Aquellos que van a morir 12. VESPER (EL ANOCHECER) #5
99%

12. VESPER (EL ANOCHECER) #5

Otro factor crucial para las probabilidades de supervivencia de un gladiador era la frecuencia con la que luchaba.

Las estimaciones modernas al respecto son bajas, pero varían bastante: van desde solo una vez al año hasta dos o tres veces 85 .

Como también en esto carecemos de los datos precisos para poder elaborar un análisis estadístico mínimamente realista, nos vemos obligados a generar modelos a partir de destellos aislados de información.

Caracalla, por ejemplo, obligó a un gladiador llamado Bato a enfrentarse a tres hombres seguidos.

El tercero de ellos lo mató, y Caracalla quiso entonces honrar su memoria organizándole un funeral.

Dion Casio, sin embargo, cita ese episodio como un ejemplo del carácter caprichoso y sanguinario de aquel emperador 86 .

Pero lo cierto es que aquellos hombres podían luchar más de una vez en un mismo espectáculo.

Ya hemos visto el caso del «tracio» Marcus Antonius Exochus, de Alejandría.

Su epitafio nos dice que libró, al menos, tres combates en los juegos de celebración del triunfo de Trajano.

Fueron al menos tres, porque la inscripción está partida a partir del punto en que comienza a narrar el resultado del tercer enfrentamiento, pero podrían haber sido más 87 .

Los juegos de Trajano fueron excepcionales, porque duraron ciento veintitrés días 88 , pero la presencia de la palabra suppositicus («suplente») en las inscripciones sin necesidad de más explicaciones nos indica que no era en absoluto inusual que un gladiador luchara más de una vez en un certamen de ese tipo.

Cabe suponer que los suppositicii salieran a escena si un gladiador quedaba gravemente herido o moría en su primera pelea, o si se consideraba que su oponente inicial no había presentado digna batalla, o incluso por el simple capricho de comprobar hasta dónde podía aguantar, como hizo Caracalla con Bato 89 .

Marcial afirmó que el excepcional gladiador Hermes, que podía luchar en cualquiera de los estilos, era su propio suplente, es decir, que jamás necesitó de un suppositicus porque nunca lo derrotaron (o bien que era insustituible sin más) 90 .

En el otro extremo de la frecuencia con la que luchaban los gladiadores, nos encontramos la lápida levantada por Purricina a su «meritorio esposo» Iuvenus, el provocator, que murió a los veintiún años.

Es un testimonio único, porque nos informa de cuánto tiempo estuvo Iuvenus en su escuela de gladiadores, así como del número de combates en los que participó: cinco en cuatro años 91 .

Eso supone un promedio de poco más de uno por año…

o de uno y medio, si suponemos que (como solía ocurrir en las inscripciones funerarias de gladiadores en la mitad occidental del imperio) se corrió un discreto velo sobre el combate final en el que perdió la vida.

¿Qué significa todo lo anterior de cara a calcular las probabilidades de supervivencia de un cuatrero hispano condenado por el rescriptum de Adriano (tal como vimos en el capítulo 2) a cinco años en un ludus, tres de ellos participando en combates en la arena?

92 . Si nos guiamos por las cifras situadas en la parte superior de la horquilla de las estimaciones modernas (nueve enfrentamientos, a tres por año, cada uno con una probabilidad de muerte de un veinticinco por ciento), sus perspectivas no eran muy halagüeñas, que digamos.

Si aplicamos números situados en la parte baja de esa horquilla (solo tres peleas, una por año, con una probabilidad de uno entre diez de morir en una cualquiera de ellas), el futuro se le podía antojar más esperanzador.

Debemos vencer la tentación de generalizar a partir de aquel decreto de Adriano y suponer que «todos los gladiadores luchaban en la arena durante tres años» 93 .

Acabamos de ver que el joven Iuvenus continuaba librando combates cuatro años después de haberse iniciado en la arena, y los muy escasos combatientes que acumulaban decenas de victorias no pudieron hacerlo en solo tres años 94 .

Por la arbitrariedad misma del sistema político y jurídico romano, un juez podía condenar a un hombre a ingresar en una escuela de gladiadores por el tiempo que quisiera o «que mereciera su crimen», como habría dicho el magistrado.

Asimismo, podemos dar por seguro que cada voluntario libre negociaba el periodo exacto durante el que serviría, y puede que hasta el número de ocasiones en que lucharía.

Constantino, hombre de mentalidad salvaje, manifestó una vez su esperanza de que los hombres libres hallados culpables de secuestro y condenados por ello a servir en las escuelas gladiatorias murieran por la espada antes de que tuvieran tiempo de aprender a defenderse 95 .

Pero de su comentario podemos extraer una verdad generalizable: los gladiadores novatos —no solo los llamados tirones, sino también todos aquellos que libraban sus primeros combates— tenían muchas más probabilidades de morir que los otros.

Y, por razones ya comentadas, los novatos rara vez tenían lápidas mortuorias individuales.

En una tumba colectiva de una compañía de gladiadores de Venusia (actual Venosa, Italia), vemos cómo las cifras parecen dispararse cuanto más noveles eran: de veinte hombres allí enterrados, cinco aparecen descritos como tirones, mientras que otros seis fallecieron en su segundo o su tercer combate.

De todos modos, desconocemos el porcentaje de novatos respecto al total de gladiadores en aquella escuela 96 .

Puede establecerse una comparación adecuada con los pilotos nuevos que entraban en acción en el frente occidental durante la Primera Guerra Mundial, donde la esperanza de vida podía caer hasta las apenas noventa y dos horas de vuelo.

Un oficial de aquel entonces escribió: «La mayoría de las bajas se producían entre los pilotos recién llegados de Inglaterra y eran producto de la inexperiencia, combinada con unas aeronaves inferiores.

Una vez superado cierto punto, ya rara vez se sufrían bajas entre los pilotos» 97 .

En ese mundo, recreado de forma evocadora en la autobiografía de Cecil Lewis, Sagittarius Rising, y en la novela, también mayormente autobiográfica, de V.

M. Yeates, Winged Victory, las muertes de los amigos se lamentaban de manera profunda, pero las de los novatos apenas se notaban 98 .

Y a la inversa, un gladiador veterano tenía una probabilidad mucho mayor de sobrevivir.

No solo poseía más experiencia —contra lo que probablemente hubiera sido el deseo de Constantino—, sino que iba acumulando mayor favor del público.

Esto último, sumado a su coste, aumentaba la probabilidad de que el patrocinador de los juegos le otorgara la missio llegado el momento.

A medida que un gladiador iba ascendiendo por la escala del sistema palus de clasificación 99 , coincidía con un número menor de otros como él en cada escalón sucesivo.

Es decir, a los gladiadores se les solía enfrentar contra otros de su mismo nivel (o de uno por encima o por debajo del suyo), por tanto, cuanto más subían en la clasificación, menos eran los hombres disponibles contra los que combatir.

Así pues, el veterano no solo tenía más probabilidad de sobrevivir, sino que también saltaba a la arena con menor frecuencia que el novato.

La vida después de la muerte

Fuera cual fuese su estatus o su probabilidad de supervivencia, todos los gladiadores vivían teniendo muy presente la posibilidad de sufrir una muerte violenta.

Y el más allá pagano no era muy prometedor 100 , había en él unas Islas de los Bienaventurados, ubicadas en algún lugar del occidente lejano, donde las almas de un grupo selecto de héroes disfrutaban de una buena vida tras la muerte.

Los gladiadores de la mitad oriental del imperio solían verse a sí mismos como héroes 101 , pero suponer que lo eran hasta el punto de que pudieran acceder a las Islas de los Bienaventurados era mucho suponer.

Como opuesto a lo anterior estaba el tártaro, una región del inframundo el triple de oscura que la noche más oscura, donde los más impíos y culpables eran torturados.

Pero pocos hombres se tenían por tan irremisiblemente malvados y, de hecho, en las lápidas de los gladiadores se expresa una piedad religiosa convencional.