Aquellos que van a morir 12. VESPER (EL ANOCHECER) #2
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12. VESPER (EL ANOCHECER) #2

El problema era que muchos creían que las «abominaciones» podían curar.

Desde luego, no había consenso al respecto.

Plinio insinuaba que no. Nadie había convencido aún a Areteo de que lo hicieran.

Pero, según Escribonio Largo, «al parecer, funcionaban en algunos casos».

Y Celso era más tajante: «Algunos se han liberado» de su mal.

En sus propias palabras, eran «una ayuda miserable convertida en aceptable por el hecho de contribuir a remediar una enfermedad más miserable aún».

Los gladiadores heridos salían de la arena —por su propio pie o en camilla— a través de la Puerta de la Vida 23 .

Los que ya estaban entrenados, incluso los novatos, suponían una costosa inversión, de ahí que recibieran el mejor tratamiento médico que su escuela pudiera costear.

De hecho, entre los niveles más altos, ese tratamiento era excelente.

Galeno 24 , quien más tarde sería médico del emperador Marco Aurelio y de su hijo Cómodo, trabajó al comienzo de su carrera durante cuatro años en la escuela de gladiadores de Pérgamo, propiedad de unos sumos sacerdotes del culto imperial.

Obtuvo ese puesto tras demostrar su habilidad quirúrgica en numerosas demostraciones públicas de sus conocimientos de anatomía.

En una de ellas, realizó una vivisección en la que destripó a un mono vivo al que luego volvió a colocar los intestinos y, finalmente, le cortó las arterias principales para luego detenerle la hemorragia con una ligadura. Y el mono sobrevivió.

Galeno aprendió mucho sobre anatomía humana y cirugía tratando a los gladiadores en Pérgamo.

La disección de cadáveres de personas —y más aún, la vivisección— estaba mal vista y era una actividad muy poco común en el mundo antiguo 25 .

Pero, como bien señaló Celso, las heridas de los gladiadores brindaban a los médicos la oportunidad de observar las estructuras internas del cuerpo humano 26 .

Galeno se enorgullecía del trabajo que había llevado a cabo en Pérgamo, al que aludió en varios de sus escritos posteriores.

No todos sus pacientes sobrevivían. Los gladiadores que recibían una herida en el corazón morían siempre; si se perforaba uno de los ventrículos, fallecían desangrados de inmediato; si no, podían sobrevivir durante la noche y quizá hasta el día siguiente.

Es evidente que Galeno permanecía allí con ellos, pues luego escribió que aquellos pacientes se mantenían lúcidos hasta el final.

A otros logró salvarlos y, más tarde, presumió de las técnicas innovadoras que había desarrollado para suturar músculos y ligar venas y arterias.

Su experiencia viviseccionando monos le vino de perlas para operar a un gladiador que llegó a su mesa casi destripado.

Galeno retiró la práctica totalidad de la membrana protectora y le recolocó el intestino delgado.

El gladiador sobrevivió, pero, desde entonces, tuvo que llevar el abdomen envuelto en lana, ya que sentía frío constantemente 27 .

Casi todo lo que hoy sabemos sobre la medicina gladiatoria proviene de los escritos y testimonios de Galeno, lo que nos da una visión quizá exagerada de su eficacia.

No todos los tratamientos eran tan buenos.

Antes de que este médico ocupara aquel puesto en solitario, los gladiadores de Pérgamo eran atendidos por un comité de dos o tres doctores mayores.

Bajo el cuidado de estos, nos dice un Galeno orgulloso de su propia contribución personal, morían muchos más luchadores.

La de Pérgamo, propiedad de una sucesión de sumos sacerdotes fabulosamente ricos, era una escuela gladiatoria de primer nivel, como lo eran las que pertenecían a los emperadores.

La situación para los gladiadores empeoraba a medida que se descendía en la escala.

En las familiae que ofrecían espectáculos comerciales de baja categoría, los gladiadores heridos tenían que ponerse en manos de curanderos locales contratados para la ocasión, o en las del propio lanista, con los conocimientos médicos más o menos dudosos que este hubiera ido adquiriendo con el paso de los años 28 .

La medicina romana en general era eficaz para suturar cortes y recolocar huesos rotos.

En el ya mencionado cementerio de Éfeso, once gladiadores presentaban lesiones craneales bien curadas; cinco de ellos habían sufrido dos o más heridas.

Uno había sobrevivido a una lesión provocada por una hoja de gran tamaño en la parte frontal del cráneo, algo que debió de requerir una sutura extensa.

Quince individuos mostraban lesiones curadas en otras partes del cuerpo, incluyendo tres fracturas de antebrazo.

Un gladiador incluso había sobrevivido a la amputación de su pierna derecha 29 .

Sin embargo, siempre acechaba el peligro de la infección.

Aunque, según él, lo hacía solo por mantener la herida «húmeda», Galeno reducía en la práctica las probabilidades de que las heridas se infectaran al colocar sobre ellas paños de lino empapados en vino y cubiertos con esponjas a las que se iban añadiendo nuevas dosis de esa bebida día y noche.

Por desgracia, también ideó un método para recoger el vino sobrante en odres y reutilizarlo, lo que probablemente aumentaba el riesgo de crecimiento de microbios patógenos 30 .

Puede que fuera la infección, y no una herida mortal, lo que estuviera detrás de las inscripciones que leemos en lápidas de gladiadores que se impusieron en su combate, pero fallecieron después.

Hombres como Vitalis, el reciario invicto, que «luchó hasta el final en igualdad de condiciones con su oponente», pero murió de todos modos 31 .

E L FUTURO DE LOS JUEGOS 32

En el 325 d. C., solo un año después de haberse hecho con el control de la totalidad del imperio, Constantino, el primer emperador cristiano, ordenó eliminar la posibilidad de que los delincuentes fueran condenados a ingresar en escuelas gladiatorias; en su lugar, decretó que se les enviara a trabajar a las minas.

Dado que los convictos eran una de las fuentes principales de suministro de gladiadores (cuando no la principal), aquella medida debió de suponer un golpe definitivo que anunció el fin de las exhibiciones de luchadores en la arena.

Así, al menos, lo entendió Eusebio, un cristiano contemporáneo de Constantino y entregado partidario suyo.

Según él, el emperador había prohibido que las ciudades se siguieran contaminando «con cruentas luchas de gladiadores» 33 .

Aquella era una historia directa y reconfortante que continúa funcionando como tal: un cristiano accedió al trono y, de inmediato, abolió los juegos gladiatorios. Solo que no fue así como ocurrió.

Siguieron celebrándose espectáculos con gladiadores, algo que da fe tanto de la popularidad que aún conservaban como de los límites del poder de cualquier emperador 34 .

Tres años después del dictamen de Constantino, el orador Libanio menciona la celebración de unos juegos de ese tipo en Antioquía 35 .

En el año final de su vida, el propio Constantino se permitió organizar unos juegos gladiatorios en la localidad itálica septentrional de Hispellum (actual Spello) para ahorrar a sus habitantes la dura travesía por los Apeninos para asistir a los que se celebraban en la ciudad de Volsinii 36 .

Sabemos que continuaban teniendo mucho éxito en Cartago en la década del 360, y en Roma en la del 380.

A Alipio, joven amigo de san Agustín, le picó el gusanillo de la afición por ellos en ambas ciudades 37 .

En el año 365, el emperador Valentiniano decretó que no se pudiera condenar a ningún cristiano a ingresar en una escuela gladiatoria.

A esto añadió una carta en el 367 dirigida al prefecto de la ciudad de Roma en la que le ordenaba que nadie que hubiera sido miembro de la administración palatina pudiera sufrir ese mismo tipo de condena 38 .

Ambas medidas son muestra de que el decreto de Constantino, como tantas otras declaraciones imperiales, había sido ignorado en gran medida.

En el último cuarto del siglo IV , había en Apamea (Siria) suficientes gladiadores como para que el obispo local, un exaltado llamado Marcelo, decidiera contratar a una banda de matones para atacar y profanar los templos paganos 39 .

En los albores del siglo V , el poeta cristiano Prudencio rogó al emperador Honorio que aboliera los juegos 40 .

El llamado Código Teodosiano se publicó entre los años 429 y 438 d.

C. Se trataba de una enorme colección de leyes imperiales (unas dos mil quinientas).

Entre ellas, se encontraba el mencionado edicto de Constantino del año 325 d.

C. 41 . Si bien Teodosio, el emperador que había encargado aquella recopilación, era un cristiano fanático, en aquellas páginas el combate gladiatorio seguía siendo objeto de regulación, más que de ilegalización.

En las décadas del 430 y el 440, se acuñaron en Roma unos medallones con figuras de gladiadores en homenaje a los juegos que se celebraron para señalar la investidura de los nuevos cónsules 42 .

El cristianismo y los juegos gladiatorios

La relación de los cristianos con los juegos gladiatorios era compleja.

En todos los textos de autores de esa religión donde se mencionan, son objeto de crítica y condena.

Ya hemos visto al Tertuliano de De spectaculis tratando de convencer a sus correligionarios de que no fueran a verlos, lo cual, por supuesto, demuestra que eran suficientes los que sí iban como para que el autor considerara necesario recordárselo 43 .

Pero he ahí una paradoja: quienes más deploraban los combates de gladiadores —hombres como Tertuliano o como los autores de los ficcionados Hechos de los mártires y, por ende, también sus lectores—, tanto si acudían al anfiteatro como si no, vivían pendientes de los juegos.