12. VESPER (EL ANOCHECER)
V ESPER ( E L ANOCHECER)
M AGIA Y MEDICINA
Los intentos de localización del spoliarium en los yacimientos arqueológicos de cualquier anfiteatro chocan con dos problemas.
En el mundo moderno, solemos atribuir una sola función a cada espacio: un despacho, una sala de estar, etcétera.
Las habitaciones y las estancias de los edificios públicos romanos (y también de las casas) tendían a usarse para cosas diferentes según el momento.
Además, el spoliarium no siempre se encontraba dentro del anfiteatro en sí; podía estar en las dependencias de la escuela gladiatoria, por ejemplo.
Superstición y magia
No todos eran tan afortunados. Se creía que los cadáveres de gladiadores no reclamados por nadie, como todos los de personas que morían por causas violentas, poseían propiedades especiales y podían ser reaprovechados para usos mágicos o medicinales 8 .
Pero, antes de nada, es necesario desmentir dos fantasías modernas en torno a este tema.
Una es la idea de que el sudor de los gladiadores se recogía y se vendía a mujeres ricas como afrodisiaco, una entelequia que se remonta a un artículo publicado en Sports Illustrated en 2001 9 .
Y otra es la afirmación tantas veces repetida de que las mujeres romanas mojaban sus alfileres para el pelo en sangre de gladiadores (sin que tuvieran ningún motivo claro para ello), y cuyo origen parece encontrarse en una invención que tiene su base en la práctica (esta sí) real que refiero a continuación 10 .
En una ceremonia nupcial tradicional romana, a la novia se le hacía una especie de raya central en el pelo con una lanza.
Plutarco, comentarista griego de las costumbres de Roma, ofreció un amplio abanico de posibles motivos para esta tradición, ninguno de ellos digno de demasiado crédito.
El romano Ovidio se limitó a decir que la punta de la lanza en cuestión era curva.
Festo, un erudito latino, especificó que la lanza tenía que haber sido clavada previamente en el cadáver de un gladiador, y conjeturó que esto se hacía porque, igual que la lanza había quedado aferrada al cuerpo del combatiente, también la novia permanecería bien aferrada a su marido 11 .
A nosotros, todo esto se nos antoja superstición y magia, sin embargo, para la mentalidad romana, partícipe de aquellas costumbres, se trataba de un rito religioso cuyo origen y significado se había perdido en el origen de los tiempos.
Para los romanos, la superstición y la magia siempre se correspondían con las creencias o las formas de actuar de otros, nunca con las suyas propias.
Así, la superstición era cosa de mujeres, esclavos, gente de clase baja y extranjeros.
También la magia era para ellos una práctica propiamente femenina.
Los hombres que se dedicaban a ella solo podían ser extranjeros (orientales, casi siempre) o filósofos pitagóricos.
Y como se creía que la mítica figura de Pitágoras había recibido sus enseñanzas de maestros orientales, el círculo se cerraba ahí mismo.
Lo suyo era religión; lo de los otros eran supersticiones e incursiones en el mundo de lo oculto 12 .
Hay dos aspectos que cabe destacar a propósito de la extraña costumbre nupcial de la lanza.
Como casi todos los gladiadores luchaban con espada, de lo explicado por Festo cabe suponer que las lanzadas se les asestaban una vez muertos.
Esto era algo que se hacía en el spoliarium; dichas armas se retiraban y se almacenaban a continuación para su posterior uso en bodas.
La punta de la lanza llegaría a esas ceremonias con la sangre incrustada y ya seca, no goteando como algunos se la han imaginado en según qué versiones modernas.
Conocemos otro relato en el que la sangre de un gladiador y la (in)fidelidad de una esposa aparecen involucradas.
Según la Historia Augusta, Faustina, esposa de Marco Aurelio, se enamoró de un gladiador.
Ella terminó enfermando (el amor frustrado solía tener este efecto en el mundo antiguo) y confesando sus sentimientos a su esposo.
Marco Aurelio, siguiendo el consejo de los caldeos (nótese aquí esta alusión a unos magos orientales), ordenó matar al gladiador para que Faustina, «situada por debajo de él, se bañara con su sangre».
El lenguaje empleado parece sugerir un sacrificio similar al del taurobolio, en el que se degollaba un toro sobre una rejilla para que su sangre salpicara a quienes se encontraban debajo.
Cubierta todavía de esa sangre, Faustina debía mantener relaciones sexuales con su esposo para sanar.
Esto tuvo el beneficioso efecto de curar su pasión por el gladiador, pero la consecuencia inesperada de que el fruto de esa cópula imperial, el futuro emperador Cómodo, heredara el carácter de aquel 13 .
El momento de la concepción siempre era delicado.
Se creía que el niño podía adquirir no solo la personalidad, sino incluso la forma física de aquel humano, cosa o animal que la madre estuviera viendo en el instante crucial.
En Las Etiópicas de Heliodoro, a la reina de Etiopía, en pleno acto sexual con su marido en una calurosa tarde de verano, le dio por contemplar una pintura que representaba a la heroína mitológica Andrómeda caracterizada como una mujer blanca (como era convención en el arte clásico, pese a que a Andrómeda se le atribuía un origen etíope también).
Cuando la hija de la pareja real nació blanca en vez de negra, sus padres decidieron abandonarla a su suerte para que muriera.
Claro que, como en toda buena historia novelesca, la niña terminó salvando la vida 14 .
Haríamos mal en dar demasiado crédito histórico al relato del baño de sangre de Faustina.
En la propia Historia Augusta se afirma que fueron «muchos escritores» los que ofrecieron otra versión, a saber, que Cómodo fue simplemente fruto del adulterio de la emperatriz con un gladiador.
El autor anónimo llega incluso a distanciarse de su propio relato —que bien pudo haberse inventado— diciendo que algunos lo habían adornado «basándose en los rumores del vulgo».
La realidad es que todas estas referencias a la infidelidad y al sacrificio parten de una interpretación retrospectiva, hecha ya en vida de Cómodo o después, a partir de la muy real obsesión de este (ya adulto) por los gladiadores.
Galeno, el gran anatomista de Roma
El cadáver de un gladiador tenía un uso muy específico en la medicina «alternativa»: se creía que curaba la epilepsia 15 .
Escribonio Largo, un autor de tratados médicos del siglo I d.
C., formuló multitud de recetas. Para algunas de ellas, los ingredientes eran fáciles de obtener (tomillo, vinagre y miel, por ejemplo); para otras, no tanto (un testículo de cocodrilo).
Escribonio sentía especial afición por los tratamientos prolongados en el tiempo.
Uno consistía en «devorar pequeñas porciones, administradas en nueve tandas, del hígado de un gladiador degollado».
Esa asociación entre gladiadores y epilepsia era tan fuerte que incluso surtía efecto de forma indirecta.
Así, un tratamiento prolongado consistente en tragar cuajo extraído de un cervatillo funcionaba mejor si el animal había sido sacrificado con un arma que previamente hubiera cortado el cuello de un gladiador 16 .
Al igual que con la lanza usada en ceremonias nupciales, la «operación» de extracción del hígado del combatiente muerto se realizaba en el spoliarium, y el órgano se guardaba para su uso posterior.
Más habitual era que fuera la sangre de un gladiador —y no su hígado— lo que se considerara como una cura contra la epilepsia 17 .
Tertuliano pudo darle así la vuelta a una acusación habitualmente dirigida contra los cristianos.
Los caníbales no somos nosotros, sino ustedes, los paganos, venía a decir, pues no solo comen la carne de las bestias que han devorado hombres en la arena, sino que algunos recogen la sangre fresca de los gladiadores «para curar la enfermedad comicial» (otro modo de llamar entonces a la epilepsia) 18 .
Lejos de ser una acusación sin otro fundamento que la animadversión religiosa, hay fuentes paganas que la confirman.
Plinio el Viejo escribió que los enfermos de epilepsia «tenían por costumbre beber la sangre de los gladiadores» 19 .
Celso, médico del siglo I d. C., decía que «algunos se han curado de esta enfermedad bebiendo la sangre aún caliente del cuello degollado de un gladiador» 20 .
Aunque el cristiano Tertuliano dice que la sangre, al igual que el hígado y la lanza ensangrentada, se guardaba, los autores paganos aclaran que, en realidad, se consumía tras la muerte del gladiador, en el spoliarium.
Plinio llega incluso a afirmar que los epilépticos «beben la sangre caliente y palpitante directamente del degollado, y aplican sus bocas a la herida para extraerle la vida misma».
Areteo de Capadocia, otro autor de tratados médicos del primer siglo d.
C., sin ser tan gráfico, confirmó haberlo presenciado: «He visto a personas sosteniendo una copa debajo de la herida de un hombre recién ultimado y bebiendo un sorbo de su sangre» 21 .
La magia y la medicina se solapaban en el mundo romano 22 .
Aun así, aprovechar los cadáveres de gladiadores para curar la epilepsia era ir demasiado lejos, a juicio de nuestras fuentes.
Escribonio Largo sostenía que tales prácticas «quedaban fuera de la medicina profesional».
Celso opinaba que no eran competencia del galeno, que debía centrarse, más bien, en habilidades más propiamente médicas, como sangrar al paciente.
A Plinio, que no era médico, esas prácticas le causaban horror: «¡Lejos de nosotros, y también de nuestra escritura, estén tales prescripciones!
Lo correcto para nosotros es describir solo remedios, ¡no abominaciones! ».