Aquellos que van a morir 10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #3
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10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #3

Los gladiadores solían combatir «hasta el dedo» (ad digitum), momento en el que uno de los luchadores lo levantaba 57 para indicar que se daba por vencido y para suplicar clemencia con la esperanza de que el patrocinador de los juegos le diera la missio, es decir, lo liberara de seguir combatiendo 58 .

Había otros rituales posibles de rendición que, además, podían combinarse entre sí: tirar el arma al suelo; quitarse el casco y depositarlo sobre la arena; soltar el escudo; arrodillarse; incluso abrazarse a las rodillas del oponente.

Fuera como fuese, tenían que ser gestos claros y evidentes para que se apreciaran bien en medio del fragor de la lucha.

Y no siempre estaban permitidos; en algunas inscripciones, se constata por escrito que los gladiadores luchaban «por su vida» 59 .

En el otro extremo, Marco Aurelio solo autorizaba armas embotadas (sin filo) en los juegos que él organizaba en Roma 60 .

Pero aquella reticencia suya era muy poco común; además, es un malentendido moderno creer que prohibió también las armas afiladas en espectáculos patrocinados por otros fuera de Roma.

En las inscripciones donde se hace alusión a «luchas con armas afiladas», por ejemplo, no se dice nada acerca de que la mayoría se hiciera con armas embotadas; más bien se alardea de que los juegos en ellas conmemorados fueron «auténticos» 61 .

Algunos combates se anunciaban como sine missione («sin liberación»).

Se ha argumentado que esto significaba que se luchaba hasta que uno de los contrincantes quedara herido o incapacitado, pero es más probable que se tratara de combates librados hasta la muerte de uno de ellos 62 .

De ser ese el caso, el decreto de Augusto que prohibió la organización de juegos sine missione no sobrevivió a su reinado 63 .

Como ya hemos comentado al hablar de Amazona y Aquilia, era muy raro que se concediera la missio a los dos rivales en un combate gladiatorio.

Era habitual enfrentar a ciertos tipos distintos de gladiadores entre sí.

Tracio contra mirmilón o contra hoplomachus, y secutor contra reciario, por ejemplo, eran emparejamientos muy populares 64 .

Pero a un gladiador se le podía llamar a luchar contra otro del tipo que fuera, incluido el suyo propio.

Los provocatores solían combatir contra otros provocatores.

Según el carácter de su propio equipamiento, los de determinados tipos no podían enfrentarse a otros que no fueran los del suyo propio.

Un essedarius, que combatía desde un carro, o un eques, que lo hacía a caballo, tenían una ventaja excesiva si luchaban contra un adversario a pie 65 .

Los analistas modernos creen que los équites desmontaban en algún momento para terminar la lucha a pie, ya que así se les representa casi siempre en el arte 66 .

Un fresco de Pompeya muestra a dos équites montados en pleno combate.

Uno está perdiendo; herido en el muslo, huye.

Su nombre figura sobre su cabeza: Spartaks.

El idioma de la inscripción no es el latín, sino el osco local, lo que sugiere que la pintura podría ser antigua, quizá anterior a la gran rebelión de esclavos del 73-71 a.

C. Pero, de ser posterior a esta última, ese Spartaks nos estaría indicando un nombre artístico oprobioso 67 .

En el siglo VII d. C., mucho después de que desaparecieran las luchas de gladiadores, Isidoro de Sevilla, basándose en autores anteriores, escribió que el de los équites era el combate inicial: los contrincantes entraban en la arena por puertas opuestas; iban precedidos de sendos estandartes castrenses, portaban cascos dorados, empuñaban armas ligeras y avanzaban subidos a monturas blancas 68 .

No cabe duda de que los andábatas, que luchaban con los ojos vendados o con un casco muy cerrado, no tenían ni la más mínima opción si no se enfrentaban a un oponente con su misma desventaja.

Llevaban, además, unas campanillas, porque ¿de qué otro modo habrían podido detectarse unos a otros entre el ruido de la multitud allí congregada?

Una epístola de Cicerón en la que, tras referirse a un combate de ese tipo, decide pasar a otro tema con un «pero ya está bien de bromas» 69 nos pone sobre la pista de lo particularmente divertida que encontraba el público esta cruel versión del juego de la gallinita ciega.

Cada tipo de gladiador tenía su forma reconocida y diferenciada de luchar.

En La interpretación de los sueños, Artemidoro daba por hecho que sus lectores aceptarían que el tracio siempre ataca avanzando, que el gladiador de «armadura plateada» cede terreno y que el secutor persigue a su oponente 70 .

Y ya hemos visto que según con cuál de ellos sueñes, ese será el tipo de esposa con la que te casarás: o bien dominante, o bien fiel y obediente, o bien problemática sin límite, respectivamente.

Desde luego, pensó que sus lectores tendrían tan presentes las técnicas de combate de los otros seis tipos mencionados que no había necesidad de explicar por qué soñar con un reciario significaba que tu esposa sería una promiscua, o que te casarías con una insensata si soñabas con un eques, con una estúpida si soñabas con un essedarius, con una coqueta lasciva si soñabas con un provocator, o con una bruja maliciosa si soñabas con un dimachaerus o un arbelas.

Algunos creían que el combate entre gladiadores bien entrenados tenía un ritmo previsible, como la música 71 .

El intercambio de golpes —estocadas y paradas— se asemejaba a los argumentos y las réplicas de los oradores cultos 72 .

El público conocía las rutinas y podía gritar consejos 73 .

Cicerón opinaba que, bien ejecutados, los movimientos básicos resultaban incluso elegantes, de tal modo que «todo lo que es útil para la pugna también será agradable para la vista» 74 .

Si se realizaban mal, el combate degeneraba en una lucha mecánica y sin alma.

En la historia de El Satiricón, solo uno de los gladiadores decepcionantes, un tracio, luchó con algo de valentía, pero él tampoco mostró mucha iniciativa, así que fue azotado junto a los demás 75 .

¿Cuáles eran esos movimientos que la multitud conocía?

La «posición inicial» de combate de un gladiador armado con escudo y espada ha sido identificada con una postura que se repite con frecuencia en el arte superviviente de aquella época (véase la imagen 20 del encarte fotográfico) 76 .

El gladiador se mantiene en posición vertical con el cuerpo medio vuelto hacia la izquierda, mirando por encima del hombro de ese lado y con los pies bien separados (con el izquierdo adelantado).

Lleva el escudo pegado al cuerpo y la espada en posición baja, por debajo del brazo, bien atrás, junto al costado.

Está en tensión, preparado para encajar un ataque, protegido por el casco, el escudo y la greba de la pierna izquierda.

Al mismo tiempo, guarda el equilibrio y está listo para transferir su peso hacia cualquiera de los pies a fin de moverse en cualquier dirección, ya sea para esquivar un golpe o para lanzarlo, como un boxeador moderno.

¿Qué ocurría tras el primer movimiento, en el vaivén de estocadas y bloqueos?

La arqueología experimental, que emplea reconstrucciones modernas de los equipos protectores y las armas originales para recrear combates, ofrece algunas respuestas 77 .

Su conclusión más interesante es que el escudo podía utilizarse en una amplia gama de movimientos defensivos: abrir la defensa de un adversario mediante un amago o desviando sus armas para lanzarle un golpe; empujarlo al suelo o hacerle perder el equilibrio; golpearle el rostro con el borde o el frente.

La espada no se usaba como en la esgrima, para desviar acometidas, sino que se reservaba exclusivamente para atacar.

Según la teoría de Vegecio, se prefería la estocada —que expone menos al atacante— al tajo o al corte.

Además, bastaba un instante para pasar de un agarre invertido a otro desde arriba y, con ello, variar el ángulo del ataque.

Aunque la arqueología experimental reivindica sus métodos «científicos» y sus resultados «inequívocos», estas recreaciones solo nos muestran en realidad lo que se podía hacer.

No arrojan certeza alguna. Quienes recrean los combates no han sido entrenados en un ludus romano ni luchan por sus vidas.

Una de las obviedades que hay que tener en cuenta en los estudios modernos sobre las guerras pasadas es que los diferentes equipos de combate no siempre se han utilizado de la forma más óptima en cada momento histórico.

La cultura siempre se impone a la eficiencia.

En Papúa Nueva Guinea, en la década de los sesenta del siglo  XX , un antropólogo tuvo que enfrentarse a un dilema moral.

En las sumamente ritualizadas batallas que dirimían los pueblos de las tierras altas, algunos guerreros usaban arco y flecha.

Uno de ellos corría hacia delante, disparaba y, acto seguido, se retiraba.

Pocas eran las personas que resultaban heridas con aquel sistema.

El antropólogo pensó entonces, para sus adentros, que, si los arqueros actuaran en grupo y dispararan en salvas, serían mucho más eficaces.

Siempre es mucho más fácil esquivar una sola pelota de tenis que viene hacia ti que media docena (o más) a la vez.

Pero, guiado por un criterio de responsabilidad humanitaria y ciñéndose rigurosamente al principio de observación no participante, el antropólogo se guardó para sí tan letal consejo 78 .

L OS PENSAMIENTOS DEL GLADIADOR