Aquellos que van a morir 11. SOLIS OCCASUS (EL OCASO)
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11. SOLIS OCCASUS (EL OCASO)

S OLIS OCCASUS ( E L OCASO)

El acto final de los juegos era aguardado con gran expectación por muchos de los asistentes al anfiteatro.

Si tenían suerte, o eran rápidos y decididos, podían regresar a casa ricos o, al menos, con algún obsequio del emperador.

En tiempos de la República, los senadores se gastaban fortunas en agasajar al pueblo: organizaban combates de gladiadores, repartían vino, comida y ropa…

Este tipo de evergetismo, unido al consumo ostentoso —casas de extravagante lujo en Roma, séquitos de criados, villas en el golfo de Nápoles—, era un requisito para mantener su posición en la cúspide de la pirámide social.

Los senadores, en concreto, esperaban animar así al pueblo a votarles para las magistraturas.

Para los miembros del orden senatorial era de vital importancia ascender en el cursus honorum (la «escalera de los cargos», por así llamarla): se trataba de un aspecto central en la construcción de su identidad.

El resplandeciente premio que les aguardaba en la cima era el de convertirse en uno de los dos cónsules elegidos cada año.

Quien accedía a tal honor veía el nombre de su familia ennoblecido para siempre e incluso inmortalizado, pues el año en cuestión recibía el nombre de los dos cónsules que ocupaban el cargo durante esos doce meses.

Las familias de la élite eran capaces de hipotecar sus propiedades e incluso de arruinarse en su feroz pugna por los cargos.

En el imperio, caída la República, la entrega de regalos durante los juegos se institucionaliza y se convierte en un foco de tensión ideológica entre los emperadores y el resto de la élite.

L OS OBSEQUIOS

Un año, en las saturnales, Domiciano colmó de regalos al público del Coliseo desde el primer rayo de sol.

Estacio escribió un poema conmemorando aquel día.

Los juegos de Domiciano fueron excepcionales.

No solo se obsequiaron comestibles al amanecer, sino que más tarde se ofreció una comida completa con vino en abundancia.

Allí, «en la misma mesa com[iero]n todas las clases», según Estacio: niños, mujeres, plebeyos, équites, senadores y hasta el propio emperador 1 .

El espectáculo incluyó números novedosos, como mujeres luchando entre sí, y enanos contra enanos.

Al caer la tarde, el reparto de nuevos regalos se acompañó de bailarinas procedentes de todos los rincones del imperio: chicas de Lidia (Asia Menor), Siria y Gades (Hispania), estas últimas especialmente célebres por sus danzas lascivas.

Y ahí no terminó la cosa. Al caer la noche, el Coliseo se iluminó, el entretenimiento continuó y la comida y el vino siguieron fluyendo sin freno.

Estacio ya no podía más. Se fue a casa, alegre y achispado, y al día siguiente, ya tenía listo su poema de alabanza 2 .

Tal como podemos deducir de los versos de Estacio, el momento habitual para los regalos era el final de la jornada.

Séneca aconsejaba marcharse antes para evitar los tumultos 3 .

Esa era una decisión más fácil de tomar para un senador multimillonario como él, desde luego, que para gentes sin posibles.

Pero, como veremos enseguida, Séneca tenía una razón más profunda para marcharse y, además, estaba asumiendo un riesgo calculado.

Los regalos matutinos de Domiciano fueron fruta, frutos secos y pasteles.

Estacio alabó entusiasmado las lejanas procedencias de aquellos manjares: las orillas del mar Negro, las fértiles colinas de Judea, Damasco, las Baleares, Asia Menor y también la Galia.

Entre los de la tarde, hubo también «nubes» enormes de aves comestibles vertidas desde lo alto.

Estacio vuelve a deleitarnos (y a deleitarse) con sus exóticos hábitats de origen: el Nilo, el otro extremo del mar Negro, el norte de África (lo más seguro es que hubiera flamencos entre los animales allí arrojados, pero sin duda también se incluyeron faisanes y pintadas).

En el anfiteatro, la comida, las bailarinas y los animales exóticos contribuían a recalcar la amplitud geográfica del imperio 4 .

En otros espectáculos, se arrojaban monedas al público.

Tanto estas como las aves podían sustituirse por fichas (missilia) canjeables por los verdaderos regalos.

A esta práctica se la conocía por el nombre de sparsio missilium (literalmente, «lanzamiento de proyectiles») 5 .

Las fichas representaban todo tipo de obsequios: oro, plata, piedras preciosas, pinturas, ropa, esclavos, casas, tierras, barcos, comida y animales vivos, tanto domésticos como salvajes.

Uno nunca sabía lo que le iba a tocar. Podía ser algo valioso o un simple tentempié.

Pero, en parte, ahí residía la diversión.

Había apostadores dispuestos a jugársela comprándoles fichas a los espectadores.

Seguramente, también existía un animado mercado de reventa una vez reclamados los bienes: sin duda, una bestia salvaje o un barco no resultaban demasiado atractivos para alguien que residiera en un humilde bloque de viviendas 6 .

De igual modo que el promotor de los juegos «mataba» gladiadores sin empuñar espada alguna, también «arrojaba» regalos sin levantar un dedo.

A fin de cuentas, habría hecho falta un brazo bien poderoso para hacer llegar todas esas fichas desde el palco imperial (casi a la altura de la arena) hasta la plebe sentada más allá de las catorce filas de asientos reservados para la élite.

La comida ofrecida por Domiciano, según el poema de Estacio, era la forma más simple de repartir dádivas.

Unos ayudantes —bien vestidos y apuestos cual Ganímedes, según el poeta— iban recorriendo los pasillos entre los diferentes niveles de las gradas para entregar o lanzar los regalos.

También había otro método de reparto más tecnológico, la linea dives, o «línea de la riqueza» 7 .

Se han identificado dos imágenes en las que aparece representada.

Consistía en un sistema de cuerdas y hamacas suspendidas muy por encima de la grada, cerca de la cubierta de lona, que se abrían para volcar regalos sobre el público y podían recogerse para que las rellenaran y las desplegaran de nuevo 8 .

En una pintura de Pompeya, vemos llover nueces y frutas, tórtolas, pintadas, palomas domésticas y patos 9 .

Semejante munificencia era ya esperada de los emperadores y, cuando menos, deseada de otros patrocinadores de juegos en provincias.

En el anuncio de unos ofrecidos por un miembro de la élite local en el norte de África, se hacía ostentación de que vendrían con «cosas arrojadas» (cum missilibus) 10 .

Estos alardes eran algo más que ejercicios para saciar cínicamente la codicia descarada de muchos con favores comprados por unos pocos.

En ese tipo de regalos había unas raíces ideológicas más profundas.

La esencia de la filosofía política griega y romana era simple: solo se concebían tres tipos posibles de sistemas políticos, que, en sus versiones «buenas», eran la monarquía, la aristocracia (en su sentido original del «gobierno de los mejores») y la democracia, y, en sus versiones «malas», la tiranía, la oligarquía (el «gobierno de unos pocos») y la oclocracia (o «gobierno de la multitud» o del vulgo).

Lo que los hacía «buenos» o «malos» dependía de los que estaban al mando, es decir, si gobernaban en beneficio de todos o solo en el suyo propio.

Los filósofos de mayor prestigio (hombres como Dion Crisóstomo o Plutarco) sostenían que la legitimidad de un régimen político se medía por un único criterio: si beneficiaba a sus súbditos o ciudadanos.

Los debates sobre cuál era la mejor constitución posible continuaron también en tiempos de los emperadores, aunque, para entonces, la monarquía era ya la respuesta que los pensadores daban invariablemente a esa pregunta.

La legitimidad del rey se basaba en que poseía virtud (areté), y, más en concreto, la virtud del amor por la humanidad (o «filantropía»), que se manifestaba otorgando beneficios a sus gobernados.

Tales beneficios podían concebirse como abstracciones como la justicia o la paz, o como bienes muy materiales, como las carreteras y los puentes nuevos, o las bolsas de monedas y las missilia con las que sus súbditos podían enriquecerse de forma más directa 11 .

A pesar de que la ideología subyacente apoyaba la conexión directa entre la concesión de beneficios y la legitimidad de un régimen, arrojar regalos a la multitud durante los espectáculos se convirtió en un «vicio» que muchos miembros de la élite echaban en cara a los emperadores «malos» para arremeter contra ellos.

Decían que estos hacían todo aquello por las razones equivocadas: no por amor a la humanidad, sino por su propio placer egoísta y cruel, pues disfrutaban viendo a la multitud pelearse por aquellos objetos.

Las diatribas alcanzaron niveles extremos en el caso del emperador Heliogábalo.

Según el historiador Herodiano, contemporáneo suyo, el emperador hizo construir torres altas para arrojar desde ellas copas de oro y plata, ropa de todo tipo —incluidos vestidos finos de lino— y animales domésticos de muchas clases, salvo cerdos.

En la avalancha que seguía, muchos morían pisoteados o empalados por las lanzas de los soldados.