12. VESPER (EL ANOCHECER) #3
Y aún podría apuntarse una segunda paradoja.
Como estrategia para persuadir a sus correligionarios para que no asistieran a esos espectáculos, los autores cristianos revistieron la arena de una relevancia religiosa mucho mayor de la que tenía para los seguidores de los dioses tradicionales.
Tertuliano señala los aspectos sacros de la procesión inaugural y, no sin razón, alude a la presencia de Marte y de Diana, deidades de la guerra y de la caza, como patronas de los juegos.
Pero, luego, va mucho más allá: «Por el hecho de estar consagrado a nombres más numerosos y terribles que el propio Capitolio, templo de todos los demonios, el anfiteatro contiene al menos tantos espíritus impuros como hombres» 44 .
Y esos eran muchos demonios, pues, como ya se ha dicho aquí, según los cómputos de los antiguos, en el Coliseo cabían unas ochenta mil personas.
Los cristianos, a diferencia de los paganos, estaban plenamente convencidos de que los orígenes de los certámenes gladiatorios eran los sacrificios humanos.
Para ellos, el pasado remoto no bastaba, creían que tales sacrificios seguían sucediendo en los espectáculos de su tiempo.
Para respaldar esta tesis, los apologistas cristianos aseguraban que, en el festival de Júpiter Latino, se vertía sangre de las víctimas de los juegos sobre la estatua central de ese culto, o incluso que se sacrificaba a una persona a tal fin 45 .
Los cristianos eran acusados por los paganos de practicar sacrificios humanos por beber la sangre y comer el cuerpo de Cristo, así que, con aquella manera de describir los supuestos ritos de Júpiter Latino, devolvían la acusación a sus detractores paganos, aunque es probable que esta no tuviera mayor fundamento histórico que la que aquellos les lanzaban.
Ya bajo el régimen imperial pagano, los cristianos habían ido desarrollando una agresiva ideología contra los munera.
Llegaron al punto de colonizarlos, apropiarse de ellos y, al menos en su imaginación, convertirlos en eventos cristianos.
Los mártires eran vistos a menudo como atletas 46 y, a veces, esa imagen se difuminaba hasta identificarlos con gladiadores 47 .
Perpetua, en uno de sus sueños, luchaba contra un demonio en la arena de Cartago.
Ella se imaginó aquel combate como una mezcla entre pancracio (una modalidad de lucha total) y duelo gladiatorio 48 .
Los mártires mostraban incluso las virtudes del gladiador: coraje y tesón frente a la muerte.
Tomaban la iniciativa. En lugar de aguardar pasivos su final, incitaban a las fieras a que los atacaran 49 .
En el caso de los condenados a morir quemados, el humo de su cuerpo ardiente se convertía en el perfume de la arena 50 .
Se adueñaban por completo del espectáculo, en definitiva.
El verdadero organizador de los juegos no era su patrocinador oficial, sino Cristo o Dios 51 .
Por encima de todo, los cristianos se guardaban una baza ganadora; el verdadero espectáculo estaba aún por venir y sería uno como nunca se había visto.
El día del Juicio Final sería una exhibición en la que se invertirían los papeles, los promotores y espectadores paganos de hogaño serían quienes se lo jugarían todo en la arena del anfiteatro divino.
Los cristianos se regodeaban en la idea: «Podéis quemarnos ahora, pero vosotros arderéis para siempre en el fuego del infierno».
Tertuliano se regocijaba con la imagen de aquellos emperadores «gimiendo desde lo más hondo de la oscuridad» y de gobernadores «fundiéndose en llamas más fieras que aquellas que ellos mismos encendieron en su furia contra los cristianos» 52 .
La arena —con sus fuegos, sus látigos, sus armas, sus torturas y sus demonios como Caronte— contribuyó a crear la, desde entonces, persistente imagen cristiana del infierno 53 .
«Prohibimos terminantemente la existencia de gladiadores»
Pero, aunque tardaran aún en hacerlo, los juegos gladiatorios terminaron llegando a su fin.
Las últimas pruebas que tenemos de que todavía se estuvieran organizando son los medallones de los juegos consulares de la década del 440.
Casi un siglo después, en el año 529, se publicó el Código de Justiniano 54 .
La inmensa compilación jurídica del emperador homónimo, con unas cinco mil leyes en su segunda edición, incluyó el decreto de Constantino del año 325.
Pero allí las palabras del antiguo emperador se reescribieron para adaptarlas a las realidades del nuevo momento, dos siglos después: «Prohibimos terminantemente la existencia de gladiadores».
En algún momento del tiempo transcurrido entre la acuñación de los medallones y el acceso de Justiniano al trono, los combates gladiatorios habían dejado de celebrarse, y al primer emperador cristiano se le pudo atribuir así, de forma retrospectiva (y errónea), su abolición.
Los espectáculos de gladiadores ya se habían terminado cuando Justiniano accedió al trono imperial, pero no así los protagonizados por fieras salvajes 55 , ni tampoco las ejecuciones espectáculo en público 56 , formas de entretenimiento ambas que guardaban una relación mucho más estrecha con el martirologio cristiano.
Aunque también se habían prohibido ya las crucifixiones para entonces, se seguía condenando a hombres y mujeres a morir quemados vivos o devorados por animales feroces.
De hecho, el abanico de métodos se incrementó y se añadieron modalidades como la de verter metal fundido por la garganta del condenado.
También aumentó la variedad de delitos castigados con la pena de muerte 57 .
Aún falta una explicación convincente del porqué de esa evolución.
Pero no es ni mucho menos sencillo proporcionar respuestas.
A partir del segundo cuarto del siglo III , las pruebas disponibles se vuelven muy escasas.
Desde el año final de la Historia de Herodiano (238 d.
C.), y salvo por veinticinco años (353-378 d.
C.) iluminados por los libros de Amiano Marcelino que se han podido conservar, lo único a lo que podemos recurrir es a tres breves (y poco precisos) compendios históricos del siglo IV en latín 58 : las creativas invenciones de la Historia Augusta y dos resúmenes griegos de la historia de esa época, mucho más tardíos y plagados de errores 59 .
Por otro lado, más o menos por entonces, el número de inscripciones en estelas y lápidas se reduce prácticamente a cero, ya que, por razones también difíciles de determinar, el «hábito epigráfico» desaparece 60 .
Además, la arqueología solo puede ofrecernos una cantidad limitada de información sobre el final de los espectáculos de gladiadores.
Puede datar cuándo estuvo en uso un anfiteatro concreto, pero no para qué, o cuándo dejó de usarse, pero no por qué.
Tampoco el hecho de que un anfiteatro quedase abandonado o incorporado a unas murallas defensivas significa que aquello fuera el fin de los combates en esa ciudad, pues, como en la Roma republicana, los gladiadores bien podrían haber seguido luchando en cosos temporales o en otros espacios públicos 61 .
A los historiadores aficionados y a los medios de comunicación les gustan las explicaciones simples y de gran alcance.
Siempre están dando con la causa de la caída del Imperio romano o de cualquier otro gran fenómeno histórico, cuando no están descubriendo al verdadero rey Arturo.
Los académicos, como es lógico, se muestran escépticos ante las explicaciones unicausales; prefieren las respuestas que presentan múltiples capas y factores entrelazados.
Muchos han tratado de buscar los motivos del declive de los juegos gladiatorios en la llamada «crisis del siglo III » del Imperio romano 62 .
Entre los años 238 y 284 (así establecidos por convención histórica, principalmente), hubo una serie de invasiones bárbaras, guerras civiles interminables, innumerables emperadores y pretendientes al trono en vertiginosa sucesión y unas pasmosas tasas de inflación.
Aunque tal vez no fuera la «crisis total» que a veces se ha querido dibujar, no cabe duda de que fueron tiempos de zozobra política, militar y económica 63 .
Es en esta última donde se ha querido ver la clave para el final de los juegos, es decir, la ausencia de dinero o, para ser más precisos, la pérdida de valor de este por culpa de la inflación galopante, desembocó en una crisis crediticia 64 .
Es una explicación atractiva, salvo por el hecho de que las cazas de fieras 65 y las carreras de carros 66 también costaban mucho dinero y siguieron gozando de popularidad.
Otra respuesta podría encontrarse en los orígenes sociales y geográficos cambiantes de los emperadores romanos.
En la segunda mitad del siglo III , ya no procedían de los solares tradicionales de la élite senatorial o incluso ecuestre de Italia y las provincias centrales, sino que habían ascendido desde las filas de los soldados rasos reclutados sobre todo en las fronteras del Danubio.
El problema con esta otra explicación es que esos «emperadores cuartelarios» hicieron gala, al parecer, de una actitud ultratradicionalista 67 y, al menos según la Historia Augusta, eran unos aficionados devotos a los espectáculos de la arena anfiteatral.