Aquellos que van a morir 10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #9
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10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #9

El editor tiene la decisión final, pero sabe que se espera que atienda a la opinión del público.

Puede ignorar los deseos de este, pero eso iría contra la lógica misma por la que patrocinó los juegos: la de obtener la aclamación popular.

Los espectadores hacen saber su opinión.

Agitan pañuelos y se sacuden los pliegues de sus togas si quieren el perdón para el derrotado 160 .

Si desean que sea ejecutado, hacen gestos con los pulgares (gestos sobre los que volveremos en un momento).

La multitud grita: «¡Perdón, perdón!» («Missos, missos!

»), o «¡Garganta, garganta!» («Iugula, iugula!

») 161 . El editor tiene más margen de maniobra (o una decisión más difícil) si la opinión del público está dividida.

Un personaje de Petronio se huele que va a formarse una pelea por la suerte de un hombre condenado a las fieras 162 .

Parecidas disputas debieron de producirse por los gladiadores en según qué ocasiones.

El gladiador ha sabido desde el primer momento de la importancia de tener a la multitud de su lado.

Para ello, la valentía y la destreza son esenciales.

Una estrella de la arena, más aún si es un veterano de este oficio que ha sobrevivido ya a unos cuantos combates, conserva siempre cierto poso de buen favor del público.

El sentido del espectáculo ayuda; no se puede renunciar a la elegancia en la interacción con el oponente y con los espectadores.

Un reciario, con su red de pescador y su tridente, provocó a su contrincante diciéndole: «No te estoy atacando, solo estoy pescando un pez.

¿Por qué huyes de mí, galo?» 163 . La resistencia pura y dura tiene un gran valor.

Es la que podemos encontrar «entre dos gladiadores de los más esforzados, uno de los cuales se aprieta la herida y se mantiene en pie; el otro, mirando al público que grita, le hace señas de que no es nada y no consiente que se interceda por él» 164 .

Incluso después de rendirse, puede no ser demasiado tarde para causar una buena impresión.

Algunos gladiadores suplican por sus vidas entre lágrimas, oraciones y lamentos 165 , pero eso es contraproducente: provoca repulsión.

Como bien explicó Cicerón, «somos más compasivos con aquellos que no reclaman nuestra misericordia que con los que no cesan de implorarla» 166 .

Es mucho mejor permanecer en silencio, quedarte donde estás y enviar a uno de los ayudantes de la arena a aguardar la decisión final bajo el palco del editor 167 .

La serenidad frente a la muerte todavía podría ganarte la absolución.

«En la cruel arena, aunque la multitud amenace mostrando el pulgar hostil, el gladiador derrotado aún conserva la esperanza» 168 .

Todas las miradas se dirigen al palco del promotor de los juegos.

La música exacerba el dramatismo de la situación, se suma al reverberante ruido ambiental.

La señal tiene que ser clara e inequívoca.

Todo el mundo aguarda un gesto de la mano.

Entre los especialistas, es ya casi ortodoxia considerar que la creencia popular moderna de que el pulgar hacia abajo significaba muerte y el pulgar hacia arriba significaba vivir es justo la contraria a la realidad 169 .

Pero no existe fundamento para semejante certeza, pues las fuentes antiguas solo nos cuentan que el pulgar se volvía hacia algún lado, pero no dicen hacia cuál 170 .

Hay quienes han sostenido la hipótesis de que, girándolo hacia arriba, se indicaba la muerte del derrotado, pues ese sería el sentido en el que se asestaba el golpe de gracia: desde abajo y directo a la garganta.

Pero, como enseguida veremos, no parece que eso fuera así en absoluto.

No existe ningún buen motivo para creer que el pulgar hacia abajo no significara muerte.

Por otra parte, el gesto para conceder la supervivencia del derrotado era más complejo que un simple pulgar hacia arriba.

En el relieve del gladiador de Múnich (véase la imagen 18 del encarte fotográfico), se ve una mano que emerge de entre los músicos.

O bien se trata de la del editor (representada aquí sin el resto del cuerpo, pues este solía quedar fuera de escena en las imágenes visuales), o bien es su gesto, sí, pero repetido por uno de los trompetistas.

El pulgar señala hacia arriba, mientras el índice y el corazón están extendidos rectos.

Es un signo que hoy reconoceríamos como la típica señal cristiana de bendición.

Ese detalle podría ser de enorme importancia, y sobre él volveremos en el capítulo final.

En ese caso concreto, significa missio: vida.

Cuando con el pulgar extendido se concede la vida (missio): el gladiador indultado recoge su equipo (probablemente, lo asistan los ayudantes de la arena) y abandona el coso por el acceso designado como «Puerta de la Vida» 171 .

Sale por su propio pie si se ve capaz de ello; si no, lo sacan en camilla, como los representados al lado de los músicos y entre los gladiadores y los condenados a las fieras en el mosaico de Zliten (véase la imagen 5 del encarte fotográfico).

El gladiador vivirá para ver un nuevo día.

Cuando con el pulgar extendido se decretaba la muerte (iugula): a los delincuentes condenados se les sacaba a rastras de la arena y se les degollaba fuera de la vista del público.

Lo sabemos porque los espectadores detestaban hasta tal punto a los cristianos martirizados en Cartago junto a Perpetua que exigieron que los volvieran a sacar para presenciar en directo sus muertes 172 .

Con los gladiadores, la cosa era diferente.

Ellos morían allí en medio. Su final formaba parte del espectáculo.

Muerte

Del gladiador se esperaba que tuviera una buena muerte 173 .

Así describió Cicerón lo que eso significaba: «¿Qué gladiador mediocre ha dejado escapar un lamento, cuál ha mudado alguna vez su rostro?

¿Cuál se ha comportado ignominiosamente, no ya cuando resistía en pie, sino una vez caído a tierra?

¿Cuál, una vez caído a tierra, ha retirado su cuello ante la orden de recibir el golpe [del acero]?

» 174 . Tal vez el recuerdo de esas palabras suyas fortaleciera la determinación de Cicerón en el trance final de su vida.

Cuando los verdugos enviados por Marco Antonio le dieron alcance, él mismo se descubrió el cuello y se entregó a su muerte con serena dignidad 175 .

Aunque fuera el peldaño más bajo de la escala social, un gladiador que mostrara valentía podía al menos morir como un buen romano y alcanzar así cierta forma de redención.

Su muerte era una metáfora popular entre los filósofos morales.

El hombre virtuoso debía afrontar las vicisitudes de la vida y su propia mortalidad del mismo modo en que un luchador se enfrentaba al acero.

Séneca sentía especial aprecio por esa imagen: incluso «el gladiador [que ha sido] muy cobarde en toda la pelea ofrece el cuello a su enemigo y dirige contra sí mismo la espada vacilante» 176 .