Aquellos que van a morir 10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #7
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10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #7

Los combates masivos se inspiraban en episodios del pasado remoto, anterior al ascenso del Imperio romano.

Algunos recreaban batallas históricas. Augusto y Nerón ofrecieron exhibiciones de disputas entre atenienses y persas, probablemente de la batalla de Salamina (480 a.

C.). Tito patrocinó la escenificación de sendas contiendas entre Corinto y Corcira (433 a.

C.) y entre Atenas y Siracusa (414-413 a.

C.), famosas ambas por la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides.

Otros combates masivos, sin embargo, entraron ya en el terreno de la historia alternativa, al enfrentarse en ellos pueblos antiguos que jamás lucharon entre sí en la realidad.

Julio César organizó uno de Tiro contra Egipto, y Claudio, otro de Sicilia contra Rodas.

La creativa reelaboración de la historia que se escenificaba sobre la arena guardaba cierto paralelismo con las descripciones de batallas recogidas en algunas obras griegas.

Hablamos de algunas situadas en el pasado helénico clásico, anterior a la conquista de Roma (como es el caso de Dafnis y Cloe, de Longo), o en un pasado hipotético (como la Historia de Apolonio, rey de Tiro).

Estas últimas podían estar ambientadas en un mundo griego alternativo en el que el Imperio romano no existía (véase Leucipa y Citofonte, de Aquiles Tacio).

Como en las de la arena, en las escenas de batallas de las novelas podían figurar auténticos rivales históricos (persas y egipcios en Quéreas y Calírroe, de Caritón) 136 y también pueblos que nunca se enfrentaron en la realidad histórica (como etíopes contra persas en Las Etiópicas de Heliodoro 137 , o griegos al servicio de Egipto contra Tiro en la novela ya mencionada de Caritón) 138 .

Esas novelas griegas que ignoraban —o borraban de la existencia— el Imperio romano lo hacían desde un ángulo ideológico: servían tanto para recrear las glorias pasadas de Grecia como para exhibir unas supuestas virtudes eternas de los helenos; de ese modo, los lectores de la élite griega podían soportar mejor la ausencia de autonomía política bajo el dominio romano.

También las batallas en el coso tenían su propósito ideológico.

Todos aquellos poderosos pueblos del pasado habían sido conquistados por Roma: atenienses, egipcios, tirios…

e incluso los persas, al menos desde el punto de visto romano.

Desactivados como amenaza, sus cualidades marciales podían ser evocadas allí para divertir y aleccionar al público de la metrópoli.

Roma no solo dominaba el presente, también controlaba el pasado.

Tanto era así que el resultado de las batallas en la arena no estaba escrito de antemano.

A veces, seguía lo acontecido en la historia real —los atenienses derrotaban a los persas—; en ocasiones, se invertía el resultado —los atenienses se anotaban la victoria en Siracusa—.

Eso no parecía suponer un problema, sino todo lo contrario, pues ilustraba hasta qué punto Roma podía incluso cambiar la historia.

El incierto resultado de un combate multitudinario —cualquiera de los contendientes podía vencer— explica lo radicalmente inusual que era ver uno en el que los romanos constituyeran uno de los bandos enfrentados.

En las poquísimas ocasiones en que eso ocurría, se convertía en una representación distinta en alguno de los dos sentidos siguientes: o bien eran enfrentamientos inocuos, o bien tenían un desenlace preestablecido.

A finales del siglo IV d. C., Ausonio, intelectual y político de la Galia, escribió un poema en el que comparó un espectáculo que había visto sobre las aguas del río Mosela y dos naumaquias escenificadas en diferentes lugares de Italia.

Una de estas últimas fue en el golfo de Nápoles, frente a Cumas, donde se representó la famosa batalla de Accio (aquella en la que el futuro emperador Augusto derrotó a Antonio y Cleopatra en el 31 a.

C.). La otra fue en el lago Averno, donde se recreó la no tan conocida batalla de Milas, en la que Agripa —general de Augusto— se impuso a Demócares, almirante de Sexto Pompeyo, en el 36 a.

C. En su poema, Ausonio deja bien claro que aquellos «combates de navíos sin daño» fueron «luchas festivas» en las que nadie resultó herido y el bando correcto salió vencedor 139 .

Su poema nos ayuda a entender mejor otro, escrito siglos antes por Horacio.

Su destinatario en aquel caso era un hombre llamado Lolio.

Aunque procurando «no hacer cosa alguna que se sal[ier]a de la cuenta y medida», según Horacio, Lolio y su hermano utilizaron en una ocasión a sus esclavos para recrear la batalla de Accio en un lago de la hacienda del padre de ambos.

De todos modos, pese a que allí se luchó con el «enconamiento debido», aquello no pasó de ser un mero «divertimento» 140 .

Nos encontramos de nuevo, pues, con una batalla teatralizada conforme a un guion previo, sin bajas y con un resultado ajustado a la realidad histórica.

Para personas como Lolio y su hermano, un resultado en forma de derrota de Augusto en Accio no solo se habría salido de «la cuenta y medida», sino que habría sido en exceso peligroso.

Solo en dos ocasiones tenemos constancia de la participación de un bando «romano» en combates gladiatorios masivos con lucha real.

Ambos son casos extraordinarios. En el año 40 a.

C., en plena guerra civil, Sexto Pompeyo se encontraba acampado en Messana (actual Mesina), en el extremo nororiental de Sicilia.

En la costa italiana opuesta, Salvidieno Rufo, al mando de las tropas de Augusto, llevaba un tiempo construyendo una flota improvisada de barcos de cuero para invadir la isla.

Utilizando prisioneros capturados al bando contrario, Sexto Pompeyo organizó una naumaquia en el estrecho a la vista de ambas fuerzas.

Los combatientes que representaban al bando pompeyano actuaron equipados con pequeñas naves de guerra de madera; a sus oponentes se les proveyó de barcos de cuero.

Dion Casio, que relata el episodio, ni siquiera cuenta a sus lectores el desenlace: es obvio que le pareció innecesario decirlo 141 .

Tras la invasión de Britania (43 d. C.), Claudio, ataviado con indumentaria militar, presidió una recreación de la toma y saqueo de una ciudad fortificada britana (Colchester, posiblemente) organizada en el Campo de Marte de Roma 142 .

El saqueo fue coreografiado solo en parte.

A algunos de los reyes que se rindieron en su día en Britania se los mantuvo indemnes para que pudieran rendirse de nuevo ese día en Roma cuando la ciudad de pega que representaba la suya de origen cayera.

Pero la lucha fue real. Prisioneros britanos se interpretaron a sí mismos en el papel de los defensores, luciendo un aspecto debidamente peludo y bárbaro.

Es posible que los atacantes «romanos» fueran gladiadores profesionales, pues los guerreros britanos tenían demasiado pelo y su aspecto era bastante primitivo como para desempeñar ese papel.

Además, cualquier baja entre soldados romanos auténticos se habría considerado inaceptable.

Por supuesto, el resultado tenía que ser el correcto.

Puede que los romanos superaran en número con mucho a los britanos y que ese hecho no nos parezca muy heroico desde nuestra perspectiva, pero, para el público de aquel entonces, aquello no dejaba de simbolizar el poder arrollador de Roma.

Y puede también que, como en la naumaquia de Sexto Pompeyo, el bando destinado a perder dispusiera de armamento inferior: los britanos quizá contaban con espadas de madera frente a las de acero de los romanos.

Nada justo desde nuestro modo de pensar, como ya se ha dicho.

Pero no olvidemos que, como ya se mencionó, el público del Coliseo presenció el «espectáculo» de ver a Cómodo apaleando hasta la muerte a víctimas discapacitadas que solo tenían por arma unas «rocas» hechas de esponja.

La arena ya había funcionado como teatro para la historia alternativa antes de que se introdujeran las batallas masivas como espectáculo (probablemente en el 46 a.

C., por iniciativa de Julio César). En tiempos de la República, fueron surgiendo tipos nuevos de gladiadores a los que se ponían nombres de pueblos enemigos derrotados por Roma: el samnita, el galo y el tracio, y puede que también el hoplomachus (palabra que es un préstamo lingüístico del griego) 143 .

A partir del siglo I d. C., en las fuentes contemporáneas dejan de mencionarse el samnita y el galo.

Hay quien tiene la teoría de que fue porque esos nombres ya no eran apropiados para unos gladiadores, pues tanto los habitantes de Samnio como de la Galia se habían integrado de manera plena en el imperio.

Pero eso no explicaría la pervivencia del thraex y del hoplomachus, pues tanto los tracios como los griegos también eran habitantes integrados en la realidad imperial romana (los griegos, de hecho, seguramente más que ningún otro pueblo).

Lo que parece evidente es que no tenemos una explicación sencilla para ciertos cambios acaecidos en las modas del anfiteatro.

Interacción con el Ejército romano