Aquí, ahora y contigo CAPÍTULO 1
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Aquí, ahora y contigo

Aquí, ahora y contigo

Por Nicky Walls

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CAPÍTULO 1

UN CÓCTEL, PERO SIN SENTIMIENTOS, POR FAVOR

Kelly

-U na polla… —murmuro, pero al parecer no lo suficientemente bajo, porque Sienna, a un par de metros detrás de mí, escucha a la perfección mi fino comentario, y le resulta tan llamativo y seductor que se le caen las maletas al suelo y no se corta ni un pelo a la hora de gritar a todo pulmón:

—¡¿Dónde?!

A pesar de su desesperación, no contesto nada. No puedo ni respirar con normalidad ahora mismo. Miles y miles de recuerdos me están abofeteando la cara sin parar.

Dios mío…

¿Esto va en serio?

—¿Kelly? —me llama Molly algo preocupada—. ¿Qué te pasa? Parece que estás a punto de vomitar.

Trago saliva mientras sigo con la mirada clavada en un solo punto. En un solo lugar de toda la enorme recepción del resort. En un solo cuerpo. Y en un solo chico. En él .

Está apoyado en el mostrador, sonriendo de lado, coqueteando con la recepcionista. Lo sé, porque lo conozco… Lo co- nocía…

Sé que lo está haciendo por la forma en que inclina su cabeza, por la forma en que coloca sus brazos, por cómo se toca el pelo y por la manera en que sonríe y la mira.

De la misma manera en la que un día me sonrió y me miró a mí.

Sus ojos están llenos de picardía, pero no de cariño.

Lo sé, porque, aunque lo tenga a más de seis metros de distancia, hubo un tiempo en el que esos ojos me miraron a mí con amor.

El primer pensamiento que me viene a la mente es que está muy mayor. No queda nada de aquel niño de diecisiete años que dejé en Galicia hace seis. No queda nada de aquel Thiago.

El Thiago de ahora es un… hombre.

Me resulta llamativo que solo haya necesitado un vistazo para poder reconocerlo. Quizás sea porque llevo todo este tiempo tratando de imaginar cómo debe haber cambiado en estos años…

Tengo el impulso de esconderme detrás de los sillones de la recepción, detrás de mis amigas, de lo que sea…, pero no alcanzo a mover un solo músculo cuando Thiago mueve la cabeza hacia la izquierda.

Nuestras miradas se encuentran. Y, cuando me reconoce, se le borra la sonrisa de la cara en un instante.

Eso a mí no me ha pasado, porque yo ya estaba seria desde que me subí al avión.

Siento desde la distancia que su cuerpo se tensa, que su respiración se entrecorta, que en su mente está ocurriendo el mismo huracán de recuerdos que yo he tenido. Estoy incluso segura de que nos han llegado los mismos, en el mismo momento, en el mismo orden, con el mismo sabor agridulce.

Solo hay una cosa que nos diferencia: él no se queda petrificado, ni mucho menos quiere huir. Siempre ha sido el echado para delante, el que nunca ha agachado la cabeza, el que, ante cualquier situación, siempre ha dado la cara.

Por eso deja a la recepcionista con la palabra en la boca y camina hacia mí con la agilidad que le representa …, que le representaba.

Se me revuelve el estómago muchísimo por el cóctel de sentimientos que me invaden en cuanto veo de cerca sus ojos verdes. Ha pasado de sacarme diez centímetros de estatura, a sacarme casi una cabeza y media. Ahora tengo que levantar el mentón para poder mirarlo a los ojos…

No queda nada del Thiago adolescente que vi la última vez hace seis años… Pero en mí tampoco queda nada de la Kelly de aquel tiempo.

—Kelly… —dice con la voz ronca y mucho más grave de lo que yo recordaba. Mi nombre completo en su boca me quema y me congela. Nunca pensé que volvería a escucharle pronunciándolo—. Joder, joder. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo estás? —pregunta con algo de exaltación.

Me pican los ojos por un instante.

La última vez que hablamos nos dijimos de todo, menos cosas bonitas.

La última vez que nos vimos nos gritamos que queríamos que la vida nos jodiera mucho, que no queríamos saber nunca nada más del otro y que, si algún día nos encontrábamos en un futuro…

, haríamos como si nunca nos hubiéramos conocido.

—Bien… Estoy bien —contesto con la voz ahogada. No puedo tener a Thiago delante. Es imposible—. ¿Y tú? —añado tras un corto silencio, para no quedar tan mal.

Thiago me sonríe. Su sonrisa sigue igual, solo que ahora sus labios son algo más gruesos y tienen alrededor una barba incipiente.

En sus ojos puedo ver que está igual de aturdido que yo al comprender que me tiene enfrente, a unos pocos centímetros…, después de tanto tiempo.

—Bien, Kell…

Kell…

Él era el único que acortaba mi nombre. El único que necesitaba abreviar un nombre corto de por sí, porque la urgencia de llamarme siempre le ha quemado. Porque siempre quería sentirme cerca. Porque sabía que, diciéndolo de forma tan corta y directa, significaba que estaba cerca de él.

A mí, en cambio, siempre me ha gustado sentir en mi boca todas y cada una de las sílabas de su nombre. Nunca he querido acortarlo. Siempre he querido saborear y sentir desde la primera hasta la última letra. De alguna forma, así lo sentía mucho más mío…

Nos miramos en silencio durante varios segundos, y es él quien rompe el contacto cuando decide bajar la mirada hacia mi cuerpo. Su sonrisa se tuerce cuando termina de observarme, pero no es una sonrisa traviesa, es una sonrisa tierna…

Nunca pensé que volvería a mirarme así; no después del daño que nos hicimos, que le hice…

«Mírame con odio, Thiago. Mírame con odio, o lo tendré que hacer yo».

—¿Qué haces aquí, Kell? —pregunta, rompiendo el silencio de nuevo.

Miro a mi derecha, y veo que Molly y Sienna están bastante confundidas, pero muy atentas a la conversación, ya que están intentando descifrar la situación y tratando de comprender quién es el chico que tengo delante.

No he vuelto a hablar de Thiago con nadie desde que llegué a Londres hace seis años. Ninguna de las dos sabe de su existencia. Se quedó en Galicia, se quedó en el fondo de mi corazón, se quedó en un recuerdo que nunca pensé que volvería a ver.

—Mi amiga Sienna ha ganado un sorteo. Seis noches en este resort para tres personas y clases de esquiar gratis… y, bueno, da la casualidad de que… —Se me atragantan las palabras en lo más profundo de mi garganta.

—¿Qué…? —pregunta con una sonrisa. Una sonrisa que se le va a borrar bastante rápido cuando le cuente la razón por la que de verdad estoy aquí.

—Que en dos semanas me caso… aquí.

Tal y como había previsto, su sonrisa no decae, sino que desa­parece en un microsegundo.

Se queda rígido. Me vuelve a mirar de arriba abajo y le conozco lo suficiente como para saber que está intentando tragarse el nudo que tiene en la garganta. El mismo que tengo yo.

—Te casas… —dice en un suspiro, pero mueve la cabeza rápido, como para obligarse a salir del shock de la noticia—. Joder, Kell. ¿Y quién es el afortunado?

Me quedo callada. No me veo capaz de mencionar el ­nombre de mi prometido delante de él ahora mismo. Así, de golpe…

Thiago debe notar mi incomodidad, por eso simplemente dice:

—Sea quien sea, es un afortunado…

—Gracias… —contesto con la boca pequeña, con la única intención de no dejar que el silencio aparezca de nuevo. Y como parece que él tampoco quiere que haga acto de presencia, y además sé que ahora mismo tiene el mismo revoltijo de sentimientos que yo, mira el reloj que está en su muñeca.

—Tengo que irme. Tengo una actividad —dice nervioso e incómodo.

Eso me llama la atención, y no puedo evitar hacerme miles de preguntas.

¿Quién es Thiago ahora y qué narices hace en Finlandia? ¿Estará de vacaciones? ¿Con su familia? ¿Con alguna… chica? ¿Con sus amigos de toda la vida? ¿Con nuevos?

Sin embargo, de todas esas, solo me atrevo a hacerle la siguiente:

—¿Eres un huésped?

Niega con la cabeza.

—Trabajo en el resort como monitor de viajes y excursiones escolares.

Tengo un colegio al que enseñar a patinar sobre hielo…

—Sonríe por un milisegundo—. Me alegro de verte bien e igual de preciosa, Kell.

A ver si nos vemos por aquí más tarde u otro día…

Yo… ahora tengo que… irme. —Sin previo aviso me abraza, y los pelos se me ponen de punta.

Los recuerdos al notar su perfume, sus brazos y su calor dan saltos en mi estómago y hacen que quiera expulsar la comida del avión por la boca—.

Espero que disfrutéis de la estancia —nos dice ahora a las tres, pero vuelve a mirarme solo a mí al instante—. Nos vemos, ¿vale?

«Nos vemos».

Desaparece pasando por mi derecha y de pronto siento que hay demasiada luz en la recepción y que hace más frío.

—¿QUÉ COJONES HA SIDO TODO ESO, TÍA? —pregunta Sienna.

—Es mi ex… —confieso, porque cuanto antes lo diga, mejor para todos—. Vamos a por la llave de la habitación. Estoy… cansada. —Y sumamente revuelta.

Echo a andar hacia el mostrador de la recepción arrastrando mis maletas.

Observo rápidamente a la chica que está tras él; la misma que ha estado coqueteando con Thiago.

Es rubia y tiene unos ojos azules muy parecidos a los míos, muy guapa, de unos veintipico.

En su blusa blanca del uniforme del hotel lleva enganchada una chapa plateada con su nombre.

Se llama Lisa. Y no quiero saber más, ni mirarla más.

Agradezco que Sienna se encargue del papeleo, porque yo ahora mismo no tengo la cabeza para pensar.

Me parece de puta coña que nos hayamos vuelto a encontrar en Laponia después de tanto tiempo y a dos malditas semanas de casarme…

Esto tiene que ser una broma.

¿Por qué narices apareces ahora, Thiago?