CAPÍTULO 9
EL MEJOR
Thiago
M iro a Kelly de reojo un centenar de veces.
Está escribiendo en el móvil con velocidad, claramente angustiada.
Hace unos diez minutos que hemos acabado la clase y todos los niños se han ido a comer, porque antes de volver al hotel tienen una hora de esquí libre con sus profesores del colegio.
Kelly lleva quieta ese mismo tiempo. No se ha quitado ni los esquís, y parece como si estuviera a la espera de algo o alguien.
Yo he estado haciendo tiempo recogiendo las cosas de mis alumnos, porque mi instinto me dice que necesita algo que no se atreve a pedirme o a decirme.
¿Cómo es posible que se me haga un nudo en la garganta cada vez que trato de abrir la boca para dirigirle la palabra?
Es Kell… Independientemente del tiempo, de los motivos que nos han separado, de lo que pasó… Es ella y, sin embargo, ahora mismo me siento como si dirigirle la palabra fuera la cosa más difícil del mundo.
Se me acelera el corazón cuando ella levanta la vista del móvil y me mira. Nuestros ojos se encuentran en la pequeña distancia que nos separa y, a diferencia de lo que pensaba que iba a hacer (retirar la mirada bruscamente), se me queda mirando fijamente.
—Kell…
—Thiago…
Nos llamamos a la vez.
—Tú primero. —Le doy la palabra. Sabía que tenía que decirme algo…
Ella traga saliva e intenta esquiar torpemente hacia mí.
Aprieto los dientes con fuerza para no sonreír divertido al verla haciendo el esfuerzo de acortar las distancias esquiando.
Y, a pesar de que lo estaba haciendo bien, cuando se encuentra a escasos centímetros de mí, se desliza con demasiada fuerza y pierde ligeramente el equilibrio.
La agarro del mono para evitar que se caiga. Ella suspira de alivio y me susurra un «gracias» antes de enseñarme algo en su móvil.
—¿Sabes dónde está este restaurante? —me pregunta, mostrándome la foto del lugar.
Asiento y le señalo con la mano el final de la estación de esquí.
—Ahí abajo, Kell.
Ella me mira confundida y asombrada.
—¿Y cómo voy hasta ahí? ¿Esquiando? —pregunta horrorizada.
¿Quiere ir ahí? ¿Por qué? ¿Quién la espera? ¿Por qué no se vuelve al hotel?
—Es la forma más rápida de llegar. ¿Por qué quieres ir?
—Ahí están mis amigas esperándome —me informa—. ¿Cuál es la otra forma de llegar?
—Hay una especie de tren que te lleva, pero a veces tarda en pasar y se recorre toda la estación. Tardarías bastante en llegar, es de las últimas paradas —exagero un poco—. Yo te puedo bajar en cinco minutos.
Kelly me mira de arriba abajo y luego mira la pista. Traga con fuerza.
—¿Es una pista negra?
Niego.
—Es una azul. Lo que pasa es que está conectada con las pistas negras y rojas —explico—. Esas de ahí. —Señalo con el dedo a la montaña que está justo enfrente de nosotros—. ¿Ves que bajan hasta que llegan a la entrada del restaurante? —digo sin dejar de mirarla a ella.
Joder. No me lo creo. La tengo al lado. A mi lado, joder…
¿Cuántos putos días he fantaseado con este momento?
Aprieto la mandíbula con fuerza cuando me mortifico pensando en ella con otro. Cuando pienso en que la dejé marchar y que no luché por evitar lo que hoy es su presente… Un presente que no comparte conmigo. Uno, en el que dentro de dos semanas yo no volveré a formar parte.
—¿Thiago? —me llama, y consigue sacarme de mis pensamientos.
Le vuelvo a prestar atención.
—Perdón… ¿Qué decías?
—Te preguntaba que cuántas probabilidades hay de que me parta una pierna si bajo. —Señala la pista.
—Conmigo, ninguna. —Cojo mis bastones del suelo.
No los he guardado con los de mis alumnos porque tenía pensado esquiar un rato antes de ir a comer—.
¿Confías en mí, Kell? —pregunto mientras le extiendo el extremo seguro de los bastones.
Va a estrellarse conmigo un mínimo de diez veces, no quiero que se clave la punta en el estómago.
La conozco como para saber que sus reflejos son completamente inexistentes.
—Solo si quitas esa sonrisa de tu cara. No me gusta ni un pelo, Thiago —contesta.
Reprimo mucho la sonrisa de victoria que mi boca quiere dibujar.
Esquío de espaldas hasta que llegamos al inicio de la pista azul (que en realidad es una roja, pero eso ella nunca lo sabrá), y a Kelly se le abren los ojos como platos cuando ve la inclinación que tiene. Podría decir que incluso se le baja toda la sangre a los talones.
—Thiago… Hostia… no…, no estoy segura de que me atreva.
Agarro su cara con una mano para que deje de mirar la pista.
—Es mucho menos de lo que parece, te lo prometo.
—¿Y qué…? ¿Qué pretendes? ¿Ir hacia atrás? —pregunta con una mueca de horror.
—Sí, pero esta vez necesito que me ayudes un poco más, Kell. ¿Te acuerdas de lo que he dicho en clase? ¿Te acuerdas de cómo hacer cuña correctamente?
Ella asiente.
—Sí…, creo que sí.
—¿Cómo? —le pido que me explique.
Kelly traga saliva nerviosa antes de hablar.
—Juntando la punta de los esquís, pero sin que se solapen.
Asiento.
—Muy bien. Pues haz la cuña más grande que puedas —pido.
—¿Ahora?
—Ahora.
Ella mueve sus esquís hasta que se pone en la posición que le he pedido.
—Abre más las piernas y flexiona las rodillas —le indico, y ella obedece.
—¿Así?
Agarro su cintura con una mano y meto uno de mis esquís entre los suyos para separárselos más.
—Cuando comencemos a bajar, tienes que hacer toda la fuerza que puedas con las piernas para que los esquís no te bailen y para no coger velocidad, ¿vale?
—Supongo… —dice, asustada, observando la pista.
—Kell, mírame —pido, y me hace caso. La miro serio durante unos segundos para transmitirle mi seguridad, porque no haría esto si no estuviera seguro de que no la voy a poner en peligro—.
No te va a pasar nada, te lo prometo. ¿Qué es lo peor que puede ocurrir?
¿Que te mojes el culo de nieve y tengas que poner a secar este mono rosa para nada llamativo?
—Le toco su prenda de ropa de esquiar—.
¿Que te choques conmigo o que te caigas encima de mí?
No es nada que no haya ocurrido antes… Además, en estos años, creo que no me he vuelto una piedra.
Sobrevivirás si me tienes que utilizar de amortiguador.
Consigo que sonría un poco y, joder, en todos estos putos años creo que nunca el corazón se me había acelerado tanto como en este momento.
—Espero no tener que confirmarlo ni desmentirlo…
Le robo un suspiro de sorpresa cuando tiro de ella para acercarnos más al inicio de la pista.
—Tampoco pasaría nada… —murmuro entre dientes, pero Kelly no me escucha, porque centra toda su atención en hacer correctamente lo que le he pedido.
Mantiene la cuña abierta y flexiona las rodillas para hacer fuerza y no coger velocidad y para que, en consecuencia, yo tenga que hacer menos esfuerzo al no tener que soportar todo su peso cuando comencemos a bajar.
—¿Estás lista? —pregunto, al borde.
—No, para nada, pero bueno, habrá que…
Sonrío ampliamente.
—Williams, no es por tirarme flores, pero estás con el mejor monitor que tiene esta estación. Si no soy capaz de hacer esto sin correr ningún tipo de peligro, te juro que entrego hoy mismo mi certificado de profesor y me largo de aquí para siempre.
—Esperemos que no tengas que hacerlo.
—Has dicho que confiabas en mí.
—En quien no confío es en mí.
—¿Eso quiere decir que me lo vas a poner difícil?
—¿No has dicho hace un momento que eres el mejor monitor?
Agarro su mono de esquiar y la atraigo hacia mí para acercarla aún más al inicio de la pista. Ahora mismo nos separan menos de dos centímetros y ella tiene que levantar el mentón para mirarme a la cara.
—Abajo me dices tú misma si soy el mejor, ¿vale? —le digo muy cerca de la cara.
No le doy tiempo a contestarme, porque me deslizo hacia atrás para comenzar a bajar la pista.
Como sospechaba, se desliza con demasiado impulso y se estrella contra mi cuerpo. Le agarro de la cintura con mis brazos, mientras hago toda la fuerza que puedo con las piernas para no irme hacia atrás.
—Lo siento —se disculpa, intentando enderezarse.
—No te preocupes. —«Ni lo más mínimo»—. Vamos a cambiar la posición de los bastones para que no haya tanto espacio entre nosotros —le advierto y, en vez de extendérselos a lo largo, los junto y los pongo en horizontal. Yo agarro los extremos y ella el centro.
Luego comienzo a deslizarme para atrás otra vez, pero Kelly vuelve a perder el control de sus esquís, y su cara se choca contra mi pecho.
No la juzgo. Hace dos horas no podía mantener ni el equilibrio en una pista verde, como para pedírselo ahora en una roja.
—Vas con miedo, Kell. Te están temblando los esquís.
—Lo que me están temblando son las piernas —me corrige.
—¿Me ves asustado?
—¿No?
—Entonces, ¿por qué lo estás tú? —Ella se encoge de hombros—. Simplemente tienes que dejarte deslizar, confiar en mí y hacer fuerza con las rodillas. No tienes que hacer más.
Ella asiente.
—Vale, pero no quiero los bastones. No me siento segura agarrándolos.
—¿Te quieres agarrar a mí? —pregunto para asegurarme de que no estoy equivocado con lo que ha querido decir…
Me mira con timidez.
—Sí, si no te importa…
¿Importarme?
Mi respuesta es bajar los bastones y agarrarlos con una mano mientras que con la otra agarro el cinturón de su mono de esquiar. Kelly se sujeta de mis brazos y, cuando veo que se siente más segura, sigo bajando la pista.
De esta forma puedo ayudarla a mantener el equilibrio y hacerla frenar si veo que no es capaz de frenar por sí sola.
Sonrío cuando veo que nos hemos deslizado casi doscientos metros sin disgustos.
—Bien, Kell. Lo estás haciendo realmente bien —la felicito cuando veo que está flexionando las rodillas correctamente y que tiene los esquís bien colocados—. ¿A que no está siendo tan complicado?
—Mejor hazle esa pregunta a mi corazón, que está a punto de salir a esquiar con nosotros.
—Exagerada —casi le grito a causa del viento—. Relájate y disfruta, Kelly —le aconsejo mientras miro sobre mi hombro para corroborar que tenemos el camino libre.
—No sé hacer dos cosas a la vez, Thiago, ya sabes.
Me río por la nariz, porque tiene razón. Lo sé. Joder, claro que lo sé. Sé todo de ella.
O, por lo menos, lo sabía…
—¿Y si soy yo quien le mete la diversión y tú te limitas a disfrutar? —propongo al ver que lo está haciendo muy bien.
Me mira confusa y con las mejillas algo rosas. Siempre se le ponen así cuando se concentra mucho en hacer algo. Aunque también es probable que sea por el puto frío.
—¿Qué?
Sonrío con diversión y malicia, y ella me lanza una mirada para nada amigable.
—Thiago, ¿qué…? ¡Ay, Dios! —chilla cuando me muevo hacia la derecha y comienzo a bajar la pista haciendo zigzag en vez de una línea recta. Ella, en respuesta, me clava los dedos en los brazos con todas sus fuerzas.
—¿Le añado un poco de velocidad?
—¡No! —dice, pero yo dejo de hacer una «V» cerrada, para que mis esquís se deslicen con mayor libertad por la nieve, incrementando un poco la velocidad.
Ella, a pesar de que me grita que frene, no deja de sonreír.
—Y ahora me seguirás diciendo que no es divertido…
—No lo es para nada, Thiago —responde, pero su sonrisa la delata.
Voy a decirle que es una mentirosa, cuando veo que por detrás de nosotros se acerca a gran velocidad un chico que ha perdido por completo el control de sus esquís, y que no es capaz de frenar.
—Mierda —murmuro.
Kelly me mira extrañada.
—¿Eh?
No le contesto, porque en ese instante agarro su mono de esquiar con fuerza para poder moverla con rapidez hacia la izquierda.
La quito de en medio cuando el chico está a punto de pasar a nuestro lado, pero, por su falta de equilibrio, golpea a Kelly en uno de sus esquís, desestabilizándola, y empujándola con tanta fuerza que, cuando quiero darme cuenta, he soltado la tela de su mono, y Kell está deslizándose cuesta abajo descontroladamente.
—¡Lo siento! —le grita el chico, cuando ve que se la ha llevado por delante.
Kell trata de mantener el equilibrio y de frenar, mientras baja la pista sola.
Joder, se ha deslizado más de cincuenta metros en menos de… ¿diez segundos?
—¡Thiago! —me llama con un chillido lleno de desesperación para que la ayude a frenar.
Tengo que empujarme con los bastones para poder aumentar la velocidad y poder alcanzarla, porque me ha cogido mucha ventaja.
No puedo frenarla interrumpiendo su paso porque me llevaría por delante, así que me acerco a ella por detrás, aprovechando que tiene las piernas separadas, para meter uno de mis esquís entre los suyos y así poder guiarla con los míos y ayudarla a frenar.
Con la mano que no tengo ocupada por los bastones, le rodeo la cintura y la pego a mi cuerpo.
No me pasa por alto el pequeño suspiro de alivio que se escapa de sus labios cuando me siente detrás de ella, llevando el control completo de sus esquís y de la situación.
—Si querías esquiar sola, tan solo tenías que decírmelo. No hacía falta que te escaparas de esa forma —bromeo, para relajarla y sacarle el susto del cuerpo, pero no lo consigo.
—Dios santo, Thiago, cállate. Casi me da un infarto.
Yo me río y disfruto más que nunca del momento y de la situación, porque la verdad es que nunca me habría atrevido a proponerle esquiar de esta forma…
Por suerte, la vida me ha dado una oportunidad para poder tenerla de nuevo entre mis brazos después de tanto tiempo, y creo que puedo decir que he sabido aprovecharla…
—Pues que sepas que no lo estabas haciendo nada mal, Kell. Has mantenido bien el equilibrio y estabas frenando correctamente —reconozco, porque, a pesar de todo, ha sabido mantenerse en pie.
—Creo que ha sido por la adrenalina del momento —opina, exasperada aún.
—Puede ser…, pero ¿por qué no lo pone…? —Se intuye mi propuesta y me interrumpe al instante. Obviamente, era una propuesta falsa, porque ni de coña me atrevería a soltarla y ponerla a prueba de nuevo.
—¡Ni se te ocurra! —chilla ella en advertencia, agarrándose al brazo que está rodeando con fuerza su cintura—. Como me sueltes en algún momento, te mato.
Yo sonrío, divertido.
—¿Ni siquiera cuando estemos abajo? —tanteo cuando veo que nos queda poco menos de doscientos metros de pista.
—Abajo, sí —responde ella, en casi un suspiro.
—Ah, abajo, sí —repito en un susurro algo rencoroso.
—¿Qué te pensabas? ¿Qué te advertía de que no me soltaras nunca?
Yo bajo la comisura de mis labios en una especie de mueca, a pesar de que Kell no pueda verme.
—Si tú me dices que no te suelte nunca, yo no te suelto en la vida.