CAPÍTULO 7
EL PUNTO FINAL
Kelly
H ace un frío de mil demonios, pero necesito tomar el aire. Sentir la cara helada, que la mente se me enfríe y poder pensar con un poco más de claridad…
El sol hace ya un par de horas que se ha escondido y las luces de las pistas de esquí a unos metros de distancia se han encendido para todas esas personas que prefieren hacer deporte a horas heladas, con la noche cerrada y el cielo estrellado.
La verdad es que hacer este maldito deporte rompehuesos a esta hora tiene mucho más encanto que por la mañana.
Me distraigo observando a la gente (diminuta desde aquí) bajar las pistas.
Cada uno va a su ritmo, lo hace a su manera…
El telesilla está en funcionamiento, se escucha música de forma lejana, y hace ya un rato que se ha levantado una pequeña brisa congelada que me ha obligado a ponerme los guantes y el gorro de color rosa eléctrico que tanto me había resistido a usar.
Estoy sentada en un banco a unos metros de la entrada del hotel.
Unos pinos me bloquean por completo la vista del lago que se ve desde nuestra habitación, y, a pesar de toda la contaminación lumínica que hay a mi alrededor, en el cielo se pueden vislumbrar algunas estrellas.
Muchísimas más de las que he logrado ver en todos estos últimos años en Londres, pero un número bastante parecido al que estaba acostumbrada a ver cuando aún vivía en Ribadeo.
Ribadeo…
¿Cómo es posible que lo que consideraste un hogar durante tanto tiempo ahora te resulte tan extraño?
Pensar en sus calles, en el famoso camino al faro, en el olor del mar, su característico ambiente, la que fue mi casa, mi colegio, el lugar en el que experimenté tanto por primera vez…
, cuando se podría decir que lo había olvidado por completo, me hace sentir una intrusa.
Como si ahora fuera nueva en todo aquello que consideré mi casa y tuviera que ir de puntillas por los recuerdos.
Como si tuviera que ir con sigilo por ellos para que no me acusen de que no me pertenecen cuando, en realidad… , soy yo la que los ha creado.
Me he convencido durante tanto tiempo de que mi vida comenzó de nuevo cuando llegué a Londres que me había olvidado por completo de que ya tenía una antes de bajarme de ese avión que me metió de lleno en la época más fría de toda mi existencia.
Ahora que me he acordado de que tengo un pasado…
, me siento incompleta. Siento que todo este tiempo he estado viviendo solo con una parte de mí.
Que me falta mucho de lo que fui antes de marcharme de Galicia.
Que me he acostumbrado a vivir sin la mitad de lo que soy.
Que esa parte la he perdido y que no sé cómo recuperarla o dónde buscarla…
—¿Puedo sentarme?
Me convierto en una estatua cuando reconozco la voz que me ha hecho esa pregunta. Me cuesta girar la cabeza, porque me cuesta asimilar y encontrar una respuesta.
Incluso me resulta complicado encontrar la voz en mi garganta…
Finalmente actúo, miro hacia la izquierda, y colisiono de nuevo con una realidad que sigue pareciéndome imposible. Thiago me mira con cautela. Y yo lo miro pensando que en qué momento hemos pasado de ser una sola persona a pedirnos permiso para acercarnos.
Saber que yo soy la causante de que esto sea así, desde luego que no me hace sentir mejor por mucho que me haya podido dar una respuesta y la razón de por qué hemos cambiado tanto.
No quiero estar cerca de Thiago…, no porque sea mi expareja, sino porque Thiago es mi extodo .
Thiago fue mi amigo, mi defensor, mi calma, mi mundo, mi fuente de energía, de risa, de primeros recuerdos y sensaciones…
Lo que viví con él no se resume en una relación amorosa rota.
Se consolida en una ruptura de vida… Verlo me recuerda muchas cosas; entre ellas, ese pasado del que me había convencido que no tenía…
, y en el que él ha acaparado todos y cada uno de los recuerdos.
No quiero estar cerca de Thiago, no porque tema sobre lo que siento hacia mi nueva pareja, sino porque temo sobre lo que es capaz de volver a hacerme sentir la persona que más he querido en toda mi vida.
No quiero estar cerca de Thiago…, porque no puedo ni quiero recordar el daño que le he hecho.
Ver que él no ha cumplido su promesa de odiarme y que yo no soy capaz ni de mirarlo a la cara cuando por mi culpa acabó todo, me hace querer huir muy lejos de él. Mucho más de lo que en un principio había querido.
Pero no puedo.
Algo dentro de mí me mantiene y me empuja hacia él.
Por eso le contesto que sí, que puede sentarse a mi lado respetando una distancia que por un momento me parece ridículamente exagerada, hasta que recuerdo que llevábamos seis años a miles de kilómetros de distancia.
¿Qué son sesenta centímetros en comparación con todo eso?
Se me acelera el pulso porque siento su mirada en mí. Me está recorriendo centímetro a centímetro y, mientras lo hace, yo solo puedo pensar en si, ante sus ojos, habré cambiado demasiado, porque, ante los míos, hace mucho que no me reconozco.
No sé de dónde saco el valor o el impulso, pero giro la cabeza hasta que mis ojos colisionan con los suyos.
Ha crecido tanto sin yo estar con él…
Me quema la curiosidad saber qué es lo que ha sido de su vida durante este tiempo, pero no puedo sacar esa conversación.
No soportaría escuchar todos esos acontecimientos que le han hecho acabar aquí, por mucho que esos sucesos provocaran que hoy estemos sentados uno al lado del otro después de tanto tiempo.
—¿Qué? —pregunto en un susurro cuando diviso una minúscula sonrisa nostálgica en su cara mientras me mira.
Thiago niega con la cabeza con aquella sonrisa que se desvanece antes de contestar.
—Que no me creo que te tenga delante, Kelly. Es raro.
Se me hace un nudo enorme en la garganta y tengo que retirar mi mirada de la suya cuando siento que me pican los ojos. Subo las piernas al banco, las pego a mi pecho, y juego con mis dedos mientras miro al horizonte.
No quiero hablar con él sobre nosotros, pero mis palabras salen antes de que pueda tragármelas.
—Y yo no me creo que no me estés odiando, Thiago… —Espero un par de segundos para mirarlo de nuevo. Él me contesta cuando nuestros ojos vuelven a encontrarse.
—Desperdiciar mi tiempo en odiarte cuando te tengo delante y vas a volver a marcharte sería convertirme en un completo idiota.
El corazón me bombea como nunca.
—¿Entonces eso significa que, cuando me vaya, vas a volver a odiarme? —«Porque lo hacías antes de que nos encontráramos, ¿no?».
Niega con la cabeza.
—No, Kell. Cuando te vayas voy a volver a echarte de menos.
¿Va a volver a echarme de menos? ¿Lleva seis años echándome de menos? ¿Y qué pasa con la gente que habrá entrado y salido de su vida en estos años? ¿No le han hecho olvidarme?
Vuelvo a evitar su mirada, centrándola en lo que tengo enfrente. Lleno los pulmones de aire y lo expulso por la nariz cuando mis dientes están reteniendo mi labio inferior.
—Eso no es lo que acordamos, Thiago…
—Lo que acordamos dejó de importarme cuando me di cuenta de que no ibas a volver.
Me quedo con las ganas de preguntarle: «¿Me esperaste?», porque saber que sí, que mientras yo me iba con el corazón destrozado (pero sabiendo que no volvería) él esperaba que lo hiciera, me rompería en dos.
—Kell… —Me atrapa una de las manos y, a pesar de que llevo un guante de lana, su tacto me eriza la piel.
Mi mente me grita que la aparte, pero mi cuerpo no reacciona—.
Entiendo tu situación ahora. Estás a menos de dos semanas de casarte y yo soy un pasado al que nunca pensaste que ibas a volver.
Las cosas fueron como fueron y se acabaron porque sentiste que era lo correcto, pero, por favor, no me evites.
Estoy completamente dispuesto a estar cerca de ti sin volver a ser los que fuimos hace unos años.
Mientras estés aquí, quiero sentir que el tiempo no ha pasado, aunque las cosas hayan cambiado… Sobre todo, nosotros…
Suelto un suspiro muy largo.
—Thiago…, sabes que eso no es posible.
Él arruga su cara en una mueca que refleja confusión y decepción.
—¿No podemos volver a ser amigos durante dos semanas?
—¿Y qué pasará cuando me vaya? ¿Volveremos a no saber nada del otro durante años? ¿Qué vas a hacer después?
Thiago me observa con sus enormes ojos verdes. Tiene la boca entreabierta, las cejas elevadas, las pupilas dilatadas y las mejillas rosas por el frío.
—Después… me tocará esperar el tiempo que haga falta hasta que nos volvamos a encontrar, supongo… —contesta, en una especie de murmullo.
¿Sería capaz de esperarme toda la vida? ¿De vivir esperando el momento en el que el destino decida si volver a juntarnos?
Eso es imposible. Me está mintiendo.
—¿A precio de qué, Thiago?
—Al de volverte a ver. —Las palabras le salen casi al mismo tiempo en el que yo remato mi pregunta. Es como si hubiera tenido la respuesta pensada desde hace mucho tiempo, o como si hubiera leído mi último pensamiento…
—Creo que debemos aceptar que todo lo nuestro acabó.
—Si estamos aquí es porque aún nos queda algo, Kelly, aunque tan solo sea una conversación. —Hay un silencio muy frívolo y doloroso entre esas palabras y las siguientes—. Cuando te vayas, podrás volver a olvidarte de mí por completo. Para ti hacerlo será más fácil, estás enamorada de alguien.
—¿Y tú?
—Intentaré hacer lo mismo… Pero, mientras tanto, no quiero quedarme con la inquietud o la duda de si pude aprovechar una oportunidad que no sé si volveré a tener.
—¿Qué oportunidad?
—La de saber por qué estamos aquí de nuevo después de todo… —dice—. Kell, a nuestra historia aún le falta el punto final. Deja que la vida nos lo ponga y te prometo que todo volverá a estar bien.
Tengo tantas preguntas, tantas dudas y tantos sentimientos enredados…
, que tras sus palabras me quedo completamente en blanco.
¿Qué se supone que debo hacer? ¿Creerme su hipótesis de por qué estamos juntos de nuevo en el mismo lugar y dejar que la vida dirija lo que vaya a pasar?
¿O ser una persona frívola y sensata y olvidarme de tonterías del destino?
Libero mi mano de su agarre y me la llevo a la cara para frotarme la frente y agarrarme el puente de la nariz.
—¿En qué piensas? —me pregunta cuando pierdo la mirada.
—En todo…
—¿Y qué es todo, Kell?
Vuelvo a bajar las piernas al suelo y me recoloco en el banco algo incómoda.
—Pues en todo, Thiago. En ti, en mí, en dónde estoy y por qué… En todo lo que tengo por delante, en que me voy a marchar, en que… en que… —Niego con la cabeza cuando me vienen tantos pensamientos que no soy capaz de seguir nombrándolos uno a uno.
—¿Y en tu novio no piensas? —pregunta de repente, y a mí me desconcierta tanto esa pregunta que giro la cabeza para mirarlo asombrada.
—¿Qué?
—¿Que si en tu novio no piensas? —repite, con la misma entonación e intención.
Lo miro aún más atónita.
—¿A qué viene esa pregunta?
Se encoge de hombros.
—Pues a que has mencionado las cosas que tienes en la mente y no lo has nombrado a él. Me ha resultado llamativo, simplemente.
—He dejado muchas cosas en el aire, Thiago. No solo a mi pareja. He nombrado las cosas que tengo ahora mismo más presentes.
—Me has nombrado a mí —me recuerda.
¿Qué narices pretende?
—¿A lo mejor porque te tengo delante?
Él sonríe y retira la mirada de mi cara para mirar al frente.
—Ya, por supuesto… —murmura, y para mi más sincera sorpresa de pronto saca de su abrigo un paquete de tabaco.
Pero ¿qué…?
Me tengo que aguantar las ganas de quitarle el cigarrillo que se lleva a los labios, porque ya no puedo hacer eso. Ya no puedo cuidarle, no puedo aconsejarle, ya no puedo nada…
—¿Qué estás insinuando, Thiago? —pregunto a la defensiva, porque no sé si ha sido su murmullo dando por hecho cosas que no voy a permitir que piense, o el hecho de saber que fuma y que yo no sé desde cuándo lo hace, pero algo me tiene irritada.
—No he insinuado nada, Kelly. Simplemente…
La verdad es que de pronto no quiero escucharlo.
—Déjalo. Ya no me importa.
Thiago me mira con las cejas elevadas, pero pronto su expresión de desconcierto cambia a una muy diferente. Me mira de arriba abajo y sonríe.
—Veo que sigues siendo igual de contradictoria.
—He cambiado muchísimo en estos seis años.
—¿Sí? —Eleva una ceja.
—¿Lo pones en duda?
Baja la comisura de sus labios hacia abajo en una mueca.
—Un poco… —reconoce—. Estoy seguro de que cuando estás con él eres diferente, pero ahora mismo yo estoy viendo a la Kelly de siempre.
Me río por la nariz.
—La Kelly de siempre… —murmuro con ironía—. Han pasado seis años, Thiago, es imposible que siga siendo la misma.
—Yo sigo siendo el mismo.
—¿Sí?
—¿Lo pones en duda? —repite mi pregunta, con una sonrisa torcida.
Tengo clara mi respuesta, porque es imposible que siga siendo el mismo.
El Thiago que yo conozco, en la vida habría abandonado Ribadeo para irse a uno de los lugares más fríos del planeta.
Por nada del mundo habría renunciado a su casa, a su familia o al mar, para cambiarlo por esto…
Y, sin embargo, aquí está. Así que sí, estoy segura de que ha cambiado.
—Pues sí, la verdad —contesto.
—¿Por qué? —se interesa por saber.
—Porque el Thiago que vi la última vez no fumaba, por ejemplo —digo, yéndome a lo más evidente, porque ponerme a mencionar cosas como el lugar donde hemos crecido juntos podría cambiar el rumbo de la conversación y llevarla a un terreno algo frágil para ambos.
Ribadeo es aquel recuerdo que a los dos ahora mismo nos encogería el corazón.
No quiero hablar con él sobre eso. Si voy a hablar con él sobre algo, quiero que sea de cosas más… superficiales.
Thiago, tras escuchar mis palabras, apaga el cigarrillo contra el banco y, a continuación, lo tira al suelo a pesar de que no estaba ni por la mitad.
—¿Ahora soy el mismo?
A mí me llega un impulso que no puedo reprimir. Sin previo aviso y sin mi permiso, mi cerebro le manda indicaciones a mi mano para que la levante y la acerque a su cabeza para quitarle el cigarrillo que se había dejado en la oreja antes de guardar el paquete.
Se lo robo sin dejar de mirarlo a los ojos, y él hace lo mismo. No me quita la mirada de encima en ningún momento porque estoy segura de que está estudiando la expresión de mi cara.
—El Thiago que yo conocía no esquiaba, surfeaba… —menciono al cabo de unos segundos.
—Siempre he sido polifacético.
Consigue sacarme una sonrisa que me obligo a esconder muy rápido.
—También utilizaba una bomber negra y llevaba un arito de plata en la oreja izquierda.
—El pendiente lo perdí la última vez que surfeé, y como se me olvidó comprarme otro se me cerró el agujero y me dio pereza volver a hacérmelo.
—¿Y la bomber?
—Se me quedó pequeña. Ahora es de mi primo Aleixo…
Sigo siendo el mismo, Kelly —dice, antes de que yo pueda seguir nombrando cosas—.
Todo lo que ha cambiado en mí ha sido superficial.
Setenta y ocho meses dan para mucho, pero también para muy poco cuando no tienes nada por lo que querer ser mejor.