Aquellos que van a morir 9. TEMPUS MERIDIANUM (MEDIODÍA) #5
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9. TEMPUS MERIDIANUM (MEDIODÍA) #5

Como ya hemos visto, a los cristianos se les consideraba ateos porque negaban la existencia de los dioses paganos y, por consiguiente, representaban una amenaza existencial para la seguridad del imperio 53 .

Además, esa intransigencia suya con la que siempre buscaban llamar la atención resultaba muy irritante.

Tras ser arrestado en Lyon, al cristiano Sanctus se le hicieron las preguntas habituales, «pero él no quiso decirles ni su nombre, ni su raza, ni su lugar de origen, ni si era esclavo u hombre libre».

Siempre daba la misma y exasperante respuesta: «¡Soy cristiano! » 54 .

De todos modos, los cristianos eran distintos de los otros ejecutados en los juegos en dos sentidos.

En primer lugar, como miembros de un colectivo muy fácil de identificar y bastante odiado, nunca pasaban desapercibidos; siempre se sabía quiénes eran.

En Lyon, a Atalo le hicieron dar la vuelta al coso llevando delante un cartel en el que se leía: «Soy Atalo, el cristiano» 55 .

En Catania (Sicilia), a otro mártir le ataron los Evangelios al cuello, mientras un pregonero anunciaba: «¡Mirad a Euplio el cristiano, enemigo de nuestros emperadores y de vuestros dioses! » 56 .

No siempre se obraba así con las ejecuciones corrientes, para las que, muchas veces, apenas se informaba de los delitos que el reo o la rea iba a penar allí.

En el Tóxaris de Luciano, los protagonistas, al ver que soltaban a perros contra unos hombres encadenados, imaginaron que serían «criminales, según supusimos» 57 .

Asimismo, cuando el cuerpo del convicto que interpretaba el doble papel de Laureolo/Prometeo fue destrozado por un oso, Marcial entendió que, «por fin, sufrió el castigo que merecía, pues sin duda era un esclavo que había hundido la espada en la garganta de su dueño, o un ladrón del oro de los templos, o un incendiario» 58 .

Lo que de verdad diferenciaba a los cristianos de los asesinos, los pirómanos y similares era que no tenían por qué estar allí.

El cristianismo era un delito que desaparecía solo con negarlo.

En repetidas ocasiones, en las Acta Martyrum, vemos al gobernador romano de turno, agobiado por la situación, alternar amenazas al acusado o la acusada con súplicas para que muestre algún gesto de reconocimiento hacia los dioses paganos.

Les dice algo así como: «Apiádate de ti mismo; basta con que ofrezcas un poco de incienso; solo di las palabras, no tienes ni que creértelas: pronúncialas con los labios, no con el corazón».

Una y otra vez, el gobernador les concede días para considerar su respuesta.

Pero, en las Acta Martyrum —que no necesariamente en la realidad— la respuesta es siempre la misma: «¡Soy cristiano! » 59 .

L AS EJECUCIONES SEXUALES

En El asno de oro de Apuleyo, la asesina fue condenada a someterse a una violación bestial en la arena antes de morir destrozada por otro animal salvaje allí mismo 60 .

La escena es tan impactante y abominable que nuestra primera reacción es atribuirla a la calenturienta imaginación del novelista, pero eso bien podría ser un error.

En un espectáculo celebrado durante el reinado de Nerón, muchos de los espectadores creyeron que una mujer que interpretaba el papel de Pasífae, oculta bajo una réplica en madera de una vaquilla, estaba siendo penetrada por un toro.

Suetonio, que constató el incidente por escrito, no estaba seguro 61 .

Mucho más cierto se había vuelto todo ya en tiempos del reinado de Tito.

El público sí vio entonces que el toro montaba a Pasífae.

Marcial fue testigo presencial: la fábula se había hecho realidad 62 .

Según la interpretación de los expertos, una serie de lámparas de arcilla baratas descubiertas en Atenas con imágenes de mujeres penetradas o atacadas por un burro no eran sino recuerdos conmemorativos de los juegos 63 .

Pero a nosotros, si algo nos recuerdan por encima de todo, es que, a diferencia de lo que se ha querido dar a entender en un gran número de malas novelas históricas, los romanos no eran «exactamente como nosotros».

Algunas hipótesis apuntan a que las atroces ejecuciones sexuales de aquellas mujeres tenían como objetivo restablecer las fronteras de género.

La mujer en cuestión había transgredido los límites de su papel femenino al cometer un delito de asesinato (o cualquier otro), por lo que había que volver a ponerla en su sitio obligándola a sufrir semejante degradación 64 .

Ahora bien, puede que una teoría así solo esté trasladando un concepto moderno a una cultura antigua a la que le era ajeno.

En aquel entonces, a los hombres y a las mujeres se les solía ejecutar desnudos o semidesnudos, o, en ocasiones, vestidos con atuendos elegantes 65 .

A los hombres también se les sometía a castigos sexuales, por ejemplo, el hombre caracterizado de Atis tuvo que autocastrarse en la arena 66 .

Corría el rumor de que el emperador Nerón cumplía a rajatabla con la igualdad de género en sus propias versiones privadas de las ejecuciones sexuales.

Vestido con la piel de una fiera salvaje, arremetía contra los genitales tanto de mujeres como de hombres previamente atados a postes 67 .