un correo con la confirmación de unas entradas que yo no he pagado.
ALAN El dinero no es una excusa cuando se trata de ti.
Diviértete y mándame alguna foto, anda, que te
echo de menos.