CAPÍTULO 3
RECUERDOS, SENSACIONES Y PROMESAS
Kelly
- A diós, Alan. Te quiero.
Cuelgo la llamada con mi prometido y suelto un suspiro lleno de cansancio.
Estoy… estresada. Muy estresada. Estoy que me subo por las paredes por los nervios, la ansiedad y las expectativas que tenemos puestas en la ceremonia.
Por querer que todo salga como lo hemos estado planeando este último año…
Hay cabos aún por atar a dos malditas semanas de la ceremonia, pero todo el mundo (incluido Alan), me recomendaron que viniera aquí con mis dos mejores amigas a desconectar, a tranquilizarme, a pasármelo bien por última vez «sin ser la mujer de nadie»…
Salgo de mis pensamientos cuando el ascensor se detiene de pronto y abre sus puertas en la planta tres. Cuando reconozco a la persona que está ahí parada y de pie, esperando para subirse, el corazón se me acelera un poco.
Thiago está frente a mí y se sorprende tanto como yo cuando me ve.
Casi como acto reflejo, me muevo a un lado (como si el ascensor no fuera lo suficientemente grande para que no cupiese si yo no me movía), y él se sube cuando lo hago.
Podría haber pulsado el botón de «cerrar puertas» hasta romperlo para no tener que compartir este momento a solas con él… Nuestro primer momento a solas después de seis años…
«No te debería haber llegado tan rápido esa observación, Kelly».
La situación está tan tensa, que siento un escalofrío que me recorre la columna cuando las puertas del ascensor se cierran y nos quedamos completamente aislados de todo en un espacio tan pequeño.
—¿Bajas sola a cenar?
Lo miro de reojo. Se ha cambiado de ropa. Ahora va con vaqueros negros, camiseta blanca y una sudadera granate. Así vestido, se parece mucho más al Thiago de diecisiete.
—Eh… n… no. Mis amigas ya están abajo…
Que lleguemos ya.
Que lleguemos ya…
Aún por el rabillo del ojo lo veo asentir lentamente. Luego gira la cabeza y su cuerpo en mi dirección, para poder mirarme con más detenimiento y atención. No soporto hacerme la loca por más de dos segundos, así que finalmente yo también termino mirándolo a la cara.
—Yo… ceno con mis compañeros de trabajo y con los niños de la excursión—dice—, pero, si quieres, podemos luego, no sé, tomar algo y ponernos al día, ¿no?
No.
No tenemos por qué hacerlo. Acabamos mal y ya está. No hay razón para pasar por un momento incómodo tratando de arreglar algo que ya no tiene sentido.
—Hoy no es un buen día. Estoy agotada del viaje —le contesto justo cuando el ascensor llega a la planta del restaurante.
Él asiente, cohibido, y se podría decir que también decepcionado. Aun así, se mantiene sereno y con esperanzas.
—Claro. No te preocupes… Ya hablaremos otro día, Kell.
Trago saliva con fuerza antes de decir lo siguiente:
— Kelly , Thiago…
Vuelve a asentir y tan solo dice:
—Buenas noches, Kelly.
Desaparece por el pasillo que da al restaurante sin mirar ni una sola vez hacia atrás. Yo, en cambio, me quedo en el sitio durante varios segundos mientras le observo alejarse de mí.
Solo cuando tengo los pulmones llenos de aire y el corazón de nuevo en su lugar, camino hacia la mesa en la que están mis amigas cenando.
Me siento frente a ellas y no hago el amago de ir a por algo de comida. Estoy muy revuelta. Llevo así desde que me he bajado del maldito avión y sé que no debo comer si esta noche no quiero ir al baño varias veces.
—¿Qué estáis haciendo? —pregunto cuando las veo con un papel de color verde menta entre ellas y a Molly con un boli en la mano.
—Eligiendo las actividades que vamos a hacer esta semana. ¿Qué te parece si hacemos skeleton ? —pregunta Sienna—. Suena bien.
—Suena a que no voy a hacer nada que me ponga en peligro y donde tenga altas probabilidades de partirme una pierna, un brazo o la boca, gracias, tengo una boda a la que asistir.
Molly chista haciendo un gesto de desacuerdo.
—Qué rollazo de tía —murmura, pero la oigo perfectamente.
—Te estás jugando ser la madrina algún día, guapa, yo de ti tendría cuidado con lo que dices.
Ella rectifica diciendo:
—Qué rollazo tienes, tía. Perdón, la dislexia. —Me sonríe y luego me lanza un beso.
Yo la miro fatal, pero Sienna no nos da ni espacio ni oportunidad para que hagamos o digamos nada más, porque comienza a explicarme el planning (que han hecho sin mí) sobre lo que vamos a hacer esta semana de vacaciones en este resort.
Está claro que ninguna quiere dejar pasar la oportunidad de poder disfrutar de los servicios y actividades que ofrece el hotel, pues son gratuitos gracias al sorteo que ganó Sienna.
—Mañana vamos al spa y a la piscina de hidromasaje.
En los siguientes cuatro días tenemos clases de esquiar por la mañana, comidas en la montaña, y para las tardes y las noches iremos viendo.
Por último, para el día de antes de la llegada de tu querido amado …
—Hace una pausa que se me hace eterna. Sobre todo, para lo que termina decidido—: ¡No te lo podemos decir…
! —canturrea con una sonrisa malévola, aunque para malévolo lo de ir a esquiar, sinceramente.
—Yo no voy a esquiar. —Dejo claro desde ya.
—No vas a salir de las pistas verdes —asegura Molly, para intentar convencerme.
Niego. Me da igual. No pienso poner mis huesos, mi boca y mi dignidad en peligro.
—Yo me quedo en el hotel.
—No. Tú te vas a esquiar y a que te dé un poco de nieve en la cara —dice Sienna, robándole una carcajada muy ofensiva a Molly.
Abro la boca asombrada.
—Gracias por la confianza, eh, tía.
—Cariño, nuestro trabajo como amigas es decirte la verdad. No nos des las gracias por hacer algo tan simple —bromea Molly.
Trato de esconder una sonrisa mientras dejo caer mi espalda en la silla y tan solo escupo un:
—¡Que os jodan!
Y, tras eso, desvío la mirada ya que, diga lo que diga, voy a terminar siendo acosada y humillada verbalmente por estas dos mujeres que supuestamente son mis amigas…
Cuando distingo a Thiago entre la gente, algo me hace querer largarme de aquí. No me apetece volver a sentirme incómoda. No me hace gracia la idea de compartir espacios juntos…
Esa idea se reafirma cuando nuestros ojos se encuentran en la distancia.
Desvío mi mirada muy rápido.
—Creo que me voy a ir a la habitación a descansar, no voy a cenar, no tengo hambre —digo—. No os paséis con los chupitos, no pienso soportar la vergüenza de que mañana vomitéis en las piscinas de hidromasaje, ¿vale?
Ambas me miran decepcionadas.
—Tía, se supone que este viaje es tu despedida de soltera que no has podido tener antes… —se queja Sienna.
—Quedan muchos días todavía. Mañana nos emborrachamos y lo celebramos las tres. Os lo juro.
No las veo muy convencidas, pero terminan por asentir.
Es entonces cuando me levanto de la mesa y me despido definitivamente de ellas.
Salgo del restaurante con el mismo nudo en la garganta que cuando he entrado y, sinceramente, creo que no va a desaparecer hasta que no me vaya de aquí…