CAPÍTULO 5 #2
Se me acelera el corazón cuando se detiene delante de mí. Me resulta increíble lo mucho que ha crecido. No me creo que me saque más de una cabeza y media y que su cuerpo casi tenga el doble de tamaño que la última vez que lo vi.
El sol le da justo en la cara y sus ojos verdes se ven aún más verdes. Las pecas de su nariz siguen estando presentes y en los mismos lugares en los que las recuerdo. Siempre le han dado un toque dulce que me ha encantado…
Él no lleva casco, cosa que me permite ver su pelo y sus rizos dorados revueltos en lo alto de su cabeza y cayendo de forma rebelde por su frente.
Ya no lo tiene tan rapado por los lados como antes.
Sigue estando algo más corto que arriba, pero ahora es un corte más maduro.
Seguro que su madre se alegra un montón de que su hijo ya no lleve, como ella decía, una escoba en la cabeza.
Thiago se agacha y coge del suelo (a mi lado) dos bastones de esquiar. Los sujeta firmemente por la parte final y puntiaguda, y los alarga para que yo coja los extremos contrarios.
—Agárrate, Kelly —pide.
Lo miro con duda. Primero a él, luego a la pista y después a los bastones.
—¿Qué…? ¿Qué vas a hacer? —pregunto, intentando entender qué trama.
—Voy a bajar contigo.
—¿Conmigo? ¿Cómo?
Me clava la mirada.
—Yo iré de espaldas y te guiaré con los bastones. Haré de contrapeso para que solo tengas que deslizarte y no percibas la sensación de que coges velocidad.
Lo miro atónita.
—¿De espaldas? ¿Y si te caes?
Niega con la cabeza con seguridad.
—No me voy a caer, no te preocupes.
—No me preocupo…, solo es que… —Me callo cuando me doy cuenta de lo borde que he sonado.
Thiago no muestra ningún tipo de emoción ante mi respuesta. Tan solo mira por encima de su hombro para comprobar que todos sus niños siguen sanos y salvos. Tiene a muchos críos bajo su responsabilidad.
—Agárrate —pide de nuevo, y esta vez lo hago.
Cuando se asegura de que me he agarrado bien, comienza a deslizarse para atrás y, como ha dicho que haría, soporta mi peso para que no me estrelle contra su cuerpo y para que en consecuencia no le haga perder el equilibrio. Yo no tengo que hacer nada. Solo dejarme empujar.
O eso se suponía.
—Kelly, tienes que hacer fuerza con las rodillas. Endereza tus esquís, están bailando mucho —dice, mientras que seguimos bajando lentamente—. Ahora da igual porque soy yo quien está haciendo la fuerza, pero la próxima vez vas a tener que llevar tú el control.
—No sé si va a haber próxima vez —confieso, aún nerviosa.
Su entrecejo se frunce.
—¿Por qué no?
—No me quiero romper nada antes de la boda.
—¿Y si te prometo que no te vas a romper nada?
—Eso no depende de ti. No puedes prometérmelo.
—No, tienes razón, pero tengo experiencia y nunca pondría en peligro a un alumno. Más aún cuando… tiene un día tan importante cerca.
Voy a contestarle, cuando un empujón en mis piernas me hace chocar contra él.
Thiago tiene buenos reflejos y se aparta los bastones a tiempo para no clavárselos en el estómago.
Mi cara se estampa contra su pecho. Consigue mantener el equilibrio y me agarra de la cintura con un brazo para evitar que me caiga.
Me separo rápido de él y miro sobre mi hombro para saber qué es lo que me ha empujado. Para mi sorpresa, me encuentro tirado en el suelo a un niño de no más de cuatro años, que ha comenzado a llorar por el golpe.
¡Dios mío, pobrecito!
Thiago me hace a un lado para poder socorrer al niño cuanto antes; yo le ayudo. Ambos nos agachamos, pero es Thiago quien lo levanta del suelo.
—Eh, campeón, no pasa nada —lo anima mientras le limpia la ropa llena de nieve. El niño le agarra de la mano sin dejar de llorar.
—¿Te has hecho daño en algún lado? —le pregunto mientras lo examino con la mirada, pero el niño niega. Solo está llorando por el susto, gracias a Dios.
—¡Arthur, joder, mal! ¡Muy mal! ¡Sube y vuelve a bajar! —gritan desde arriba.
Thiago y yo miramos a la vez en dirección a la voz, y nos encontramos con un chico que lleva la misma chaqueta de monitor que Thiago.
—Puto gilipollas… —susurra él entre dientes.
Yo miro al niño, que sigue llorando y tiene cara de susto… Le acaricio la espalda para tratar de tranquilizarlo.
Niega repetidas veces con la cabeza, indicando que no quiere volver a subir. Se pega más a Thiago y, a pesar de que no lo conoce, creo que debe de darle mucha más seguridad que el tío de arriba.
Cuando Thiago ve cómo el niño se estremece ante la orden de su compañero, levanta de nuevo la cabeza y grita:
—¡A Arthur me le quedo yo, Mikael!
A él no le sienta nada bien la decisión, porque baja la pista escopetado.
—Ni se te ocurra, devuélveme a mi alumno —le exige, no muy amablemente. Y trata de coger al niño del brazo, pero lo detiene antes de que pueda tocarlo.
—Va a ser que no —contesta.
—No era una puta pregunta —escupe, acercándose un poco más a Thiago para encararlo.
—¿Me ves cara de que me importe, Mikael? —pregunta retóricamente y muy borde. Está más que claro que no se llevan nada bien…
Mikael aprieta la mandíbula con fuerza, mientras mira a Thiago muy serio.
Dios mío.
La tensión se podría cortar con un cuchillo.
—No puedes apropiarte de mis alumnos —dice.
—Aprende a no hacerles llorar en tus clases, y no te los quitaré.
—Mi forma de enseñarles a esquiar no es de tu incumbencia. Yo no me meto con cómo lo haces tú.
Thiago se arma de paciencia. Lo sé. Lo cono…
Lo reta con la mirada durante un tiempo, hasta que se da cuenta de que Thiago no está solo, y pasa a observarme a mí.
Mikael tiene el pelo bastante corto, una raya en la ceja, nariz de boxeador, muchos tatuajes en el cuello, y una mirada profunda y oscura que intimida mucho.
Me repasa de arriba abajo con los ojos y yo hago lo mismo con él.
—¿Es una alumna? —le pregunta a Thiago sin despegar sus ojos de mí.
—Sí —contesta él sin muchas ganas.
Mikael sonríe de una forma que me causa de todo, menos cosas bonitas.
—Te cambio a Arthur por la guapa.
Perdona, ¿qué?
Thiago se ríe, pero sin ninguna gracia.
—Ya, ni en tus putos mejores sueños. Anda, piérdete.
—Preguntémosle a la guapa si quiere, ¿no?
Ambos me miran a la vez.
Yo me quedo inmóvil por unos segundos, porque la situación me está pareciendo muy incómoda y rara.
Luego, tras devolverle la mirada a ambos, niego con la cabeza.
—No, gracias. Prefiero quedarme con Thiago.
Mikael entrecierra los ojos y se ríe, como si hubiera contado un chiste. Parece como si no me tomara en serio.
—¿Y eso? ¿Por qué no te lo piensas un poco más, anda?
Thiago le pone una mano en el pecho y lo aleja unos centímetros de mí cuando Mikael cambia la dirección de su cuerpo hacia el mío.
—No va a pensarse nada. Ya te ha dicho que no. Lárgate.
Gracias a Dios, tras unos segundos de silencio y de tensión, Mikael obedece por fin. Vuelve con sus alumnos, pero no sin antes lanzarme una mirada llena de intenciones.
Madre mía con este tío…
Cuando nos quedamos solos junto a Arthur, Thiago suelta un suspiro de alivio. Luego nos observa a los dos y nos hace una seña con la cabeza.
—Continuemos con la clase…