9. TEMPUS MERIDIANUM (MEDIODÍA) #4
Marcial, por lo menos, se divertía de lo lindo: ¿De qué le sirvieron las alas a Ícaro cuando murió estrellado?
, y, sin embargo, ¡cuánto habría deseado Dédalo tener aún aquellas alas consigo cuando el oso lo destrozó!
¿Y el mito de Leandro? ¿Cómo se representaba algo así?
Dejemos a un lado las diferencias insalvables entre algunos autores antiguos —que decían que el Coliseo podía llenarse de agua primero y vaciarse después— y los ingenieros modernos, que afirman que ambas cosas eran imposibles.
Incluso si todo el suelo del Coliseo se pudiera inundar (algo que tal vez fue bastante posible antes de que se excavara allí toda una subestructura posterior), pensemos que tiene unos setenta y siete metros de largo.
Un nadador promedio tendría que hacer muchos largos para correr un peligro real de ahogamiento (lo que, por cierto, sería un espectáculo sin duda tedioso).
Se necesitaba algo que añadiera peligro.
¿Un dispositivo hidráulico que simulara una tormenta, quizá?
Marcial dice que Leandro fue salvado por «la ola del césar».
Los teóricos actuales manejan otras teorías: que si a Leandro le ataron unos pesos, que si se soltaron cocodrilos en el agua…
, aunque todo aquel o aquella a quien he mencionado esta última posibilidad se ha reído sin excepción.
Muy pocas de esas representaciones de mitos terminaban como los relatos originales.
A Orfeo lo mataba un oso y no unas mujeres en éxtasis.
A Prometeo lo atacaba también un oso y no un águila.
Todo esto generaba un ambiente de incertidumbre y suspense: ¿a qué bestia salvaje iban a soltar en la arena?
Lucio, el asno, no tenía ni idea. ¿Cómo iban a morir los condenados?
Más aún, ¿iban a morir de verdad? ¿O acaso a ellos también los salvaría «la ola del césar»?
Algunas recreaciones del pasado se centraban en episodios de mutilación, sin necesidad de muertes.
Así, un hombre caracterizado como el dios Atis se castró a sí mismo en la arena a imagen y semejanza de dicha deidad mítica (algo que incluso a Tertuliano le hizo gracia).
Otro asumió el singular papel de una famosa figura de la historia romana: capturado por los etruscos, Mucio Escévola mostró su impasividad ante la tortura introduciendo voluntariamente la mano derecha en el fuego.
De hecho, incluso existía la posibilidad de sobrevivir a la «túnica de tormento»: Tertuliano cuenta que un voluntario aceptó dinero por llevarla puesta un buen trecho 46 .
La arena era un escenario de invocación del pasado.
Como escribió Marcial, allí las fábulas se volvían realidad 47 .
Y no solo se hacían de carne y hueso (y de sangre, mucha sangre), sino que también se modificaban.
Las «charadas letales» no solo combinaban el humor con gráficas advertencias contra la desviación social, sino que servían para demostrar el poder divino del emperador y del imperio.
Así como los animales exóticos en las cazas matutinas simbolizaban el dominio de Roma sobre la geografía, las ejecuciones con temática mitológica del mediodía representaban el dominio romano sobre el tiempo: el emperador —y aquellos a quienes él autorizara a organizar juegos— podía reescribir el pasado.
En la incertidumbre del resultado de aquellas «charadas letales» puede que radique una explicación al enigma de por qué los condenados les seguían el juego a sus ejecutores.
Actuaban coaccionados, desde luego, pero a veces cuesta imaginar con qué podían amenazarlos que fuera peor que el destino hacia el que los conducían en aquellos mismos momentos.
Tampoco se puede descartar la influencia del fatalismo que disuade a las víctimas de ejecuciones masivas de salir huyendo o de pelear por eludir su final.
Ni, menos aún, el terrible legado que dejó Pandora a la humanidad: cuando abrió el ánfora, todos los males salieron volando por el mundo y solo permaneció la esperanza.
Imaginémonos a Orfeo en la arena. Hay árboles y rocas moviéndose hacia él, aves sobrevolando su cabeza, una multitud de animales reuniéndose a sus pies.
Él está allí, tocando la lira y cantando, sin saber qué pasará al final.
Mira a uno y otro lado desesperado. ¿Cuáles de esas bestias son feroces y cuáles dóciles?
Sabe que él no es realmente Androcles, que él no ha sacado ninguna espina de la zarpa de ningún león.
Puede que todos aquellos bichos sean inocuos, como el capón de Galieno.
Aunque tengan garras y colmillos afilados, tal vez las fieras salvajes no ataquen ese día.
Puede que solo lo vapuleen. Si sabe hacer bien su papel, es posible que le indulten…
En ese momento, se abre una trampilla y ve a una mujer vestida de Eurídice… y algo más…
«¡ C RISTIANOS, AL LEÓN!»
Para los cristianos, el Coliseo es ese lugar donde miles de sus correligionarios murieron por su fe 48 .
Los arqueólogos modernos han retirado la mayoría de las lápidas y cruces conmemorativas allí erigidas posteriormente por la Iglesia, pero si nos fijamos con atención, aún podemos localizar alguna.
No existen pruebas empíricas reales que constaten de manera fehaciente la muerte de uno o más mártires cristianos en el Coliseo, pero eso no significa que no se produjeran 49 .
Sabemos que muchos otros murieron asesinados en otros anfiteatros.
La ausencia de esos indicios sólidos son un sano recordatorio de lo fragmentaria que es la evidencia de la que disponemos.
En lo concerniente al número de cristianos ejecutados, como en lo relativo al número de delincuentes comunes, o al número total de gladiadores en el imperio, carecemos de materiales con los que formarnos estimaciones fiables 50 .
Desde luego, los autores cristianos estuvieron más que interesados en inflar las cifras.
En el año 212 d. C., Tertuliano intentó convencer al gobernador de África de que no persiguiera a los cristianos alegando para ello la dudosa razón de que, cuando Arrio Antonino quiso hacer lo mismo una veintena de años antes en Asia, su Corte se había visto sobrepasada por la cantidad de los que había tenido que procesar 51 .
En otra de sus obras, el Apologético, Tertuliano incluso hacía broma con la conocida consigna pagana, «¡Cristianos, al león!
», diciendo: «¿Cómo? ¿Tantos para uno solo? » 52 .