Aquellos que van a morir 12. VESPER (EL ANOCHECER) #4
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12. VESPER (EL ANOCHECER) #4

Un enfoque más prometedor es el consistente en observar los cambios en la composición y las mentalidades de las élites locales.

Esto nos llevaría hasta ya entrado el siglo IV , por entonces, en las provincias, la clase alta estaba en franco declive 68 .

Unas pocas familias se enriquecían mucho más que antes, pero la mayoría de ellas se fueron empobreciendo, con la consiguiente reducción de las filas de la aristocracia.

Puede que, entonces, ese puñado de familias que mantuvieron su control (más firme aún) sobre sus ciudades respectivas ya no sintieran la necesidad de competir entre sí financiando juegos de gladiadores para ganarse el favor popular 69 .

Más importante aún, sin embargo, fue el cambio experimentado en las actitudes de la élite del siglo IV con respecto a la munificencia y el tipo de regalos que obsequiaban a la comunidad.

Cuando Constantino ordenó a sus soldados que se pintaran el lábaro o crismón (el símbolo «chi-rho») en los escudos antes de la batalla del Puente Milvio del año 312 d.

C., e incluso cuando, tras esa victoria, siguió pugnando hasta hacerse con el dominio sobre la totalidad del imperio en el 324, el cristianismo era todavía una religión minoritaria.

Nadie habría pensado que la dinastía constantiniana fuese a perdurar ni que, salvo por el breve interludio de Juliano el Apóstata (360-363 d.

C.), el resto de emperadores de ese siglo y de los siguientes mantendría la (a priori) excéntrica elección de religión hecha por Constantino.

El deseo de ascenso político y las exenciones fiscales, combinados con la tradicional costumbre de imitar los gustos del emperador reinante, propiciaron una conversión generalizada (aunque no necesariamente profunda) entre la élite.

La nueva generosidad cristiana apuntaba más bien a la construcción de iglesias y a la limosna para las viudas, los huérfanos y los pobres, antes que a los espectáculos de gladiadores.

De ahí que, sin necesidad de decreto imperial alguno de por medio, el cristianismo terminara provocando el fin de los combates en la arena 70 .

No cabe duda de que, más tarde, los cristianos se atribuyeron el mérito.

No lo hicieron solo los juristas de Justiniano poniendo en boca del ya fallecido Constantino el decreto de abolición.

En el año 404 d. C., un monje llamado Telémaco saltó a la arena del Coliseo durante un espectáculo y exigió el fin de la matanza.

La multitud enfurecida lo apedreó hasta matarlo.

La muerte de Telémaco impulsó al emperador Honorio a prohibir los combates de gladiadores.

Una historia redonda y, para cualquier cristiano, edificante, aunque completamente inventada también 71 .

Pero es un buen reflejo de cuál sería la perspectiva cristiana posterior y es posible que apunte a una verdad más amplia, que no es otra que el hecho de que el cristianismo acabó de manera definitiva con los juegos.

E L FUTURO DEL GLADIADOR

Los gladiadores que han finalizado del envite sin heridas reseñables —tanto los vencedores como aquellos a los que se les ha concedido la missio— ya han salido por la Puerta de la Vida y han regresado a su ludus.

Sus armas y armaduras han sido recogidas y guardadas en la armería de la escuela 72 , y ellos se han tomado una bebida reconstituyente a base de ceniza disuelta en vino 73 .

Si la suya es una escuela de alto nivel, habrán recibido un masaje, incluso un baño, quizá 74 .

¿Qué les depara el futuro a partir de ahí?

Todo gladiador fantasea con tener una actuación soberbia con la que ganar una corona, una buena bolsa de dinero como premio y el galardón definitivo: el rudis, la vara de madera que simboliza su desvinculación del ludus y, en definitiva, su libertad 75 .

Pero esta última era una distinción muy poco habitual.

Los gladiadores capaces de ganarse un rudis eran luchadores muy buenos y, por eso mismo, muy valiosos para sus propietarios.

Incluso en el caso de que se tratara de un voluntario libre, el organizador tenía que pagarle el estipendio pendiente establecido para la duración total de su contrato.

Además, otro de los motivos por los que esa distinción se concedía tan pocas veces era que así se preservaba su prestigio como galardón.

Las probabilidades de sobrevivir

Otra esperanza del gladiador, más realista quizá, era la de sobrevivir el resto del tiempo que le quedara en el ludus.

¿Qué probabilidades tenía de lograrlo? La imagen moderna y popular de los juegos gladiatorios —la que vemos en innumerables novelas y películas— es la de un baño de sangre en el que cada combate termina con, al menos, uno de los dos contendientes muerto; pero, como ya hemos explicado, esta es una idea equivocada.

Un estudio riguroso realizado en el siglo XX a partir de un centenar de inscripciones estimó que la probabilidad de morir en un combate era de una entre diez en el siglo I d.

C., y que luego aumentó hasta una entre cuatro en los siglos II y III 76 .

Son cifras que se suelen tomar con frecuencia como referencia en otros estudios 77 .

También hay quienes, en vez de eso, y dudando de manera implícita de que hubiera un incremento progresivo de la letalidad, prefieren promediar las cifras a, por ejemplo, una entre seis 78 .

Sin embargo, y según los casos, existe otra tendencia paralela a reducir el número de muertes hasta una entre veinte 79 .

Las pruebas de que disponemos están en los grafitos y los carteles anunciadores de Pompeya, y en lápidas de todo el territorio imperial.

La suma así obtenida debe ser comparada con el número total de gladiadores presentes en el conjunto del imperio en cualquier momento dado y eso es imposible de determinar.

Las estimaciones modernas lo hacen oscilar entre los dieciséis mil y los veinte mil 80 .

Si la cifra de los dieciocho mil (la media entre las dos anteriores) está más o menos en el orden de magnitud correcto, y si asignamos de forma arbitraria veinticinco años de duración a cada generación, eso nos daría un resultado de veintiocho generaciones de dieciocho mil gladiadores a lo largo de los aproximadamente setecientos años de existencia de combates gladiatorios, con un total de gladiadores muy superior al medio millón.

Aunque se están descubriendo sin cesar nuevas lápidas y estelas, es evidente que las pruebas de que disponemos —que nunca llegarán a superar unos cuantos cientos de inscripciones— representan una muestra infinitesimalmente pequeña, demasiado reducida como para poder inferir de ella resultados con un mínimo de validez estadística.

Otro problema es que las lápidas no constituyen una muestra aleatoria del universo poblacional de los gladiadores 81 .

Es más probable que estelas como esas se erigieran para luchadores de más éxito antes que para otros más mediocres, o para voluntarios libres antes que para los convictos condenados a ingresar en las escuelas, o para originarios de tierras del propio imperio antes que para prisioneros de guerra de allende las fronteras imperiales, o también para luchadores procedentes de las provincias más «romanizadas» (y, por tanto, para gladiadores antes que para cazadores de fieras).

Además, podrían ser poco representativas en otro sentido: ¿no sería de esperar que los gladiadores que sobrevivían a su tiempo en el ludus se reintegraran posteriormente en la población general?

En ese caso, ¿sus estelas, erigidas años o, tal vez, décadas después, los identificarían aún como gladiadores o la identidad de la que presumirían en ellas sería otra nueva, libre de la infamia, del prejuicio que se adscribía a su antigua profesión?

De ser cierta esta hipótesis, los epitafios de gladiadores que hoy podemos ver tras todo el tiempo transcurrido corresponderían sobre todo a aquellos que fueron lo bastante exitosos como para triunfar en la arena, pero no tanto como para escapar de ese mundo por completo.

Las probabilidades de sobrevivir a un enfrentamiento dependían mucho del momento y del lugar.

En un extremo, se nos dice que Nerón organizó un espectáculo de gladiadores en el que no murió nadie, ni siquiera los convictos 82 .

En el otro, leemos en una inscripción que, en unas celebraciones de la ciudad itálica de Minturnae, en el 249 d.

C., los once combates terminaron con la muerte de uno de los dos luchadores 83 .

Un ejemplo más representativo de lo que debió de ser habitual lo encontramos en una columna, en gran parte intacta y legible, en la que figura una inscripción de los juegos que patrocinó Marco Mesonio en Pompeya.

Allí se registran ocho lides. De los dieciséis combatientes, murieron dos: uno de cada ocho 84 .