11. SOLIS OCCASUS (EL OCASO) #2
Mucho más tarde, el autor de la Historia Augusta llevó el absurdo de aquellas fichas-premio a su máximo extremo cuando escribió que el público podía recibir diez osos, diez lirones, diez lechugas o diez balsas de oro.
Por su parte, los premios para los participantes en los espectáculos de la arena podían ser cien piezas de oro, mil de plata, cien monedas de cobre, una libra de carne de ternera…
¡o un perro muerto! 12 . ¿Atrapaban regalos los senadores también?
El filósofo Epicteto decía que los hombres dignos no se rebajan a pelear por nimiedades como higos o nueces 13 , pero la realidad era bien distinta.
Cuando la mayoría de los objetos caían entre los plebeyos, Domiciano ordenaba que se arrojaran otros quinientos a cada una de las secciones ocupadas por senadores y équites 14 .
En fuentes más tardías, leemos que hasta los senadores ricos se quejaban si no recibían su parte 15 .
Además, no atrapar los regalos del emperador equivalía a un gesto de rechazo de su amistad, un camino plagado de muchísimo peligro.
Los obsequios imperiales lanzados sobre los senadores durante los espectáculos reforzaban públicamente el dominio del emperador sobre la élite.
Además, el toque de informalidad impuesto a los (en teoría) inmaculados senadores al mancharles las togas blancas de amarillo con el vino con azafrán rociado sobre sus cabezas los rebajaba al nivel de la plebe.
Sin duda, esa humillación causaba gran placer entre los plebeyos que observaban la escena desde las filas superiores 16 .
Séneca tenía motivos para marcharse antes de que llegara el momento del «lanzamiento de proyectiles», pero una salida demasiado llamativa también podía interpretarse como un desdén al emperador.
L A POLÍTICA Y EL PÚBLICO ASISTENTE
El extraordinario crecimiento experimentado por los juegos gladiatorios en los últimos dos siglos y medio a.
C. fue un proceso alimentado por las pugnas políticas de la República romana.
Los senadores dedicaron mucho de su tiempo, su ingenio y su dinero para organizar espectáculos con los que trataban de ganarse la aclamación popular.
Era una estrategia no exenta de riesgos, pues en los munera, la gente se sentía libre para expresar sus opiniones.
Para entender mejor las reprensentaciones gladiatorias, debemos recordar el papel que se le reservaba al pueblo en la constitución republicana.
Cicerón, un senador de aquella época, es un buen punto de partida: «Ciertamente, hay tres lugares en donde la opinión y la voluntad del pueblo romano en cuestiones políticas pueden manifestarse de forma especial: en las asambleas, en los comicios y en las reuniones con motivo de los juegos y de las luchas de gladiadores».
Un poco más adelante, en ese mismo discurso, Cicerón prioriza el último de esos tres escenarios:
En los comicios y asambleas, la expresión de opiniones es, en ocasiones, sincera, pero, a veces, falsa y distorsionada.
Se dice que las reuniones teatrales y los espectáculos de gladiadores, por lo general, suelen provocar, dada la frivolidad de algunas personas, aplausos comprados, aunque —eso sí— débiles y dispersos.
De todos modos, resulta fácil ver, cuando esto ocurre, cómo se producen, su procedencia y cuál es la actitud del público honesto 17 .
También en sus cartas, además de en ese discurso, Cicerón proporciona ejemplos tanto de políticos silbados como de otros jaleados por el público 18 .
Él, desde luego, no era un observador imparcial.
En sus escritos —públicos y privados— aplaudía a los políticos que le gustaban y abucheaba (por así decirlo) a los que le desagradaban.
Pero la verdad fundamental de fondo está clara: los espectadores congregados en multitud en los espectáculos funcionaban como una especie de barómetro de la opinión pública.
Ningún político de ninguna tendencia negó jamás que, en la República romana, el pueblo fuese soberano 19 .
Solo este, reunido en asamblea formal, podía aprobar leyes o votar para elegir a los hombres que debían desempeñar los altos cargos.
Antes de las reuniones finales, también se celebraban otras menos formales (contiones) para calibrar el estado de ánimo del vulgo.
Ahora bien, hasta qué punto el pueblo se mostraba activo en el ejercicio de su soberanía (o en política en general) es una pregunta que ha sido objeto de permanente debate.
Polibio, miembro de la élite griega retenido como rehén diplomático en Roma durante años, hizo una pausa en el relato de sus Historias para comentar la constitución de la República romana, la cual, en su opinión, era de tipo mixto, ya que combinaba las tres clases posibles de régimen en sus respectivas versiones positivas: los cónsules eran el elemento monárquico; el Senado, el aristocrático, y las asambleas, el democrático 20 .
Era una constitución invariable, perfecta y eterna (al menos, hasta el siguiente momento de destrucción cíclica mundial que Polibio, como buen seguidor de la cosmología estoica, pensaba que resituaría la humanidad de vuelta a su nivel primitivo).
Interpretar este análisis de Polibio como un ejercicio desapasionado de su parte sería una ingenuidad por la nuestra.
Perseguía dos fines principales con sus Historias.
El primero era explicar a sus lectores griegos cómo, en el breve espacio de medio siglo, Roma había podido conquistarlos.
Y su respuesta pretendía servirles de cierto consuelo, pues los romanos habían adoptado lo mejor de la filosofía política griega sacándolo de los tratados de los intelectuales y poniéndolo en práctica.
Su otro fin u objetivo era apaciguar a sus amigos senatoriales romanos.
En el momento en que Polibio escribió su obra, allá por la década del 140 a.
C., el dominio tradicional de la élite en la República se estaba viendo amenazado por ciertos miembros renegados de la nobleza que abrazaban la causa política popular.
Polibio trató de calmar entonces los temores de los senadores de mentalidad conservadora: la República era tan robusta que, aunque se introdujeran ciertos cambios menores en ella, su naturaleza fundamental permanecería.
Dicho de otro modo, se podían hacer concesiones, pues, a fin de cuentas, la República se mantendría inalterada en su esencia y el control de la élite no decaería.
Durante la mayor parte del siglo XX , pocos analistas coincidieron con Polibio en catalogar de constitución mixta el sistema político de la República.
Para la mayoría, se trataba de una oligarquía 21 en la que un número reducido de las grandes familias senatoriales romanas maniobraban unas contra otras agrupadas en facciones.
La clave era la institución social romana del «patronazgo» político, una forma de clientelismo.
Los plebeyos, actuando como «clientes» de las diferentes casas senatoriales, votaban a sus patroni .
La plebe no tenía capacidad de acción por sí misma.
La República quedaba reducida así al tablero de un juego político bastante desvitalizado.
Sin temas, ni siquiera políticas en discusión, la facción con el mayor número de clientes vencía.
La interpretación oligárquica de la República comenzó a ser cuestionada en la década de los ochenta.
En primer lugar, se señaló que, si bien existían pruebas de numerosas alianzas políticas temporales (llamadas amicitia por sus partidarios, y factiones —origen de nuestro uso de la palabra «facciones»— por sus detractores), no las había de que aquellas dieran lugar a agrupaciones estables y duraderas, ni, menos aún, de que perduraran durante varias generaciones.
De hecho, los senadores, educados desde la infancia para creerse en posesión de una virtus y una dignitas exclusivas de su condición, difícilmente habrían aceptado ser simples soldados al servicio de un jefe de facción.
En segundo lugar, si la plebe solo votaba siguiendo las instrucciones de sus «patrones» políticos, ¿para qué tenía que invertir tanto tiempo y esfuerzo la élite en persuadirla con discursos públicos presenciales en las contiones y las asambleas, o dinero en espectáculos gladiatorios para tratar de ganarse su aprobación?
En tercer lugar, algunos en la plebe tenían más de un patrón «benefactor»: ¿a quién votaban entonces?
Y, por último, y aunque este no sea un argumento tan convincente, también se constató que ni Polibio ni ninguna otra fuente de aquel entonces afirmaban que un cliente estuviera obligado a votar por su patronus.
Vista desde esta nueva perspectiva, la República romana se nos revelaba sorprendentemente «democrática», pues los plebeyos participaban de manera activa en la política por deseo propio, y el Senado no podía excluirlos 22 .
La idea de la República romana «democrática» está hoy bastante aceptada.
Aun así, es una tesis no exenta de incertidumbres y problemas.
De entrada, Polibio tenía motivos para omitir los lazos clientelares de su relato de la política romana.
Incluirlos habría socavado sin remedio su elaborado edificio conceptual de la República como constitución mixta.
En general, podría decirse que el clientelismo fue una de las grandes verdades sobreentendidas de la vida política en Roma.
Es normal. Ningún senador iba a levantarse y decir: «Voten esta ley o a este hombre porque es lo que yo deseo como patrón político de todos ustedes».
Siempre quedaba mejor explayarse sobre lo mucho que aquella ley o aquel candidato beneficiarían a Roma, al imperio y al pueblo, y sobre cómo se ajustarían a la voluntad de los dioses y a la tradición ancestral (mos maiorum).