Aquellos que van a morir 10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #6
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10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #6

Esto coincidiría con mensajes de otras lápidas, en las que los gladiadores dicen haber «salvado» a sus contrincantes 117 .

Más extrema resulta la afirmación del ya mencionado Meilesis/Mestrianos, que dijo haber combatido cinco veces, pero que «no hirió a nadie».

Lo que vemos ahí representado es un ideal de los deportes de combate clásicos.

El filósofo Dion Crisóstomo escribió dos obras de loa a un joven púgil que venció todos sus combates sin golpear jamás a nadie 118 .

Según su testimonio, se diría que, por emplear términos boxísticos modernos, a aquel muchacho le bastaba con flotar como una mariposa para agotar a sus rivales, sin necesidad de picarlos como una abeja.

El hecho de que tantos gladiadores desearan «salvar» a sus adversarios demuestra que, para la mayoría de ellos, a la arena se iba a lograr una victoria por destreza o habilidad, no a provocar una carnicería.

En muchas de sus lápidas, los gladiadores nos hablan en primera persona desde ultratumba.

Meilesis/Mestrianos, Apolonio y (sobre todo) Melanipo apelan directamente a los observadores de sus sepulturas.

Esto era muy normal en los elementos funerarios de carácter conmemorativo.

La opinión experta más generalizada es que los mensajes que allí se inscribían no los redactaban los propios difuntos antes de su muerte, sino los seres queridos que les sobrevivían y encargaban la lápida o tumba en cuestión.

Pero tal vez no deberíamos estar tan seguros de ello 119 .

Los gladiadores vivían inmersos en una cultura en la que se atribuía mucho valor a las últimas palabras, y, por su profesión, sabían que estas podían serles requeridas en cualquier momento.

Es muy posible que algunos dejaran instrucciones sobre cómo querían que fueran sus tumbas.

Comoquiera que fuese, en la inmensa mayoría de los casos, quienes encargaban las lápidas eran las viudas o los amigos gladiadores de los propios fallecidos, con quienes convivían en el ludus.

Esto es lo más que hoy podemos acercarnos a la mente y el pensamiento reales del gladiador.

Esa misma misericordia de la que los gladiadores se enorgullecían fue, en ocasiones, causa de su propia muerte.

Así lo vemos en la lápida de Diodoro. En el relieve de mármol que esta contiene, aparece de pie sobre su oponente, que ha soltado el escudo y el casco y alza una mano en señal de rendición.

Diodoro sostiene una espada en cada mano: la suya propia y la que le ha arrebatado a su adversario.

Él también ha dejado a un lado su escudo y su casco.

Detrás de él hay una rama de palma. Normalmente, estas se depositaban de antemano sobre la arena; puede que Diodoro ya hubiera reclamado la suya en ese momento.

Él está convencido de que lo declararán vencedor, pero no fue eso lo que ocurrió:

Aquí yazgo victorioso yo, Diodoro, el desdichado.

Tras quebrar a mi oponente Demetrio, no lo maté de inmediato.

Pero el Destino asesino y la traicionera astucia del árbitro [el summa rudis] sí me mataron a mí y, tras abandonar la luz, he descendido al Hades.

Yazgo en la tierra de los habitantes originales.

Un buen amigo me enterró aquí, movido por su piedad 120 .

Sucedió que el árbitro no aceptó la rendición y ordenó a Diodoro que devolviera la espada a Demetrio. El combate se reanudó y fue Diodoro quien acabó muriendo.

Algo similar subyace a las nada frecuentes (por su tono homicida) últimas palabras del secutor Úrbico: «Yo aconsejo que quien derrote a un hombre lo mate».

En un combate anterior, pudo haber puesto fin a la vida de su oponente, pero le permitió rendirse y obtener clemencia.

En una revancha posterior, ese mismo adversario mató a Úrbico 121 .

Otro gladiador buscó y obtuvo venganza desde ultratumba (en este caso, resulta obvio que no fue él el redactor de su propio epitafio):

Víctor, gladiador zurdo, yace aquí, aunque mi patria es Salónica. Un daimón me mató, y no ese falso de Pinnas, que ya no va alardeando por ahí. Mi compañero de armas Polínices me vengó matando a Pinnas. Claudio Talo fabricó esta lápida conmemorativa con dinero de la herencia de Víctor 122 .

Algunos gladiadores infringían las «leyes del combate».

Incluso en contiendas que se libraban presuntamente «hasta el dedo», luchaban a matar, como ya hemos visto que le pasa al gran Placideyano en el citado poema de Lucilio («Podrá suceder que reciba algunos puñetazos en la cara antes de que yo le clave la espada en el vientre, en la pantorrilla y en los pulmones a ese cerdo»).

El gladiador nos interpela directamente, a veces con una belleza enigmática, evocadora: «Buscad vuestra propia estrella, os lo aconsejo; no depositéis vuestra confianza en Némesis, pues así fue como fui engañado» 123 . Creemos conocer así sus pensamientos más íntimos.

C OMBATES MASIVOS

El gladiador era su propio consejero en la arena: no tenía otra opción, ya que casi siempre luchaba en solitario.

Ante todo, el combate gladiatorio era un duelo entre dos hombres.

Lo habitual era que en el coso solo hubiera una pareja en cada momento.

En un espectáculo patrocinado en Pompeya por un padre y su hijo, fueron treinta las parejas que lucharon durante cinco jornadas (a una media de seis enfrentamientos diarios) 124 .

Y fueron unos juegos bastante extraordinarios para lo acostumbrado en la mayoría de las localidades.

En aquellos directamente patrocinados por el emperador, el elevado número de gladiadores participantes y el limitado tiempo disponible obligaban a que hubiera más luchadores al mismo tiempo sobre la arena.

En los juegos que ofreció Trajano para celebrar la conquista de la Dacia, diez mil gladiadores pelearon a lo largo de ciento veintitrés días 125 .

Suponiendo que cada luchador librara un solo combate, estaríamos hablando de cinco mil enfrentamientos, a una media de más de cuarenta al día.

De forma casual, sabemos que uno de esos gladiadores luchó en un mínimo de tres ocasiones en aquellos juegos 126 , así que la media diaria tuvo que ser superior aún.

Un combate no superaba los diez o quince minutos de duración; todo lo más, veinte.

Hay estudios modernos que demuestran que ese es el tiempo máximo durante el que un hombre es capaz de mantener el nivel necesario de actividad física intensa como la que se requiere para ese tipo de lucha 127 .

Las batallas antiguas tenían su propio ritmo, con estallidos breves de contienda seguidos por pausas durante las cuales los combatientes recuperaban el resuello y se preparaban mentalmente para volver a luchar.

Los duelos podían ser bastante cortos, pero, para dar salida al número previsto en los espectáculos de Trajano antes mencionados, sin duda tuvieron que pelear varias parejas a la vez.

Además, una pareja sola habría parecido insignificante y perdida entre la inmensidad de un espacio como el Coliseo.

Algunos emperadores organizaron combates masivos entre grupos de luchadores, que podían ser terrestres o acuáticos 128 .

Los segundos, conocidos como naumaquias, se escenificaban en lagos, como ya hemos visto.

Las extensiones lacustres en cuestión podían ser artificiales o naturales; incluso podía inundarse el coso de un anfiteatro para ocasiones así 129 , para las que se empleaban navíos de guerra de escala reducida 130 .

Las batallas terrestres y las naumaquias podían formar parte de un mismo espectáculo y, de hecho, haremos bien en tratarlas conjuntamente.

Estas carísimas representaciones, que implicaban a cientos o incluso miles de participantes, eran muy poco frecuentes 131 .

Solo se celebraban en ocasiones muy especiales: por ejemplo, en el marco de un triunfo (como el de Julio César en el 46 a.

C., o el de Domiciano sobre los dacios), o para conmemorar la inauguración de algún edificio u obra de ingeniería de especial importancia, como el templo de Marte Vengador (o Mars Ultor, encargado por Augusto), el drenaje del lago Fucino (ordenado por Claudio) o el Coliseo (en tiempo de los Flavios).

Se dice que, en el año 248 d. C., Filipo el Árabe organizó una batalla naval para celebrar el milenario de la fundación de Roma 132 .

Aunque reiterada con frecuencia, es errónea la hipótesis moderna de que aquellos actos eran ejecuciones en masa en las que todos los participantes terminaban muriendo 133 .

Como ya hemos dicho aquí, ninguna batalla de la historia ha registrado jamás (por imposible) una tasa del cien por cien de bajas mortales en ambos bandos.

Quienes participaban en estas contiendas masivas escenificadas eran delincuentes y prisioneros de guerra, pero también lo eran los gladiadores corrientes.

Ningún escritor de la Antigüedad asevera en ninguna de sus obras que todos los participantes perdieran la vida y, de hecho, sus relatos demuestran más bien lo contrario.

En la naumaquia de Claudio en el lago Fucino, a los combatientes se les instó a emplearse con el máximo espíritu de lucha, pero, luego, a los supervivientes se les perdonó la vida 134 .

En el caso de la naumaquia patrocinada por Domiciano, una fuerte tormenta azotó el lugar e hizo que perecieran «prácticamente todos los combatientes y un gran número de espectadores» 135 .

Es evidente que ese no era el resultado esperado.