Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

No sigo enamorado de Kelly. Es completamente imposible, porque fue ella la que me rompió el corazón. Es imposible, porque hace más de seis años que no sé nada de su vida. Si hay algo de lo que puedo seguir enamorado, es de nuestro pasado juntos, pero de nada más… No de… Kelly…

¿O quizás sí?

—Lisa, te repito: no tengo que explicarte nada. Mi vida y lo que siento son mi problema.

—¿Tu problema? O sea que…, ¿ahora yo tengo que joderme mientras tú haces un luto que no tiene ningún sentido porque has vuelto a ver a tu exnovia? ¿Me estás vacilando?

¿Luto?

—Estás sacando las cosas de contexto. No estoy haciendo ningún tipo de… luto, joder.

—Ah, ¿no? ¿Serías capaz de follarme ahora mismo después de haber estado hablando de ella? —pregunta, como si me estuviera proponiendo un reto.

Joder.

—Claro que sería capaz.

—¿Y por qué no lo haces?

Cojo una bocanada de aire antes de acercarme a ella para agarrarla del cuello. La dejo contra la primera pared que encuentro, y mi otra mano la pego al lado de su cabeza.

Cuando entiende que he aceptado y empiezo lo que ella se espera y desea, sus ojos brillan de expectación e ilusión.

Claro que sería capaz de follarla aquí y ahora porque Lisa me gusta y hacerlo con ella siempre ha sido el mejor momento de mi día, pero, joder…

, si yo ahora mismo follo con ella, sería para sacarle las ideas raras de la cabeza durante unos minutos y para poder demostrarle que soy capaz de hacer lo que ella me está pidiendo.

Sería solo para que se dejara de suposiciones sobre lo que la presencia de Kelly ha cambiado en mi «relación» con ella…

, y no porque ahora mismo realmente me apetezca.

Haciendo eso sentiría que la estoy utilizando de una manera muy sucia. Y desde luego mi propósito con Lisa no va a ser ese por mucho que a ella no le importe, porque solo quiere acostarse conmigo sin importarle los motivos por los que quiero hacerlo.

No puedo hacerle esto, porque estoy seguro de que cuando terminásemos de follar en mí no habría cambiado nada, y ella posiblemente se pensaría que lo ha cambiado todo.

Toda esa opinión se refuerza cuando, sin querer, miro la muñeca del brazo que tengo contra la pared, y veo el puto tatuaje al descubierto.

No puedo usarla y engañarla así. No cuando ver el tatuaje me ha vuelto a poner el estómago del revés en un segundo.

Estoy a punto de explicárselo, cuando de pronto la puerta se abre, y mis compañeros y amigos entran en la sala y nos pillan de esta forma.

—¡Ostras! —exclama la que va en cabeza, Taylor, frenando en seco su silla de ruedas—. Lo siento, chicos…

Niego con la cabeza, restándole importancia, porque la verdad es que para mí no es un problema que nos hayan interrumpido.

Miro a Lisa, pero ella no demuestra ningún tipo de vergüenza porque la hayan pillado acorralada contra una pared. Aunque, bueno, tampoco es la primera vez que nos pillan ellos u otras personas en circunstancias parecidas…

Tan solo me lanza una mirada que grita «no hemos terminado de hablar de esto», y sale de la sala sin mirar a nadie más.

—Adiós, eh… —ironiza Elsa, cuando Lisa sale sin siquiera despedirse—. La niña de papá parece enfadada… —comenta cuando cierra la puerta.

—¿Qué le has hecho, Thiago? —me pregunta Taylor, con una sonrisa divertida mientras mueve su silla de ruedas para acercarse a mí.

Yo me dejo caer en el sofá derrotado y ella se queda enfrente.

—La he invitado a tu cumpleaños y así ha reaccionado —vacilo, a lo que ella contesta sacándome el dedo.

—¿Va a venir? —pregunta Oliver, acercándose a la nevera para sacar varias cervezas.

—No creo, trabaja esa noche.

—Mejor —interviene Elsa, jugando con un mechón pelirrojo de su pelo. También se ha sentado en el sofá—. Estoy segura de que nos daría la fiesta.

—Pues yo sí que la invito… —dice Taylor, y a mí me hace sonreír.

—Cielo, esto no es el cole. No hace falta que invites a todo el mundo —contradice Elsa, mientras agarra el botellín de cerveza que Oliver, su hermano, le ha dado.

—Pero yo quiero. A mí me cae bien. Si quiere pasarse, que se pase. —Se encoge de hombros y luego me mira—. ¿Se lo dices, Thiago?

Asiento y le guiño un ojo.

—Se lo digo.

Los cuatro miramos a la puerta cuando la escuchamos abrirse.

Es Mikael.

La única que no se corta a la hora de soltar un berrido cuando lo ve es Elsa. Los demás intentamos demostrar un poco menos que su presencia nos incordia.

—Y adiós a la paz—murmura ella—. ¿A qué vienes, Mikael? ¿A escupir en los tápers de comida?

Él nos mira a todos con una sonrisa irónica, pero centra su atención en Elsa cuando habla.

—Tranquila, preciosa, que aún eso no se me había ocurrido. —Se acerca a la nevera y saca otro botellín de cerveza—. Esta sala es tan mía como vuestra —nos recuerda.

—¿Sí? Pues ya veo lo rápido que repones la comida. ¿Te piensas que aparece por arte de magia? Si no aportas a la sala, te piras, Mikael —le advierte Oliver.

Él, tras abrirse la cerveza, levanta las manos con gesto de inocencia y nos mira a todos.

—Calma, chicos, que ya me voy… —dice, pero se apoya en la encimera.

Se crea un silencio bastante incómodo mientras él le da un sorbo a su bebida.

Pero, cuando vuelve a hablar, todos nos quedamos un poco extrañados por su pregunta—.

¿Qué tal estás, Taylor? —dice, y ella se pone un poco rígida—.

Eres la única que no ha abierto la boca para despreciarme.

Bueno, ni tú ni Thiago, pero seguro que él lo hará cuando le diga que tenemos que hablar.

¿Hablar conmigo ha dicho?

Pongo los ojos en blanco, porque solo de imaginármelo ya me da pereza.

—Estoy bien, Mikael —contesta ella de buena forma, porque ser borde no es una opción para Tay y su personalidad.

—Me alegro. ¿Ya sabes qué quieres hacer por tu cumpleaños?

Ella comparte una mirada confusa con todos nosotros, y luego gira su cabeza para mirarlo sobre su hombro.

—Sí, vamos a ir a tomar algo al bar de la estación de es­quí y…

—¿Qué coño quieres decirme, Mikael? —interrumpo a Tay­lor, porque sé de sobra que le da igual lo que mi amiga está contando, solo quiere sentirse mejor consigo mismo dirigiéndole la palabra. Le debe demasiado.

—¿Podemos hablarlo en privado? —Que no se interese en saber lo que yo no le he dejado decir a Tay me confirma que yo estaba en lo correcto. Le da igual ella y todo el mundo.

Cojo aire, pero me levanto del sofá y comienzo a caminar hacia la salida para hablar fuera de la sala.

Cuando Mikael también sale y cierra la puerta, voy directo al grano.

—¿Qué quieres?

Él tampoco pierde el tiempo.

—¿Qué tengo que hacer para que me dejes tener a la guapa en mi clase?

Pongo los ojos en blanco y hago el amago de entrar de nuevo en la sala porque no voy a negociar absolutamente nada con él respecto a Kelly. Sin embargo, me cierra el paso poniéndose contra la puerta.

—Lo digo completamente en serio, Vázquez. ¿Qué tengo que hacer? —insiste.

Me cruzo de brazos y lo miro muy serio.

—¿No hemos sido lo suficientemente claros esta mañana?

—¿Por qué no consta en la lista de tus alumnos? No hay ningún adulto.

—¿Por qué no utilizas un poco el cerebro? No se desgasta con el uso.

Mikael sonríe divertido.

—No te pongas gallito, Vázquez, que aún no te he dado razones.

Doy un paso hacia él para hablarle más de cerca, y para dejarle las cosas muy claras desde ya, porque no pienso seguir hablando de esto.

—Voy a ser muy claro y solo te lo voy a decir una vez, así que más te vale poner en funcionamiento todas las neuronas que te queden —advierto, y tras hacer una pausa en la que ambos nos miramos muy serios a la cara, vuelvo a hablar—.

Ella se queda conmigo. Atrévete a moverla de grupo, y te juro que no vuelves a esquiar en tu puta vida.