Aquellos que van a morir 10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #4
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10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #4

Polemón era un sofista y, como tal (es decir, como buen orador dado a exhibir sus cualidades en público), sentía una desmesurada admiración por sí mismo y por su arte.

Un día, al encontrarse con un gladiador sudoroso y aterrorizado por la lucha a muerte que estaba a punto de librar, Polemón le soltó sin piedad: «Se te ve agónico, como si fueras a declamar» 79 .

El orador de una declamación jurídica ficticia ya mencionada describía así la espera de su primer combate: «Pensé en mi linaje, en el esplendor de mi fortuna —antes tan ilustre—, en mi educación liberal, en todo aquello de mi pasado que encerraba más honor incluso que el del promotor de los juegos: mi casa, mi familia, mis amigos, todo lo demás que no volvería a ver».

Se preguntó qué estarían haciendo sus seres queridos, completamente ignorantes de su destino.

Justo entonces apareció un amigo por allí y sus sentidos lo abandonaron por completo.

Pasó un tiempo antes de que recuperara la visión y el habla 80 .

A Placideyano, considerado por el poeta Lucilio como el mejor gladiador de todos los tiempos, no le invadían recuerdos traumáticos ni pensamientos melancólicos que lo debilitaran.

Lo que sí hacía, en cambio, era visualizar el desarrollo del combate que se avecinaba: «Podrá suceder que reciba algunos puñetazos en la cara antes de que yo le clave la espada en el vientre, en la pantorrilla y en los pulmones a ese cerdo».

Placideyano no tenía intención ninguna de especular: «A ese le tengo muchas ganas y mucho odio, lucho airado» 81 .

Sin embargo, el dejarse llevar por la cólera o el enojo a la hora de pelear era un peligro reconocido por muchos autores.

Según Séneca, «a los gladiadores los protege su técnica, los desarma su ira» 82 .

Lo ideal era conservar la calma y el control de uno mismo, y apartar de la mente toda distracción.

Tal como rezaba el tópico: «El gladiador es su propio consejero en la arena» 83 .

¿Qué nos cuentan las lápidas funerarias?

Estas emociones nos llegan en forma de sensaciones imaginadas por escritores de la élite que nunca corrieron peligro alguno de aparecer en la arena.

Seguramente nos acercaremos más al pensamiento del gladiador si recurrimos a los epitafios recogidos en sus lápidas funerarias 84 , pues una losa sepulcral 85 , por pequeña que sea, por desprovista de imágenes que esté y por tosca que parezca la calidad de la inscripción en ella grabada 86 , cuesta dinero.

También implica una aceptación de los modos de pensar y de obrar griegos y romanos.

Y demuestra que el fallecido estaba lo bastante arraigado en la sociedad como para que hubiera quienes decidieran honrar su memoria.

Las lápidas que hoy vemos de aquella época representan, pues, a gladiadores con cierto nivel de integración y de éxito, cuando menos, dentro de su familia gladiatoria.

A los gladiadores se los enterró con los de su propia clase en Éfeso, Nimes y Salona, aunque, posiblemente, no por elección propia 87 .

Horacio Balbo, por ejemplo, sufragó la construcción de un cementerio público en Sarsina, su ciudad natal, a condición de que indeseables como los gladiadores voluntarios no fueran enterrados allí 88 .

Aun así, aunque les vinieran por imposición, los cementerios de gladiadores fomentaban su identidad grupal en vida.

No en vano la identidad principal mostrada en sus lápidas era la de gladiador, y más concretamente, la de su tipo específico 89 .

En la Galia y en Hispania, donde las lápidas no solían mostrar imágenes, se colocaba una abreviatura del tipo de gladiador —por ejemplo, «TR» para un tracio— en la parte superior de la piedra y con letras más grandes que las del resto de la inscripción 90 .

La armadura de cada estilo se convertía asimismo en un marcador identitario clave.

Veamos, si no, el ejemplo de las palabras iniciales del epitafio de un gladiador en Roma:

M(arcus) Antonius Exochus Thraex Marcus Antonius Exochus Nat(ione) Alexandrinus 91 .

Era como si thraex (tracio) se hubiera convertido en parte integral de su nombre, como un apellido más. Aparece incluso antes de su nacionalidad (era alejandrino de Egipto).

La identidad proclamada no era solamente la de «tracio» (o cualquiera otro de los tipos), sino también «luchador hábil y exitoso».

Las lápidas enumeraban las victorias de los fallecidos; con menos frecuencia, también indicaban las veces que se les había indultado con una missio tras un empate o una derrota 92 .

Los relieves escultóricos con las palmas y coronas que habían ganado cumplían esa misma función.

También se hacía orgulloso alarde del estatus alcanzado en su ludus —primus y secundus palus—.

Y cuando se incluía la edad de fallecimiento, era habitual que se recordara también que allí yacía alguien que había sobrevivido muchos años gracias a su gran destreza.

En el otro extremo, el de los fallecidos jóvenes, unas pocas inscripciones inducían a compasión: el cruel destino había truncado el juvenil potencial del finado 93 .

La terrible ironía de estas representaciones de gladiadores triunfantes es que, casi sin excepción, habían muerto luchando en la arena.

En cada mitad del imperio se abordaba la cuestión de forma distinta.

En el occidente latino, el combate final generalmente se ignoraba, se eliminaba del relato; en cambio, en el oriente griego, se reconocía.

El trágico final, sin embargo, nunca se atribuía a una falta de habilidad.

La culpa se desviaba siempre hacia otra causa: la enfermedad, la vejez, el cansancio, el destino, un daimón, la diosa Némesis, un engaño o, simplemente, la fuerza bruta del oponente 94 .

Gladiador no era la única identidad que quedaba grabada en piedra para la eternidad.

Los fallecidos se nos presentan a menudo también por su condición de maridos: la mayoría de las lápidas fueron erigidas por mujeres que se reclamaban esposas de aquellos gladiadores.

Como estos tenían la condición de esclavos, no podían casarse legalmente.

Pero eso no quiere decir que los combatientes así conmemorados fueran todos ellos voluntarios libres o libertos en el momento de su muerte.

Al contrario: la lápida era un intento de reivindicar un estatus más alto que el que la ley les otorgaba.

También aparecen en ella otras identidades: el gladiador como hijo, hermano, padre y amigo 95 .

Los gladiadores solían tener amistad con otros gladiadores, aunque no siempre se especifica.

Algunos tenían amigos en la comunidad general, más allá del ludus.

Hay inscripciones que nos hablan de un collegium dedicado al dios Silvano, un club entre cuyas funciones estaba la de asegurar el entierro de sus miembros.

Veintitrés gladiadores, un fabricante de protecciones para brazos y un masajista (todos ellos, hombres del ludus) estaban incluidos entre sus socios, pero también había siete pagani, que aquí traduciríamos mejor como «personal civil», hombres ajenos a la arena.

Los dos hombres que dirigían el club eran un liberto del emperador y un cryptiarius, un encargado de la crypta, palabra que podría referirse a la sala del club o a la tumba comunal.

Este último posiblemente pertenecía al ludus, pero el primero no 96 .

En algunas lápidas también se muestra a los gladiadores como dueños de mascotas, siempre perros 97 .

Y aunque esto resulte menos digerible para nuestra sensibilidad moderna, en otras también se les conmemora como propietarios de esclavos 98 .

Al autoconstruirse como un tipo determinado de gladiador, los luchadores fallecidos no borraban por completo en sus lápidas otras identidades suyas anteriores. Tomemos el caso de un gladiador enterrado en Edesa (actual Urfa, en Turquía):

Me llamaban Meilesis, mi nombre civil [pagano] era Mestrianos. Luché cinco veces y no herí a nadie. Ahora me han herido a mí. Y con sus propios fondos […] Alexandra erigió esto en memoria de su esposo. Adiós a todos los que pasáis por aquí.

Meilesis/Mestrianos no fue en absoluto el único que siguió usando su nombre original en ciertos contextos 99 .

Tampoco Marcus Antonius Exochus —que venía de Alejandría, Egipto, y cuya inscripción funeraria en Roma leímos unos párrafos más arriba— fue ni mucho menos un caso excepcional por seguir autodefiniéndose toda la vida por su ciudad natal.

Catorce lápidas de gladiadores se han encontrado en Nimes.

Siete de ellas informan de los orígenes de los allí enterrados.

Tres eran muchachos locales, de la Galia.

Los otros cuatro se autoidentifican como español, griego, árabe y otro egipcio alejandrino, respectivamente 100 .

Los gladiadores eran gente mucho más viajada que la mayoría de los habitantes del Imperio romano.

Diferencia de mentalidad en el occidente latino y el oriente griego