Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

EL MISMO MIEDO

Kelly

M ierda.

Joder. Joder. Joder. ¡Joder!

Esto no me puede estar pasando.

Me meto debajo del agua ardiente hasta la nariz, intentando ocultarme. El corazón comienza a bombearme con fuerza cuando intuyo qué es lo que las dos personas que están al otro lado de la mampara quieren hacer dentro de este jacuzzi . El mismo en el que llevo ya mucho tiempo sola.

Sienna y Molly hace como unas dos horas que se han marchado, porque ambas estaban algo mareadas por el tequila que hemos bebido esta tarde.

Cuando a mí se me bajó a los talones, me pareció una buenísima idea quedarme aquí sola: las vistas que hay son más que impresionantes.

El jacuzzi está en la azotea, y el cielo está repleto de estrellas.

Unas estrellas que han dejado de importarme en cuanto he oído que dos individuos han entrado en los vestuarios comiéndose la boca.

Para mi mala suerte, no tengo escapatoria. Solo hay una puerta por la que poder salir, y es la misma que por la que se entra. Y, por si fuera poco, ahora mismo está siendo bloqueada por ellos…

Aunque no pasan más de quince segundos cuando la abren para salir hacia el jacuzzi sin dejar de besarse.

Se me baja la presión a números preocupantes cuando reconozco a las dos personas que acaban de cruzar el umbral de la puerta.

No, no, no, no, no, no. ¡No!

Hundo la cabeza por completo cuando los veo empezar a quitarse la ropa sin dejar de avanzar a trompicones hacia el jacuzzi .

Madre mía. Madre mía. ¿Qué hago? Joder. ¿¡Qué hago!?

—¿Has cerrado la puerta de fuera? —pregunta Thiago. El agua distorsiona sus palabras.

—No. Sabes que no está permitido cerrar el jacuzzi —responde Lisa, la recepcionista, y puedo ver cómo introduce un pie dentro del agua y luego el otro—.

Pero no te preocupes, nadie a estas horas nos va a interrumpir, todo el mundo está durmiendo o prefiere hacer de todo menos…

¡AHHHHHHHHHHHH! —chilla a todo pulmón de pronto—.

¡Joder! ¿¡Qué cojones…!? ¡Hay alguien dentro del jacuzzi , Thiago!

Aunque no hubiera gritado, la falta de aire me habría obligado a sacar la cabeza de debajo del agua de todos modos.

Y en el instante en el que me doy cuenta de que esconderme en el agua era el plan más patético que podría haber probado, la situación pasa a parecerme el triple de incómoda de lo que ya lo era.

Lo primero que veo al abrir los ojos es a Thiago, y su expresión se convierte en una de asombro, confusión e incomodidad cuando también me reconoce.

Creo que ahora mismo tenemos todos las mismas ganas de que la tierra nos trague.

—Lo siento… —me disculpo, avergonzada…—. Ya…, ya me iba … Estaba a punto… Ya… ya me voy para que podáis… podáis… —Me callo cuando me doy cuenta de que estoy balbuceando como una tonta, y salgo del interior del jacuzzi lo más rápido que puedo.

El frío del que me estaba protegiendo dentro de la pequeña piscina me abofetea y me congela hasta los huesos.

Se crea un silencio sepulcral y muy incómodo en mi camino hacia mi albornoz (más frío y tieso que yo ahora mismo) y, a pesar de que quería evitar a toda costa mirar a Lisa, mis ojos, por alguna razón, no paran de fijarse en ella.

Se ha acercado a una de las estufas que hay cerca de la entrada para poder entrar en calor, mientras que su acompañante y yo seguimos bajo el frío de Finlandia.

Está tiritando mientras intenta de forma torpe abrocharse los botones de su camisa del uniforme…, y tiene además el pintalabios rojo corrido alrededor de la boca.

A pesar de las circunstancias, no puedo negar ni ocultar que es guapísima.

—Kelly… —La voz de Thiago llamándome me alerta y hace que deje de mirarla y lo mire a él. Encontrar las señales del pintalabios de Lisa en su cara no me permite mirarlo por más de dos segundos seguidos—. Perdona por… Nosotros no, no…

Se me frunce el ceño cuando entiendo lo que trata de decirme, y me es imposible no volver a mirarlo a los ojos cuando hablo.

—No tienes que explicarme absolutamente nada, Thiago —digo, mucho más borde de lo que pretendía en realidad. Su cara de vergüenza se transforma en una de asombro o decepción cuando entiende que me importa muy poco lo que quisiera hacer con Lisa.

Él asiente con la cabeza ante mis palabras sin quitarme los ojos de encima, y decido entonces que es un buen momento para marcharme si no quiero pillar una pulmonía, que la situación sea aún más incómoda, o que mi cerebro empiece a pensar cosas raras sobre lo que acaba de pasar.

Porque no hay razón para hacerlo.

Porque estaría muy mal de la cabeza si esto me afectara lo más mínimo.

—Adiós… —susurro, mirándolo a él primero y luego a ella (a quien desde luego ahora mismo no parece que le caiga especialmente bien).

Lisa me mira de arriba abajo varias veces de una manera muy cuestionable, y de brazos cruzados.

Tampoco la juzgo o la culpo.

Es la segunda vez en poco más de veinticuatro horas que mi presencia ha hecho que Thiago desvíe su atención de ella hacia mí.

«¿Quién es ella, Thiago? ¿Y por qué narices estabas a punto de darle explicaciones de por qué estabas conmigo?», oigo a lo lejos cómo lo recrimina.

Por mucho que me gustaría quedarme a escuchar su respuesta, no lo hago.

Porque escuchar que no soy nadie o que lo soy todo me da exactamente el mismo miedo.