Aquellos que van a morir 10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #2
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10. TEMPUS POSTMERIDIANUM (LA TARDE) #2

Las alusiones a las gladiadoras en general son pocas y dispersas 32 .

En el 19 d. C., una ley prohibió a las mujeres de familias senatoriales o ecuestres aparecer en la arena, lo que implica que algunas ya lo debían de haber hecho con anterioridad 33 .

Hay referencias a mujeres luchando como gladiadoras o cazadoras de fieras en espectáculos bajo patrocinio imperial en la Roma de Nerón, de Tito y de Domiciano.

El historiador Dion Casio no ocultaba el alivio que le producía el hecho de que, en tiempos de Tito, las mujeres que saltaban a la arena no pertenecieran a la élite.

Con el mismo tono de aprobación acogió la decisión de Septimio Severo de prohibir que cualquier mujer, fuera cual fuese su origen, luchara como gladiadora 34 .

Como con otras muchas leyes imperiales, es posible que el cumplimiento de esa norma no fuera absoluto.

Así, en una inscripción 35 hallada en Ostia (el puerto de Roma) que podría ser posterior al decreto de Severo 36 , un magnate local llamado Hostiliano se jactaba de haber sido el primero «desde la fundación de la ciudad» en presentar combates de mujeres.

Teniendo en cuenta que los juegos gladiatorios tenían medio milenio de historia para entonces, aquella declaración proclamada con orgullo —Ad urbe condita!

— indica a las claras lo sumamente raras que eran las gladiadoras como fenómeno.

En la Antigüedad clásica, el ámbito del combate estaba muy marcado por el género 37 .

Ya Homero lo dejó claro en la Ilíada, cuando Héctor le dice a su esposa: «Del combate se cuidarán los hombres» 38 .

Parte del atractivo del fenómeno de las mujeres gladiadoras residía en su propio carácter paradójico.

Para el poeta Estacio, ilustraban el dominio del emperador sobre la naturaleza humana, la geografía y el pasado: «¡Ahí está el sexo débil, que desconoce el hierro!

¡Con qué denuedo arrostra los viriles combates!

Se diría que a orillas del Tanais y el Fasis se aprestaran las huestes ecuestres del Termodonte» (en referencia a las amazonas del pasado remoto que provenían de las lejanas costas del mar Negro) 39 .

Para Marcial, eran la demostración de que la diosa Venus se había unido al dios Marte en servicio al César 40 .

Existían otros motivos, menos elevados, para observar a mujeres en acción sobre la arena.

Una de ellas era la excitación masculina 41 .

Según la tradición, las amazonas llevaban al menos un pecho al descubierto cuando entraban en combate.

La Amazona y la Aquilia de Halicarnaso están desnudas de cintura para arriba; de hecho, no visten más que un taparrabos.

Los moralistas cristianos tronaban contra el pecaminoso placer de contemplar carne femenina al desnudo en los espectáculos.

Para san Juan Crisóstomo, aquello era el «naufragio del alma» 42 .

El pagano Marcial, sin embargo, gozaba con las vistas 43 .

Si pensamos en otros protagonistas en la arena con cuerpos que tenían formas consideradas fuera de lo común, tal vez se nos puede hacer evidente un último (y no menos pedestre) motivo para la inclusión de luchadoras.

Allí combatían en ocasiones enanos, por ejemplo.

De hecho, es un error bastante extendido creer que se les hacía luchar contra mujeres.

Aunque estas y aquellos compartían cartel a veces, los enanos se enfrentaban entre ellos o con animales 44 .

Leemos en Estacio que «un aguerrido batallón de enanos» entró después de que actuaran las mujeres con aspecto de amazonas.

Primero, se enzarzaron unos con otros, se hirieron y se amenazaron de muerte (¿combate gladiatorio de pega?

, ¿pugilato?), y luego fueron atacados por grullas, con lo que descubrimos que estaban representando la mitológica batalla entre las aves y los pigmeos.

Cuánto se rio el público, nos asegura el poeta 45 .

En unas pinturas, vemos a los pigmeos luchar contra hipopótamos y cocodrilos en el Nilo; incluso nos muestran a alguno en el trance de ser devorado 46 .

Nada parecido llegó a recrearse en la arena, pues resulta evidente que era demasiado desigual.

Pero en las fuentes leemos que, de vez en cuando, a alguno de los emperadores muy malos se le ocurría apresar y sacar a la arena a la fuerza a personas con algún tipo de discapacidad.

Calígula, por ejemplo, seleccionó una vez a padres de familia respetables y de buena reputación, pero caracterizados por algún defecto físico, para un combate simulado 47 .

Mucho peor fue el resultado en la ya mencionada historia de Cómodo, que mató personalmente a golpes a hombres discapacitados tras habérseles cosido colas de pez y habérseles «armado» con esponjas 48 .

En el arte, encontramos a niños —o erotes, es decir, pequeñines regordetes con alas— luchando como gladiadores o cazadores en la arena, e incluso, en un caso, como reos condenados a las fieras 49 .

Todas estas ocurrencias pretendían ser divertidas puestas en escena para disfrute de los espectadores 50 .

Para resumir, y como ya se ha apuntado: uno de los atractivos clave de ver a mujeres gladiadoras era contemplar el paradójico espectáculo de un alarde femenino de virtus, es decir, la «contradicción» de ver a mujeres luchando con la valentía de los hombres 51 .

Para algunos espectadores —Estacio y Marcial, entre ellos—, aquello evocaba el poder del emperador (y del imperio) sobre la naturaleza, al igual que sobre la geografía y el tiempo: ¡mirad a esas amazonas de un lugar y un pasado remotos!

Pero también había otros alicientes más vulgares como el placer de ver a mujeres semidesnudas, sudando y jadeando, o la licencia que una ocasión así daba para proferir expresiones de humor procaz y grosero.

Los romanos no compartían nuestras sensibilidades en relación con el género o las deformidades.

A las gladiadoras se las consideraba graciosas, como a los enanos o a los discapacitados.

Pero, a diferencia de estos últimos, ellas eran transgresoramente eróticas.

Fijémonos de nuevo en la muchacha ataviada con equipo de gladiadora (véase la imagen 6 del encarte fotográfico).

Pensemos ahora en las reacciones de un hombre romano que la estuviera viendo: «¡Lo está jodiendo de verdad (en ambos sentidos del verbo, metafórico y literal)!

¡Imagínatela montándote así a ti! ¡Imagínate “conquistarla”, poseerla desde una posición más dominante!

». No es de extrañar que esto generara cierta corriente de desaprobación, cierta crítica donde se entremezclaban lo moral, lo político y lo social; cuanto más alto fuera el estatus de las mujeres, más fuerte era esa censura 52 .

Y, de hecho, al final, fue esta veta condenatoria la que se impuso.

Septimio Severo prohibió la participación de mujeres en la arena.

Ya no hallamos nuevas alusiones a mujeres gladiadoras tras el espectáculo de Hostiliano; a lo mejor, sí es verdad que en Ostia aquella fue la única ocasión en la que vieron a mujeres luchando sobre la arena.

Tan infrecuentes eran las gladiadoras que ni siquiera existía un nombre específico para designarlas en latín o en griego. Gladiatrix es una invención moderna 53 . En el Imperio romano, fueron introducidas como un espectáculo novedoso que suscitó diversas reacciones.

L AS LEYES DEL COMBATE

En la ya comentada declamación jurídica ficticia del Pseudo-Quintiliano, alguien lamentaba de esta manera la muerte de un amigo: ojalá su valentía se hubiera demostrado en el campo de batalla y no en la arena, donde aquella estaba limitada por las «leyes del combate» (leges pugnandi) 54 .

Pues bien, ¿qué «leyes» eran esas? Tenemos algunos indicios.

En el mosaico de Zliten (véase la imagen 5 del encarte fotográfico), dos hombres visten túnicas blancas con franjas púrpura.

Uno de ellos empuña una vara larga. Son los árbitros.

Hay dos grados: el summa rudis y el secunda rudis (el bastón «principal» y el «segundo»).

Se trataba de antiguos gladiadores 55 y, por lo general, solo aparece representado uno de ellos en cada combate, como en este caso.

Casi siempre nos los muestran en el clímax de la lucha; contienen al vencedor cuando su contrincante se ha rendido y todos aguardan la decisión del patrocinador de los juegos sobre si el derrotado debe vivir o morir.

En el mosaico de Zliten, un árbitro retiene con las dos manos el brazo con el que el vencedor sostiene la espada; el otro protege al vencido con su vara.

Aunque esta era la función más vistosa de los árbitros, no era ni mucho menos la única.

Podían usar sus bastones para azuzar a los combatientes reacios a luchar.

Hacían cumplir las tan enigmáticas «leyes» y es posible que incluso asesoraran a los combatientes durante el duelo.

También se empleaban con sus varas si los luchadores no demostraban un claro espíritu de combate.

En El Satiricón, un personaje relata la reacción general ante un espectáculo decepcionante: «Todos acabaron azotados; tal fue la insistente petición del gran público: “¡Duro con ellos!”» 56 .