CAPÍTULO 2
CUANDO EL SUEÑO NOS GANABA
Kelly
Galicia, dieciséis años antes…
Ll egué a España el seis de octubre. Era un día más bien cálido para ser otoño y encontrarnos en el norte del país. Recuerdo que el cielo estaba despejado, casi no corría viento, y el sol estaba a punto de esconderse.
Comenzaba a sentir algo de frío conforme atardecía, pero, a pesar de ello, no me moví. Tenía clara una cosa: aún no quería volver a casa a pesar de que no tuviera ni idea de dónde me encontraba exactamente, ni de si mis padres estaban preocupados porque aún no hubiera aparecido.
Necesitaba quedarme sola durante mucho más tiempo por muy aburrida que me pudiera encontrar…
Fue por ello por lo que, de alguna forma, para entretenerme, comencé a centrar todos mis sentidos y mi atención en observar cómo cada vez menos luz alumbraba mi cuerpo, hasta que, de golpe, me sumergí en una completa oscuridad.
Ni un mísero reflejo de luz me alumbraba y me pareció de lo más extraño.
Era imposible que la noche hubiera llegado de repente.
Me estremecí contra el escalón de piedra de la caseta abandonada en la que me encontraba sentada cuando entendí por qué había desaparecido el sol: mis ojos chocaron con las piernas de un niño en pantalón corto y con heridas en las rodillas.
Estaba delante de mí, a muy poca distancia, de modo que su pequeño cuerpo tapaba por completo los últimos rayos de luz.
Me abracé las piernas y me las pegué al pecho antes de levantar la mirada hacia la cara del niño, quien, al hacer contacto visual conmigo, me miró con mucha intriga y cierta desconfianza.
Tuve que entornar los ojos cuando movió ligeramente la cabeza hacia la derecha y la luz del sol me dio de frente.
—¿Por qué no te conozco? —preguntó.
No le entendí, pero sé que dijo eso, porque años más tarde Thiago me lo contó. Me lo contó todo… Por aquel entonces, no hablaba ni una pizca de español. Mis padres acababan de abandonar Estados Unidos de la noche a la mañana sin ninguna razón, y hacía menos de un día que acabábamos de llegar aquí.
Me limité a observar a aquel niño de ojos verdes y ricitos rubios, casi platino, estudiando su bici, de color verde chillón con pegatinas de Cars y Spiderman, y su ropa, que parecía de camuflaje.
Llevaba unos pantalones color arena oscuros muy manchados de tierra, y una camiseta verde militar también hecha un desastre.
De hecho, cuando volví a mirar su cara, me di cuenta de que tenía restos de césped y tierra en la mejilla izquierda, además de unas pecas bastantes pequeñas que le salpicaban la nariz.
Frunció el ceño.
—¿Por qué no me contestas? —Negué con la cabeza para decirle de alguna forma que no le entendía, pero no lo comprendió—. ¿Eres muda?
— I don’t speak your language .
A él se le iluminó la mirada y su boca se abrió hasta formar una O perfecta.
—¡Hala! —exclamó a continuación—. ¡Yo sí puedo entenderte! ¡Yo hablo muy bien inglés! —me dijo en español, y rápidamente se bajó de la bici importándole muy poco que esta se estrellara contra el suelo.
— You understand me? —pregunté, siguiéndolo con la mirada hasta que se sentó a mi lado en el escalón de piedra.
— YES! —contestó ilusionado—. ¡Verás cuando se lo diga a mi madre! ¡Estoy hablando en inglés de verdad! Le dije que había mejorado —habló en español y de nuevo no le entendí nada. Aunque, a pesar de ello, no puedo evitar sonreír ante su entusiasmo.
— How old are you? —pregunté.
Él me dedicó una mirada dudosa antes de contestar.
— I’m fine… And you?
Yo le miré con cierta diversión y no pude evitar reírme.
— Why are you… lau… gh… ing? —preguntó muy indignado, aunque de forma torpe. Me pareció muy tierno que tratara de hablar en inglés.
— Because you were wrong —contesté—. I asked you about your age and you told me how you are .
—Oh… —murmuró, intentando comprender lo que le había dicho, y creo que lo consiguió, porque me contestó correctamente a continuación—. I have seven years old. And you?
— Eight.
Me miró con curiosidad tras decirle mi edad.
— You… don’t look ol… der… than me… —murmuró, y podría decir que con algo de rencor… Parecía que no le hiciera nada de gracia que yo fuera mayor que él.
Me quedé mirándolo al no saber qué contestarle.
Los últimos rayos de sol le daban contra la mejilla y se colaban en su ojo, dejándome ver una imagen preciosa de su color verde.
Desde aquí pude darme cuenta de que tenía más pecas de las que pensaba, y de que le faltaban casi los mismos dientes que a mí.
— It hurts? —Le señalé las rodillas.
Él dejó de mirarme la cara para mirar adonde mi dedo apuntaba. Se miró las rodillas y se las limpio con las manos, llevándose consigo los rastros de tierra y de sangre sin darle mucha importancia.
—No es nada. —Se olvidó por completo de que no podía entenderle, porque volvió a su idioma—.
He estado haciendo una competición de carreras en la colina con unos amigos, y luego he estado jugando en la tierra haciendo espiona…
—Se calló de golpe cuando escuchó el sonido de una campanita y luego el grito de una mujer—.
¡Tengo que volver o mamá se va a enfadar!
—gritó de pronto, asustándome. Luego se levantó del escalón de un salto y fue hacia su bici.
La puso de pie y estaba dispuesto a montarse en ella para marcharse, cuando sus ojos cayeron sobre mí—.
¿Tú no vuelves? Es muy tarde. Mamá dice que los niños no podemos quedarnos fuera de casa cuando el sol se esconde porque la gente muy mala sale de noche…
Yo negué con la cabeza, para recordarle que no podía entenderle.
Él dejó caer la bici de nuevo y se acercó a mí. Me cogió de la mano y me levantó del escalón para llevarme con él hacia su pequeño medio de transporte.
—Te llevaré conmigo. Where is your house?
Como todavía no sabía ni conocía ningún lugar de Ribadeo, tan solo le señalé una casita de piedra al final de la colina.
—¡Vives a mi lado! ¡Eres mi nueva vecina! —exclamó ilusionado, y a continuación levantó la bici—. Come on, I’ll take you home!
Él se montó en el sillín, y me señaló con la mano una pequeña plataforma para que me sentara detrás de él.
Me senté y me agarré a su cuerpo mientras él comenzaba a pedalear para bajar la colina.
Temí por mi vida, pero, gracias a Dios, llegamos abajo sanos y salvos.
—¡Thiago! ¿¡Cuántas veces tengo que decirte que te pongas el casco!? —le gritó una señora rubia en cuanto llegamos al final del camino y al inicio del jardín de su casa.
Thiago … se bajó de la bici y yo también tuve que hacerlo si no quería comerme el suelo.
—¡Mira, mamá! ¡He hecho una amiga americana! ¡No sabe hablar español! —le contó emocionado mientras que me señalaba y su madre lo miraba enfadada. Yo no entendí nada.
—¡Thiago, no me cambies de tema! ¿Tú ves normal la ropa que me traes todos los días? ¡Tu padre y yo no ganamos para pantalones!
—Pero, mamá… Te…
—¡Silencio! —le calló y a mí me asustó. Di un paso para atrás—. Entra en casa ahora mismo.
Thiago me miró con pena e iba a decirme algo, cuando el grito de otra mujer nos alarmó a los dos.
—¡Kelly!
Giré mi cabeza y me encontré con mi madre en la puerta de nuestra nueva casa. Llevaba un delantal blanco algo manchado y tenía cara de cansancio. Se había tirado todo el día vaciando cajas y maletas.
— Home right now or I’m calling your father! —gritó.
A mí aquello me asustó tanto que salí disparada hacia casa sin despedirme de Thiago…
Aunque la verdad es que nunca nos haría falta, porque la ventana de su habitación y la mía estaban enfrente.
Nunca nos despedíamos cuando cada uno se iba a su casa después de estar juntos, porque siempre lo hacíamos en la ventana… cuando el sueño nos ganaba.