Aquellos que van a morir 10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #5
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10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #5

La posición en la jerarquía social de los gladiadores estaba muy próxima al escalón más bajo y, por ello, se esforzaban por identificarse con grupos situados más arriba en esa pirámide.

También aquí había una diferencia entre las dos mitades del imperio.

En el occidente latino, aspiraban a que se les viera como soldados 101 .

El mayor de los pabellones gladiatorios de Pompeya estaba decorado con pinturas de trofeos tradicionales de estilo militar (armas y armaduras capturadas clavadas en postes), aunque modificados con la inclusión de equipo más propiamente gladiatorio 102 .

Los luchadores se llamaban entre ellos «compañeros de tienda» (contubernales) o «compañeros de armas» (coarmiones), como lo hacían los soldados.

El hombre contra el que «combatían» (pugnare) era un «enemigo» (hostis).

Sus lápidas, con una enumeración simple del nombre, la «unidad» y la hoja de servicios, y con sus armas y premios esculpidos al lado o por encima, seguían el modelo de las de los soldados 103 .

Curiosamente, fuera de la ciudad de Roma, las lápidas de gladiadores con este estilo son bastante infrecuentes en aquellas zonas donde había tropas estacionadas en gran número.

Esto nos da a entender que los soldados reales podían disfrutar viendo combates en los anfiteatros militares —algunas legiones incluso tenían sus propias compañías de gladiadores—, pero no se mostraban muy receptivos a la idea de que estos inferiores sociales suyos se apropiaran de su imagen.

En el oriente griego, los gladiadores trataban de asimilarse más bien a los atletas 104 :

[…] aquí me ves muerto, viajero. Mi nombre pagano era Apolonio, mi tierra natal era Apamea, pero ahora los hilos y cuerdas del Destino me retienen bajo tierra nicomediense.

Tras haber vencido en contienda [agón] en los estadios ocho veces, en el noveno combate [pygmé] se entregó a su destino.

Bromea y ríe, viajero, y recuerda que tú también has de morir 105 .

No sabemos qué nombre usó Apolonio como gladiador; el comienzo de la inscripción está dañado.

Dice que sus victorias fueron en los estadios.

Algunos de esos recintos se transformaban en espacios para combates de gladiadores, pero esa palabra se usaba sobre todo para designar una sede de competiciones atléticas.

Del mismo modo, sus peleas aparecen caracterizadas como agón o pygmé.

La primera era la palabra habitual para designar una competición atlética; la segunda se usaba para referirse al combate del pugilato.

Los gladiadores griegos llamaban a su oponente antipalos, término usado en general para el contrincante en lucha libre.

Algunos se llamaban a sí mismos «atletas de Ares [el dios de la guerra]», otros iban más allá y se presentaban directamente como atletas a secas.

En el mundo griego, los atletas eran varones jóvenes libres de buena familia.

Estaban muy por encima del estatus de los soldados profesionales del imperio.

Pero, a diferencia de lo que sucedía en la parte occidental, en el este la asimilación de los gladiadores funcionó en algunos casos.

Un gladiador afirma en la lápida de su tumba de Salónica que, «conquistando seis veces, coseché honor para mi patria» 106 .

A veces, como a los atletas, se les honraba en ciudades distintas a sus lugares de origen:

A los dioses del inframundo. Aelia a Publio Aelio, ilustre summa rudis de Pérgamo, miembro del Collegium de Summae Rudes en Roma.

A mi esposo, unido felizmente a mí en vida, que vivió treinta y siete años.

Aelia erigió esto en su memoria. Y fue ciudadano de estas ciudades, por orden: Salónica, Nicomedia, Larisa, Filopópolis, Apros, Berga, Tasos 107 .

No encontramos nada semejante en el occidente latino.

Los gladiadores en la mitad oriental querían verse a sí mismos como atletas y, como estos, fueron más allá e intentaron igualarse a los héroes mitológicos famosos:

Mira al hermoso Mileto, hermoso a la vista,

luchador que venció ocho veces en los estadios,

tan bello como Adonis, hijo de Cíniras, cuando salió de caza,

o como el hermoso joven Jacinto, golpeado por un disco.

Ahora el Destino me ha arrancado a la fuerza del coso

y ha depositado mi cuerpo en la querida tierra de Panfilia.

Esta señal de mi tumba la ha colocado aquí mi buen amigo Odiseo

en afectuosa memoria y para preservar mi nombre 108 .

Impresionante epitafio para un humilde reciario (en la lápida, aparecen representados una red y un tridente).

El hábil e ingenioso Odiseo de la epopeya homérica no precisaba presentación.

La historia de Mileto, que fundó la ciudad asiática homónima, no era tan conocida.

Pero el suyo era un nombre artístico muy acertado.

Según una versión del mito, Mileto no fundó la ciudad, sino que la refundó tras arrasarla y pasar por la espada a todos sus habitantes varones.

El hecho de que este fuese un mito no muy famoso no fue problema para elegirlo para este texto, que se mueve con soltura en el mundo de la mitología.

Todos conocían a Adonis y a Jacinto; este texto demuestra que su autor no solo estaba familiarizado con sus historias, sino también con sus respectivas genealogías: «Adonis, hijo de Cíniras».

De este modo, el otro Odiseo, el astuto gladiador que compuso el epitafio en hexámetros épicos, trató de situar a su amigo y a sí mismo en el mundo de los héroes y reclamar su derecho a participar de la alta cultura.

Mileto era «hermoso» (kalos, que siempre era un epíteto aplicado a atletas), tanto como los deseables jóvenes Adonis y Jacinto.

Juntos formaban una trinidad: Adonis, el joven más bello en el coto de caza; Jacinto, en la pista de atletismo, y Mileto, en la arena (aunque aquí luche en estadios).

Juntas, las repeticiones del adjetivo «hermoso», la elección de comparaciones con los amantes «pasivos» y la propia tendencia a «recular» del reciario pueden transmitir cierta carga erótica.

Nos darían a entender que Odiseo era el amante mayor (el erastés) y Mileto, más joven, su objeto de deseo (el erómenos), una disposición muy del agrado del pensamiento griego tradicional.

La inscripción podría interpretarse entonces como la constatación documental del final trágico de una historia de amor entre dos gladiadores varones 109 .

Los gladiadores no solo se equiparaban a los héroes de antaño, sino que a veces afirmaban haberlos superado. Es el caso de esta lápida hallada en Alejandría de Tróade, en Asia Menor:

Viajero, mírame: soy Melanipo de Tarsis, audaz en los estadios, un reciario de segunda categoría, ahora muerto.

Ya no oigo el metálico clamor de la trompeta, ni al competir levanto el discordante lamento de las dispares flautas.

Dicen que Heracles completó doce pruebas [athla], pero yo completé las mismas y una más.

Thallus y Zoe erigieron esto con sus propios fondos para Melanipo, en su memoria 110 .

Audaz afirmación para un reciario de segunda clase.

Pero fuera del ludus gladiatorio, tales exageraciones eran aceptadas.

Ya hemos visto al poeta Marcial en Roma comparando al cazador de fieras Carpóforo con Teseo, Belerofonte, Jasón, Perseo y Heracles.

Este último «solo» tuvo que afrontar doce trabajos; Carpóforo venció a veinte bestias en una sola ocasión 111 .

Creencias religiosas y criterio moral

Los gladiadores se presentaban a sí mismos como hombres de creencias religiosas tradicionales.

La mayoría de sus lápidas comienzan con una invocación «a los dioses del más allá» (Dis Manibus, abreviada a menudo como «DM» o con sus iniciales griegas equivalentes) 112 .

Era una práctica rutinaria: casi todas las lápidas, con independencia de quién fuera el difunto, empezaban así.

Sin embargo, hay quienes sostienen que esas fórmulas rituales constituían el núcleo central del paganismo clásico 113 .

Es posible, además, que la adhesión pública a los dioses tradicionales tuviera una implicación adicional en un ámbito como el de la arena de los anfiteatros, donde se ejecutaba a cristianos y a otros disidentes religiosos por ateísmo y sacrilegio.

Un gladiador podía tener, pues, un interés especial en mostrar en público la solidez de su fe en el culto oficial, pues el sacrilegio (sobre todo, en forma de profanación de tumbas) era uno de los delitos que podían condenar a un hombre a combatir en la arena.

A los gladiadores les complacía considerarse hombres buenos desde el punto de vista moral.

Muchas de sus lápidas indican que eran «dignos» o «merecedores» (bene merenti) 114 .

Es una fórmula hecha, abreviada a menudo como «BM», pero ¿quiénes somos para asegurar que una frase hecha tiene menos valor y significado que una original?

Mucho más impactante como declaración de bondad era alardear de compasión o misericordia.

En la lápida del «tracio» Marcus Antonius Exochus, al que conocimos hace un momento, nos cuenta que logró que su oponente, Fimbria, fuera perdonado (missum fecit) 115 .

La decisión sobre la vida o la muerte del vencido era una prerrogativa del organizador de los juegos.

El emperador Caracalla le dijo a un gladiador derrotado: «No tengo poder para perdonarte», y cedió la última palabra al vencedor.

Pero incluso en ese excepcional ejemplo, la decisión no fue realmente del gladiador, ya que el ganador, aunque inclinado a ser clemente con su oponente, «no se atrevió a liberarlo por temor a parecer más humano que el emperador» 116 .

Lo que Exochus quiso decir al afirmar que había perdonado a Fimbria era que podía haberlo matado, pero que, en vez de eso, permitió que se rindiera y pudiera recibir el indulto del patrocinador del espectáculo.