Aquellos que van a morir 11. SOLIS OCCASUS (EL OCASO) #4
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11. SOLIS OCCASUS (EL OCASO) #4

Durante el breve reinado de Macrino (217-218 d.

C.), quien nunca llegó siquiera a pisar Roma tras asumir la púrpura imperial, la multitud fue todavía más allá al renunciar simbólicamente a su lealtad al emperador.

En el circo, donde se disputaban unas carreras de celebración del cumpleaños del joven hijo del emperador, los senadores y los équites coreaban obedientes «¡Glorioso día este!

, ¡nobles gobernantes estos!», cuando la plebe, «envalentonada por su número», se negó a sumarse al coro.

En su lugar, los plebeyos alzaron los brazos hacia Júpiter en lo alto y exclamaron: «Ahí está el Augusto de los romanos; ¡teniéndolo a él, lo tenemos todo! » 44 .

Se dice que el acto de disidencia más extraordinario ocurrió en el año 312 d.

C. El emperador Majencio se encontraba en Roma, a punto de partir para enfrentarse a Constantino en la batalla del Puente Milvio, que decidiría la guerra civil, y el público reunido en el Circo Máximo comenzó a exclamar a una sola voz: «¡Constantino el Invencible!

». La veracidad histórica de este incidente puede ponerse en duda, pues Lactancio, el apologista cristiano que lo registró por escrito unos años más tarde, no podría haber sido más parcial a favor de Constantino.

Aun así, es de suponer que se esforzó por escribir una versión del relato que conservara un mínimo de verosimilitud para sus contemporáneos 45 .

La comunicación no era unidireccional. También se esperaba del emperador que le «hablara» a la multitud 46 . Para hacerlo, recurría —por orden ascendente de cortesía— a los carteles, los heraldos, y sus gestos y voz propios. Dion Casio relató así una reveladora anécdota acerca de Adriano:

Una vez, cuando, durante un combate de gladiadores, el público le reclamó algo con gran insistencia, él [Adriano] no solo se negó a concedérselo, sino que, además, ordenó al heraldo que proclamara la orden de Domiciano: «Silencio».

Pero el heraldo no llegó a pronunciar palabra alguna, pues, con el solo gesto de alzar la mano, ya calmó al gentío, como acostumbran a hacer los heraldos (pues nunca se silencian las multitudes a voces).

Y entonces, cuando ya se hubo hecho el silencio, dijo: «Justo lo que él quería» 47 .

Después, Adriano recompensó al heraldo, cuya iniciativa había convertido lo que habría sido una orden grosera, que recordaría a los modos de un tirano, en un momento gracioso y divertido.

El público podía volverse muy desagradable cuando quería, silbando y abucheando, por ejemplo.

Cicerón escribió que el ruido asustaba a los gladiadores y a sus caballos 48 .

En la República tardía, los ediles dictaron un edicto que prohibía tirar piedras y autorizaba a los espectadores a arrojar solamente fruta para expresar su descontento 49 .

Tales muestras de hostilidad se reservaban para miembros impopulares del propio público o para actuaciones poco satisfactorias.

El promotor de los juegos nunca era el objetivo de las críticas (salvo en una ocasión, en la que unos soldados atacaron al futuro emperador Augusto en el circo) 50 , y es lógico, pues arremeter contra él habría supuesto renunciar ya de entrada a los regalos que este tuviera reservados para los espectadores.

En el peor de los casos, podía estallar un motín en toda regla 51 .

Aunque Clemente de Alejandría incluyó la arena del anfiteatro entre los lugares que los cristianos debían evitar por el riesgo de verse envueltos en desórdenes públicos violentos 52 , solo se conoce un motín ocurrido durante un espectáculo de gladiadores.

No fue en Roma, sino en Pompeya, en el célebre estallido al que nos referimos en la sección «La expectación», en el capítulo 6.

Estos disturbios y la mayoría de los ejemplos de reclamaciones estridentes y estallidos de disidencia política mencionados en esta sección aparecen con más frecuencia en relatos ambientados en el circo y el teatro.

Todo parece indicar que el público se mostraba más apacible, en general, en los anfiteatros.

Y parece que esa aparente docilidad era real, y no una falsa impresión causada por la desigual conservación fortuita de las fuentes.

Filóstrato, en su Vida de Apolonio de Tiana, muestra a los alborotadores de teatros y circos de varias ciudades deponiendo sonrojados su actitud ante la sola presencia de su héroe protagonista 53 .

Resulta significativo que no viera la necesidad de que su Apolonio interviniera en anfiteatro alguno.

¿Por qué se portaban mejor los espectadores de los certámenes gladiatorios que los de otros espectáculos populares?

No era porque fueran más o menos numerosos.

La asistencia de público era mayor en el Circo Máximo, por ejemplo, y en el teatro cabían menos personas 54 .

Tampoco tenía que ver con la particular combinación social impuesta por la estratificación de las gradas: en el teatro regía el mismo sistema de ordenación de localidades que en el anfiteatro 55 .

Y los argumentos que ponen el acento en lo más o menos divertidas o interesantes que eran cada una de esas formas de entretenimiento, o en la frecuencia con la que se organizaban, parecen demasiado subjetivos 56 .

Para alguien criado entre los establos del hipódromo de Newmarket, la idea aventurada por algún especialista de que las carreras de caballos no son algo «inherentemente fascinante» resulta inexplicable.

También cuesta creer la opinión de que los combates de gladiadores eran tan cortos o poco frecuentes que no emocionaban al público 57 .

En rugby, la selección combinada británica e irlandesa (los «British and Irish Lions») solo juega un puñado de partidos de un torneo que se celebra cada cuatro años, pero despierta pasiones.

Los más destacados boxeadores modernos cuentan con legiones de seguidores, aunque sus combates, separados muchos meses (cuando no años) entre sí, puede que concluyan en apenas unos instantes.

Puede aducirse una razón muy prosaica como explicación al hecho de que el público permaneciera más pasivo en el anfiteatro que en el circo o el teatro.

En los tres tipos de recinto, había soldados encargados de la seguridad, pero en los anfiteatros su número era mayor 58 .

La Guardia Pretoriana se apostaba en el interior, mientras que las cohortes urbanas patrullaban las calles desiertas en el exterior 59 .

Cohortes de pretorianos rodearon el lago Fucino durante la naumaquia de Claudio apostados en balsas equipadas con empalizadas y artillería de torsión; al mismo tiempo, en las aguas del lago se desplegó a marinos a bordo de barcos de guerra con cubierta.

Este espectáculo naval fue excepcional por su tamaño, ya que reunió a diecinueve mil combatientes 60 .

Pero de su elevado nivel de seguridad podríamos inferir una regla bastante general: los gladiadores y las fieras representaban una amenaza mucho mayor que los carros, los actores o los bailarines, pues, no en vano, en el anfiteatro, había bastantes más soldados de servicio.