Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

PARA SIEMPRE

Kelly

N o quiero levantarme de la cama.

No quiero verlo.

No quiero volver a encontrármelo. No quiero verlo con la recepcionista. En el restaurante. No quiero saber ni siquiera que existe. No quiero volver a verlo y no recibir de su parte lo que nos prometimos que nos daríamos si nos encontrábamos en un futuro.

¿Cómo puedo desear que alguien me odie?

«Porque mereces que te odie. Todo se fue a la mierda por tu culpa».

¿Por mi culpa?

Hice lo que sentía que tenía que hacer… Solo tenía dieciocho años y todo se estaba derrumbando. No podía dejarla sola…

«Le hiciste daño. No supiste elegir bien. Lo destrozaste completamente».

También me hice daño a mí misma.

«Fuiste una cobarde».

¿Lo fui?

Casi soy capaz de sentir el mismo nudo en la garganta que hace seis años.

Casi puedo escuchar el ruido de los truenos, las gotas de lluvia empapándonos mientras nos chillábamos, las luces del coche alumbrándonos en mitad de la carretera, su voz gritando mi nombre mientras me marchaba y le dejaba para siempre…

Nunca pensé que iba a ser «para siempre» de verdad.

Nada.

Ni nuestro amor ni nuestro adiós. Pero, cuando pasó un mes sin saber nada de él, sin recibir ninguna señal de que intentaba contactar conmigo, de luchar por algo por lo que yo no tuve narices de luchar, supe que de verdad se había acabado.

Que Kelly y Thiago se habían acabado. Que no había nada más.

Que los diez años que habíamos pasado juntos estaban destinados a acabar justo allí, en ese momento. Que ya no había nada más que vivir juntos. Que nos conocimos para un momento, no para toda la vida…

Por mucho que me cueste y me duela admitirlo, me resulta difícil creer que esto ha sido una simple coincidencia. Es completamente imposible.

¿Por qué tengo que creer tanto en el destino? ¿Qué es lo que supuestamente tengo que demostrar con esto? ¿Que quiero a Alan ante cualquier circunstancia que la vida me ponga delante?

Pues sí. Lo quiero. Joder, claro que sí…

Salgo de la cama de un salto cuando siento la bilis por mi garganta. Corro hacia el baño y llego justita a echar la cena por el váter.

Justo cuando termino, llaman a la puerta del servicio. He debido despertar a Sienna o a Molly con mis arcadas.

Antes de enjuagarme la boca, abro la puerta del baño porque Molly no para de aporrearla y me va a dar dolor de cabeza. Cuando quito el pestillo, entra al interior alarmada.

—¿Acabas de potar? —pregunta mirando el váter.

—Ajá —contesto mientras me acerco al lavabo para lavarme los dientes—. No te preocupes, me pasa a menudo. Son los nervios por la boda.

—¿No estarás embarazada? —pregunta, y a mí me provoca un infarto. La palabra embarazo sí que me produce hasta el peor mal del mundo.

—Sí, de un bebé muy gordo llamado ansiedad —contesto con el cepillo de dientes en la boca.

Molly se adentra un poco más en el baño y se acerca al lavabo. Apoya su cadera en el mueble y me mira con sus grandes ojos marrones mientras me lavo los dientes.

—Me preocupa que estés tan estresada… Kelly, de verdad, esta semana no tienes de qué preocuparte.

Las cosas de la boda están casi zanjadas.

Estás en un lugar precioso, con nosotras, a punto de casarte con un chico guapísimo y rico…

Vas a tener una luna de miel de ensueño, estás trabajando en lo que adoras… ¿Qué te pasa en realidad?

Aprieto los dientes por unos segundos, y luego cojo una respiración profunda antes de hablar.

—Me pasa que… Las expectativas —miento, más o menos—. Me da miedo que las cosas no salgan como espero después de todo el tiempo y esfuerzo que le hemos invertido…. Mi madre no me perdonaría en la vida que algo saliera mal.

Molly suspira y luego me acaricia el brazo.

—Todo va a salir bien, Kelly… —dice con tanta calma que por un momento hasta la creo—.

Pero no puedes desaprovechar uno de los días más bonitos de tu vida por estar centrada en lo que los demás quieren de tu boda, porque ese día deberías regalártelo a ti misma.

Ya sabes qué es lo que le digo a todos mis clientes: cuanto más te esfuerces por salir bien en una foto… , peor saldrás.

Sonrío un poco; esa fue una de las primeras frases que le oí decir.

Molly trabaja como fotógrafa profesional para una revista.

Mi madre una vez la contrató para una sesión y nos caímos bien al instante.

Nos dimos los números de teléfono y quedamos varias veces.

Ella fue la que me presentó a Sienna poco tiempo después.

—Eres consciente de que este día con Alan lo vas a vivir una vez y no más, ¿verdad?

—Asiento—. ¿Y vas a arruinarlo así, Kelly?

Sé que eres capaz de ser perfecta sin la necesidad de tener que renunciar a pasártelo bien.

Con tu trabajo eres así. También puedes llevarlo a lo personal. Yo te puedo ayudar. ¿Confías en mí?

La miro confundida.

—Claro que confío en ti. ¿Pero qué vas a hacer?

—Deja que yo me encargue de los últimos detalles de la boda.

Casi se me sale el corazón por la boca.

—¿Qué? No, Molly, eso es cosa mía y…

Me sujeta por los hombros y me interrumpe.

—Y yo quiero que disfrutes de estas minivacaciones con nosotras para que en tu día estés como nueva. Hasta dentro de una semana y media olvídate de que te casas. Eres Kelly Williams y estás en la maldita Laponia para tocarte el higo, no para casarte. Repítelo —me ordena muy seria.

—Molly…

—Repítelo, Williams, o cuando vayamos a esquiar te tiro del telesilla.

—Dos cosas. Uno: eres una bruta violenta. Dos: yo no voy a esquiar.

—Ohhh…, ya te digo yo a ti que sí.

Me quito sus manos de los hombros.

—Ya te digo yo a ti que no.

—No, ya te digo yo a ti que sí —dice con un tono de voz muy amenazante.

—¿O qué? —reto, cruzándome de brazos.

—O llamo a la guapísima Samantha Díaz, para decirle que al final te casas en Yucatán dentro de ocho meses, y te quedas sin los vestidos de damas de honor que tanto trabajo y dinero te han costado.

Abro la boca tanto, que casi siento que mi barbilla toca el suelo.

—No serías capaz…

—Cariño, ya lo creo que sí —dice con una sonrisa malévola que consigue que me entre la duda de si sería capaz o no—. Yo de ti no me pondría a prueba, Williams, puede que tus queridos vestidos terminen en el fondo de un bonito, pero oscuro cenote.

Que alguien me saque de aquí.

—A ver, chicos, escuchadme atentamente. Sois el grupo con el nivel más bajo, pero eso no quiere decir que vayáis a quedaros conmigo toda la semana.

Os prometo que vais a mejorar y que podréis ir con el resto de vuestros compañeros a las pistas de más nivel.

Hoy aprenderemos las cosas más básicas sobre cómo esquiar.

Os enseñaré a frenar: cosa superimprescindible para que nadie vuelva a casa con menos dientes de los que trajo —«qué gracioso»—, y también os enseñaré a cómo levantaros correctamente, porque caeros es lo que más vais a hacer hoy, pero os prometo que es lo normal y que no os vais a romper nada —dice, y mi monitor me lanza una mirada de reojo que no sé si me ofende—. ¿Tenéis ganas de aprender?

Todos los niños gritan ilusionados que sí. Yo me pongo roja cuando me doy cuenta de que casi triplico la edad de los críos y de que soy la única adulta.

Como Molly y Sienna saben esquiar perfectamente, están con el grupo más alto, y encima confían en que yo aprenda en un solo día lo bastante como para que mañana pueda juntarme con ellas.

Yo me meo, de verdad.

—¿Cómo te llamas? —le pregunta una niña de pelo negro y ojos azules a su nuevo monitor mientras mueve exageradamente las pestañas.

—Me llamo Thiago Vázquez —contesta.

—Yo me llamo Poppy.

Y yo me llamo Kelly, y me quiero ir al hotel.

—Vale, chicos, vamos a comenzar —dice después de sonreírle a la niña—.

Detrás de mí está la pista verde con menor inclinación que hay en esta estación.

Esta pista es para que sintáis lo que es deslizaros por la nieve con los esquís, pero no vais a coger nada de velocidad, así que no os vais a caer, os lo prometo.

—Yo no lo tengo tan claro—. Vais a bajar de uno en uno y veréis que al final hay un pequeño valle que os ayudará a frenar naturalmente, no tendréis que hacer nada. Yo os espero abajo, ¿entendido?

Todos los niños asienten y Thiago, tras repetir que quiere que bajemos de uno en uno, comienza a descender.

Cuando llega abajo, nos hace una señal con la mano para que comencemos a bajar.

No hace falta que nos pongamos de acuerdo sobre quién va a ser la primera, porque Poppy, sin preguntar si alguien quiere bajar, se mete de lleno en la pista y la baja como si fuera una experta. Thiago la espera abajo y, a pesar de que frena ella sola por el valle, él la ayuda a enderezarse.

Tras chocarle los cinco, nos hace otra señal para que baje el siguiente.

Creo que aún estoy a tiempo de pirarme de aquí.

Aquel pensamiento intrusivo me persigue hasta que ya es demasiado tarde. Todos los niños están abajo y esperan a que yo también lo haga para poder continuar con la clase.

La verdad es que se me seca un poco la boca.

No me atrevo a bajarla. Quiero mantener todas las partes de mi cuerpo íntegras y completas.

Creo que sí que me voy a dar media vuelta.

—¡Williams, no vale echarse atrás! —me grita Thiago desde abajo.

Dios mío. No quiero bajar. No me veo capacitada.

Vale que no sea difícil bajar esto, pero soy una persona completamente nula para los deportes.

Tengo muy mala coordinación, y ver que ningún niño se ha caído, me impone una responsabilidad bastante grande.

No puedo hacer el ridículo delante de críos de diez años, y aún menos delante de Thiago.

Lo tengo decidido.

Me voy al hotel.

—¡No voy a bajar! —grito, y desde la distancia puedo ver el desacuerdo en su cara.

—¡Kell, no te vas a caer! ¡Te lo prometo! —Me intenta convencer.

Niego con la cabeza.

—¡Me voy!

—¡No! ¡Espera!

Veo cómo les dice algo a los niños, y luego de pronto Thiago comienza a subir la pista.