11. SOLIS OCCASUS (EL OCASO) #3
Pero donde más tropieza el «consenso democrático» de la historiografía romana actual con los hechos de entonces es en la época del final de la República.
Cuando Augusto eliminó de facto al pueblo del proceso político —tanto con la degradación de las asambleas formales a meros actos simbólicos de escasa asistencia y destinados solo a refrendar decisiones tomadas en otros ámbitos, como con la abolición de los debates preliminares (contiones), más tumultuosos—, lejos de protestar por la pérdida de sus derechos, la plebe instó a su nuevo gobernante a asumir su poder de forma más explícita 23 .
Existe otra explicación posible. A los senadores siempre les interesó que la plebe participara en el funcionamiento político de la República.
Era un mecanismo que actuaba como válvula de escape.
Si los plebeyos no hubieran legislado ni elegido a los ocupantes de los altos cargos, estas habrían sido decisiones tomadas inevitablemente en el seno del propio Senado, lo que habría exacerbado la ya de por sí feroz competencia entre senadores y habría hecho añicos en poco tiempo su oligarquía (o, con más exactitud, habría acelerado ese proceso, pues, no en vano, sería la competencia senatorial la que terminaría por destruir la República).
El pueblo permaneció en la política republicana porque los senadores querían que estuviera allí, y los espectáculos de gladiadores fueron un elemento crucial para ello.
E L EMPERADOR Y EL PÚBLICO ASISTENTE
«Desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto—, este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin, todo, ahora deja hacer y solo desea con avidez dos cosas: pan y juegos en el circo» 24 .
De Juvenal, todo el mundo ha escuchado alguna vez su cínica alusión al pan y al circo.
Menos atención se ha prestado a los «mandos, haces, legiones, en fin, todo».
Pero sin esta segunda parte, cuesta mucho apreciar la verdad de fondo que encierra su comentario: el pueblo, que había sido un elemento central de la política republicana, había perdido su función política bajo los emperadores.
En cuanto las elecciones se convirtieron en patrimonio exclusivo del Senado, las asambleas quedaron reducidas a meras ocasiones ceremoniales, y en cuanto se abolieron las contiones preliminares, el único sitio donde el pueblo podía interactuar con sus gobernantes y tener alguna voz en política eran los espectáculos, un lugar donde la presencia del emperador se daba casi por descontada 25 .
Augusto era un asiduo a estos eventos, y si tenía que enviar a alguien en representación suya (por encontrarse enfermo o por tener que atender algún otro deber), lo hacía siempre acompañándolo de sus más dolidas disculpas.
Tiberio agravó su impopularidad al mantenerse alejado del anfiteatro para no tener que escuchar las peticiones que allí pudiera trasladarle el público asistente.
Para este, el primer deber de un emperador era estar visible.
Tanto Nerón como Domiciano dañaron su imagen pública al aislar con cortinas el palco imperial del resto del recinto 26 .
Lo mínimo que se esperaba del emperador era que prestara atención.
Tanto a Julio César como a Marco Aurelio se les criticó por aprovechar los ratos en que acudían a los juegos para ponerse al día con el papeleo pendiente 27 .
De hecho, los emperadores tenían que hacer algo más que prestar atención: tenían que participar del espíritu del acontecimiento.
Esta era siempre una cuestión espinosa para el emperador, ya que distintas partes del público podían desear de él comportamientos diferentes.
El Senado esperaba del monarca que hiciera gala de su dignidad (dignitas), mientras que la plebe disfrutaba con las muestras de ligereza o frivolidad (levitas).
Claudio, como vimos que hacía también el norteafricano Magerio en su mosaico, trataba al público de «señores» (domini) y contaba con los dedos de su mano izquierda (la mano vulgar, que la élite solía ocultar a la vista) los premios en metálico que concedía.
Esa manera de mimar a las masas no agradaba a la élite.
Tito, sin embargo, gestionaba mejor el equilibrio: según la positiva biografía que le dedicó Suetonio, «brome[aba] a menudo con el pueblo con palabras y gestos, como partidario de [los tracios que el pueblo le reclamaba], sin que, no obstante, su majestad sufriera menoscabo ni se viera mermada su ecuanimidad» 28 .
El público manifestaba sus deseos por medio de cánticos rítmicos, omnipresentes en los actos públicos del mundo romano 29 .
A veces, los iniciaba una claque, pero, en otras ocasiones, la multitud parecía tener una misteriosa capacidad para improvisar cánticos nuevos.
Dion Casio, testigo presencial de uno de aquellos alardes de inventiva, lo atribuyó a la inspiración divina 30 .
Muchos cánticos eran específicos del espectáculo que se estaba presenciando.
En el Coliseo, en una ocasión en que parte del público pedía la presencia de un gladiador famoso y otra parte reclamaba que saliera un luchador distinto, Tito, dando «su aprobación por igual con una y otra mano», hizo que sacaran a los dos 31 .
En Esmirna, la multitud exclamó: «¡Que salga Policarpo!
». Y el gobernador hizo que sacaran al cristiano 32 .
El patrocinador de los juegos no siempre cedía ante la demanda popular.
Cuando los espectadores pidieron a un bandido llamado Tetrinio, Calígula les respondió diciéndoles que menudos «tetrinios» estaban hechos ellos también 33 .
Y pese a las insistentes peticiones para que concediera la libertad a un hombre que había entrenado a un león devorador de personas, Marco Aurelio ordenó proclamar que aquel individuo no había hecho nada para merecerla 34 .
Aun así, no era fácil oponerse a los deseos del público.
De hecho, el propio Marco Aurelio juzgó necesario dictar un edicto imperial que prohibía a los magistrados encargados de presidir esos espectáculos en todo el imperio liberar a esclavos condenados solo porque lo exigiera la multitud del recinto (al menos, no sin el permiso del propietario) 35 .
Algunas demandas eran más genéricas, aunque no menos motivadas por el interés propio.
Durante una buena temporada, Tiberio tuvo que soportar cada vez que iba al teatro la reclamación popular que solicitaba una reducción del precio del grano.
El emperador reprendió al Senado, que emitió entonces un duro decreto 36 .
También a Calígula le suplicaron los espectadores del circo una rebaja de impuestos.
Su respuesta fue enviar a agentes para que se repartieran entre la multitud e identificaran a los más vociferantes, que fueron arrestados y ejecutados de manera sumaria 37 .
Otras demandas eran más altruistas. Suetonio afirma que Tiberio dejó de acudir a los espectáculos después de que en el teatro le hubieran obligado a comprar la libertad de un actor cómico 38 .
Ese mismo emperador había mandado retirar una estatua llamada el Apoxiómeno (u «hombre con raspador corporal»), que estaba en el exterior de las termas públicas, para que la pusieran en su propio dormitorio.
Pero tuvo que devolverla a su antigua ubicación cuando la multitud en el teatro le reclamó al unísono: «Devuélvenos el Apoxiómeno 39 .
En ocasiones, las demandas populares se trasladaban al terreno de la política.
El público podía manifestarse a favor de miembros de la familia imperial que, a su juicio, estaban siendo tratados injustamente por el emperador.
Aunque no se nos dice dónde fue, el pueblo instó una vez a Augusto a rehabilitar a su hija Julia, exiliada por presunta inmoralidad.
Cuando este respondió que fuego y agua se mezclarían antes de que eso ocurriera, el gentío comenzó a arrojar antorchas encendidas al Tíber.
Tiempo después, según Dion Casio, ese mismo pueblo «acabó por hacer tanta fuerza que desde la isla [de Pandataria] se la trajo a tierra firme» 40 .
No ocurrió lo mismo décadas después, cuando la muchedumbre salió a las calles para celebrar el falso rumor de que Nerón había restituido a Octavia —la popular esposa de la que se había divorciado— como su mujer.
El emperador hizo entonces que sus tropas la dispersaran 41 .
La presión de la plebe también podía manifestarse contra algún favorito o favorita imperial impopular.
Una multitud de niños, conducidos hasta allí por una joven de elevada estatura, entraron a la carrera en el circo y comenzaron a gritar al unísono insultos contra Cleandro, el detestado prefecto de la Guardia Pretoriana de Cómodo.
La multitud se sumó al clamor «voceando todos los insultos concebibles» y luego partió hacia la villa de las afueras en la que se encontraba en aquel momento el emperador.
No se logró restablecer el orden hasta que Cómodo ordenó la muerte de Cleandro 42 .
Por infrecuentes que fueran, hubo algunas ocasiones en que los espectadores dejaron clara su oposición a las políticas del propio emperador, cuando no a él mismo.
En una de ellas, en que Septimio Severo se hallaba ausente por estar librando una guerra civil en la Galia contra Albino (un antiguo aliado suyo a quien había llegado a nombrar su césar), la muchedumbre reunida en el Circo Máximo exclamó: «¿Hasta cuándo habremos de soportar esto?
» y «¿Cuánto más vamos a estar en guerra?
». Luego, los espectadores corearon «¡Basta ya!
» y volvieron su atención a las carreras de carros 43 .