10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #8
El primer emperador, Augusto, profesionalizó el Ejército romano.
Este dejó de ser una milicia ciudadana, movilizada en teoría solo por la duración de una campaña (pese a que algunas campañas se prolongaban varios años).
Desde ese momento, los soldados se alistaban en las «águilas romanas» para servir en ellas durante un amplio plazo prefijado 144 .
En el transcurso del primer siglo d. C., la mayoría de las unidades militares fueron estacionándose en campamentos permanentes a lo largo de las fronteras imperiales.
Esta evolución de los acontecimientos inspiró una nueva concepción de la forma y la naturaleza del imperio que vemos expresada, sobre todo, en escritos de intelectuales griegos como el sofista Elio y el historiador Herodiano.
Estos se imaginaban el orbe romano como una especie de campamento armado, cercado por murallas y soldados 145 : en su exterior, la barbarie; dentro de él, la civilización.
El Coliseo brindaba esa misma imagen, aunque invertida.
En la parte central de su círculo, abajo, en la arena, estaban los bárbaros (o aquellos a quienes se había reducido a una semejante categoría de forasteros).
Los rodeaban muros y soldados romanos. En torno a ellos, la civilización: la sociedad romana vestida con su atuendo formal y sentada conforme a un orden.
Esta nueva imagen, de una gran fuerza, no era solo para consumo interno romano.
Numerosas anécdotas atestiguan la presencia en los espectáculos de delegaciones no ya de provincias, sino incluso de pueblos allende el imperio.
Hemos visto a los ingenuos emisarios frisones bajando varios escalones de las gradas del anfiteatro para ocupar asientos más honorables 146 .
¿Qué raza era tan lejana, o tan bárbara —se preguntaba Marcial—, como para no tener algún representante entre los espectadores del Coliseo?
Allí llegaba público de todas partes, tanto de dentro de las fronteras como de más allá de las mismas: tracios, sármatas, egipcios, britanos, árabes, sabeos (un subgrupo de los árabes), cilicios, sicambrios (germanos) y etíopes.
Marcial nos asegura que, aunque hablaban lenguas distintas, todos saludaban al emperador reconociéndolo como Padre 147 .
Sentados en áreas del graderío que los romanos reservaban para ellos, a estos bárbaros les resultaba imposible no captar el mensaje de que su lugar en el orden del mundo en ese momento era contingente, y que la alternativa a la obediencia era acabar expuesto a la multitud en el coso central del anfiteatro.
De hecho, en una ocasión ese mensaje fue ciertamente explícito.
Los dacios, que vivían en torno al Danubio, enviaron emisarios a Augusto, pero se aliaron con Marco Antonio en la guerra civil, y algunos fueron apresados por las fuerzas del bando vencedor.
Estos fueron exhibidos en la arena en el 29 a.
C. y allí se les obligó a librar una batalla masiva contra otro enemigo de Roma, los suevos, cuya base territorial se situaba más allá del Rin 148 .
Siendo tan distantes sus patrias respectivas entre sí, difícilmente habrían podido llegar a luchar unos contra otros si hubieran estado en libertad.
Pero el poder de Roma era tal que esta los podía esclavizar, traerlos al centro mismo de su imperio y obligarlos a matarse unos a otros para diversión y aleccionamiento del público allí presente.
Llegamos así a los gregarii, gladiadores que, según decretó Marco Aurelio en su edicto de fijación de precios, debían constituir, de entonces en adelante, la mitad de los combatientes en todos los juegos 149 .
Los gregarii eran gladiadores de bajo coste, con un precio de entre mil y dos mil sestercios (pensemos que el límite máximo contemplado en el edicto para un gladiador era de quince mil).
Su nombre, que significa «pertenecientes a un rebaño» (de ahí deriva precisamente el adjetivo «gregario»), nos indica que luchaban en grupo.
El propio edicto así lo confirma, pues en él se los caracterizaba combatiendo bajo un estandarte colectivo (sub signo).
El problema es que apenas si se les menciona en ningún otro documento.
Es de suponer que los miembros de las élites locales, que imitaban el peinado, la forma de hablar y el porte del emperador 150 , también lo copiarían escenificando versiones reducidas de los combates multitudinarios.
Sin embargo, estas representaciones menores pasaron inadvertidas para los historiadores y tampoco merecieron inscripciones conmemorativas en honor de los dignatarios locales promotores de tales juegos, nada que se pueda considerar mínimamente convincente, al menos.
Puede que haya una explicación. En la década del 160 d.
C., Roma sufrió dos duros golpes: el comienzo de las llamadas guerras marcomanas contra una peligrosa coalición de tribus en la frontera septentrional (165-180 d.
C.) 151 y la casi coetánea «peste antonina», que devastó todo el imperio 152 .
Ante la escasez de personal, Marco Aurelio reclutó a gladiadores para el Ejército romano 153 .
Esto provocó un alza en el coste de los mismos, lo que a su vez dio lugar a una legislación de tarifas.
Si seguimos este razonamiento, las guerras marcomanas no solo habrían reducido el suministro habitual de luchadores del coso, sino que, también habrían proporcionado un posible contingente de reemplazo: ¿no serían acaso los enigmáticos gregarii mencionados en el edicto guerreros tribales capturados en las guerras del norte?
La de reclutar a gladiadores para el Ejército nunca pasó de ser una medida temporal.
Por mucho que les gustara verse como soldados, la presencia de aquellos en las fuerzas armadas imperiales suponía una paradoja, pues normalmente se pensaba que tenían mayor destreza individual con las armas que los legionarios.
En el año 105 a. C., el cónsul Publio Rutilio llegó incluso a convocar a entrenadores de una escuela gladiatoria para que instruyeran a sus tropas 154 .
Sin embargo, en las pocas ocasiones en que los gladiadores fueron enviados al combate bélico real, su desempeño se demostró decepcionante.
Los crupellarii, aquellos combatientes galos fuertemente armados que lucharon para el rebelde Sacróviro en el año 21 d.
C., apenas consiguieron retrasar un poco a las tropas romanas, que pronto los destrozaron con sus hachas y picos, o los derribaron con pértigas y horcas, y allí, quedando aquellos «carentes de cualquier apoyo para ponerse de nuevo en pie, los dejaron como a muertos».
Asimismo, tras el éxito inicial que cosecharon en un ataque sorpresa durante las guerras civiles del 69 d.
C., los gladiadores que combatían del lado de Otón perdieron su siguiente enfrentamiento por falta de disciplina tras cundir en ellos el miedo.
Después se amotinaron e intentaron asesinar a su comandante 155 .
La paradoja (los luchadores del anfiteatro tenían una gran destreza individual, pero eran inefectivos en grupo) nos resulta más evidente a nosotros que a los propios romanos en aquel entonces.
En aquella época, estaba muy aceptada la idea de que algunos bárbaros —los galos, por ejemplo— eran más grandes y fuertes, y mejores en el combate mano a mano, que los soldados romanos.
Sin embargo, siempre se pensó que tenían las de perder contra los romanos en una batalla a campo abierto, porque, a nivel grupal, carecían de la fundamental virtud romana de la disciplina.
Lo mismo ocurría con los gladiadores 156 .
Cómodo, el hijo que sucedió a Marco Aurelio, puso fin a las guerras marcomanas.
Cesó así el reclutamiento de gladiadores para el Ejército.
Y, en paralelo, se interrumpió también el suministro a gran escala de prisioneros de guerra.
Los gregarii probablemente regresaron a su estatus original como combatientes de serie B que luchaban en grupo por no poseer la suficiente pericia individual, y a los que se recurría en ocasiones como actuación de relleno en los espectáculos gladiatorios.
Se convirtieron de nuevo en lo que habían sido ya en tiempos del reinado de Calígula, según figuran en algunas apariciones fugaces en la literatura superviviente de la época.
En una ocasión, cinco reciarios, luchando en grupo en el papel de gregarii, se rindieron ante cinco secutores sin ofrecer resistencia.
Cuando se dio orden de ejecutar a esos reciarios, uno de ellos tomó de nuevo su tridente y mató a todos los secutores.
En lugar de elogiar semejante hazaña, Calígula condenó aquella matanza «totalmente ¡inhumana!
» y «colmó de maldiciones a aquellos que habían tolerado semejante espectáculo» 157 .
El reciario había quebrantado las convenciones sobre la derrota y la muerte en la arena.
D ERROTA, MUERTE Y VICTORIA
Derrota
El gladiador derrotado aguarda la decisión sobre la arena. Su casco, su escudo y su espada yacen esparcidos a su alrededor. Se ha desprendido de esos elementos de su identidad, pero sigue habiendo algo a lo que puede aferrarse: su valentía.
El hombre que patrocina los juegos decidirá la suerte del gladiador: si vive o si muere 158 .
El editor recibe influencias contradictorias en esos momentos.
Si se decanta por la opción de la muerte y es propietario del luchador, sufrirá una pérdida económica.
Incluso aunque solo lo haya contratado para el espectáculo, la pérdida será la misma, ya que tendrá que pagar el precio de su alquiler multiplicado por cincuenta.
Económicamente, pues, le compensa perdonar al gladiador, concederle la missio 159 .
Por otra parte, si decide que debe morir, puede ganarse el favor de los espectadores, porque les hará así una demostración de su espléndida generosidad.