12. VESPER (EL ANOCHECER) #6
Para la mayoría de los difuntos, la vida después de la muerte consistía en revolotear como un murciélago sobre los lúgubres prados de asfódelos del Hades.
Podrían, al menos, beber del estanque de Lete y experimentar así el olvido total de su vida pasada.
También tendrían breves recuperaciones de conciencia cuando los vivos les hicieran una ofrenda de sangre, aunque estas ceremonias siempre se llevaban a cabo en interés de los vivos, generalmente para poder averiguar algo que quisieran saber.
De hecho, se suponía que los invocados en ellas no eran seres felices.
El fantasma de Aquiles le dijo a Odiseo que preferiría ser un pobre jornalero sin tierras antes que gobernar sobre todos los muertos 102 .
Igual que los filósofos podían verse a sí mismos como gladiadores, también los gladiadores podían encontrar cierto consuelo en la filosofía popular 103 .
Ya vimos que un luchador garabateó un grafito sobre Séneca en uno de los pabellones de Pompeya, aunque no acertara a escribir bien su nombre 104 .
No hacía falta leer obras filosóficas para tener una idea de sus principios básicos.
Los estoicos, representados por el propio Séneca, pensaban que, si no sentías dolor antes de nacer, ¿por qué ibas a padecerlo después de morir?
105 . Pero la mejor frase al respecto es de un epicúreo, Lucrecio: «¿Qué resulta, si todo desemboca en sueño y descanso, tan exageradamente amargo para que alguien tenga por eso que consumirse en duelo inacabable? » 106 .
El papel de la astrología en la cultura romana
Si el gladiador se sentaba en el patio del Ludus Magnus y miraba hacia el cielo nocturno, más allá de la imponente mole del Coliseo, las estrellas le dictaban resignación ante la fatalidad del destino.
La astrología estaba muy presente en todos los niveles de la sociedad romana.
No todo el mundo creía en ella, pero todos se la tomaban en serio.
Aunque marginada por la mirada académica moderna debido a la naturaleza misma de su temática y a su dificultad, el volumen de literatura astrológica del Imperio romano que ha sobrevivido hasta nuestros días es prácticamente igual que el de literatura histórica 107 .
Fírmico Materno, senador siciliano del siglo IV , escribió un largo y complejo libro sobre el tema 108 .
Pese al casi impenetrable virtuosismo técnico de su obra, Materno se reconoce como un simple aficionado a la cuestión 109 .
Eso es muy indicativo de la amplísima difusión de la que gozaban los conocimientos astronómicos en su época.
Por cierto, Loliano Mavorcio, el alto cargo imperial al que Materno dedicó su libro, tampoco era astrólogo.
En un primer momento, había encargado al autor una obra sobre las curiosidades naturales de Sicilia 110 .
El caso es que, entre la infinidad de horóscopos que Materno recogió en su obra —desde el del emperador y el del gobernador hasta los del aguador y el alcantarillero—, incluyó también los de varios gladiadores.
Según la teoría de Materno, cualquiera que fuera la vía por la que un hombre se hiciera gladiador —ya fuera presentándose voluntario como hombre libre, o siendo condenado a penar sirviendo en las escuelas gladiatorias—, esta venía predeterminada por la alineación y conjunción de las estrellas en el momento de su nacimiento 111 .
Pese al alto riesgo que corría de sufrir una muerte brutal en público, el gladiador también podía cosechar victorias y fama 112 .
Esto le servía de cierto consuelo, al igual que sentir la certeza de que la hora y la forma de la muerte de todos los hombres estaban ya preestablecidas desde mucho antes.
¿Por qué preocuparse, pues, si todo estaba escrito en las estrellas?
A VE ATQUE VALE 113
Llegó la hora de la cena. En la mesa han quedado sitios vacíos. Esta noche no queda ninguna de las exquisiteces que allí había en la cena libera. Ha vuelto la dieta de potaje de cebada y alubias, y vino áspero con ceniza. Nadie ha venido a la escuela para ver comer a los gladiadores supervivientes.
Demetrio no mira hacia el sitio que Diodoro solía ocupar.
Cuando el summa rudis ordenó que se reanudara el combate, Diodoro ya no parecía el mismo; se le veía lento y cansado, como si su espíritu de lucha le hubiera abandonado.
Demetrio no tardó nada en obligarlo a rendirse.
Frustrado por la brevedad de ese segundo combate y, tal vez, también por la mucho más floja actuación de Diodoro, el público quiso sangre y clamó a aullidos por ella.
El emperador volvió el pulgar hacia la arena.
No era la primera vez que Demetrio mataba a un hombre al que se le negaba la missio, pero nunca había ejecutado a un amigo.
Diodoro afrontó dignamente su final, ofreciendo su cuello sin vacilar. Demetrio tuvo la bondad de darle una muerte rápida: una estocada limpia en la nuca. Al menos así no tuvo que mirar a su amigo a los ojos.
Diodoro no tenía esposa ni hijos. Demetrio reclamó su cadáver. Con el dinero de su premio, encargó una lápida funeraria con inscripción. Tal vez algún día, si el Destino quería que fuera él quien abandonara la luz y se sumergiera en el Hades, otro amigo piadoso haría lo mismo por él.