9. TEMPUS MERIDIANUM (MEDIODÍA) #3
Una supuesta versión más elaborada de la condena a la hoguera consistía en construir la pira con madera húmeda para que la víctima no muriera quemada, sino asfixiada por el humo.
Sin embargo, salvo en un incidente real y contrastado, esta modalidad parece haberse circunscrito al ámbito de las narraciones literarias 35 .
Aun así, según su acusador, Cicerón, se trata de una de las crueles innovaciones que introdujo Verres, gobernador corrupto de Sicilia y blanco habitual de sus críticas 36 .
Esa es una acusación que habría sido muy fácil de rebatir de no haber sido cierta.
Y, de hecho, mucho más tarde, hacia el año 400 d.
C., el autor de la Historia Augusta, que sin duda había leído a Cicerón, retomó esa idea.
En tiempos ya del Bajo Imperio, existía una expresión coloquial para referirse a la corrupción económica en la administración pública: «Vender humo».
Ese autor, para ilustrar la severidad del emperador Alejandro Severo (¡cómo le gustaban los juegos de palabras!), combinó esa frase con lo que había leído de Cicerón y contó que un funcionario acusado de venalidad fue atado a un poste y murió asfixiado mientras un pregonero anunciaba que «aquel que ha vendido humo sea castigado con humo».
Pero la inventiva del novelista no se detuvo ahí.
En una anécdota de Suetonio, un hombre que estaba a punto de ser crucificado protestó diciendo que era ciudadano romano; Galba, gobernador de la Hispania Citerior, ordenó entonces que lo colgaran en una cruz especialmente alta y pintada de blanco.
El ingenioso autor de la Historia Augusta, que conocía tanto a Suetonio como a Cicerón, fusionó ambas historias en su biografía del pretendiente al trono imperial Avidio Casio:
Fue también el primero que inventó este tipo de suplicio: hincaba en el suelo un gran poste de madera de ciento ochenta pies y ataba en él a los condenados desde la parte superior a la inferior; hacía encender una hoguera y acababa así con ellos, unos abrasados por las llamas y otros asfixiados por el humo, agotados por el tormento o, también, presos de terror 37 .
Una espantosa y terroríficamente elaborada variante real de la inmolación de los condenados en la arena fue el uso de los llamativos y suntuosos trajes de los danzantes pírricos descritos por Plutarco, que, como ya hemos visto, de repente estallaban en llamas.
El castigo consistente en prender fuego a ropas tratadas con materiales inflamables se volvió tan común que llegó a tener su propio nombre: tunica molesta, o «túnica de tormento».
Fue un recurso habitual en las ejecuciones espectáculo.
L AS EJECUCIONES ESPECTÁCULO
Los condenados colaboraban a veces en sus propias ejecuciones.
Interpretaban escenas del pasado, sobre todo, de historias que hoy clasificaríamos como míticas o mitológicas, y solo en muy raras ocasiones, de acontecimientos que podríamos considerar históricos.
Se trata de un fenómeno que suscita no pocas preguntas sobre el poder romano y su relación con el pasado, así como sobre las expectativas de los organizadores y del público en los espectáculos.
Y, para mí, lo más intrigante de todo es por qué los condenados participaban de forma voluntaria en su propia muerte en estas «charadas letales» 38 u «obras del género snuff» 39 . Veamos, primero, algunos ejemplos.
A un condenado que llevaba la «túnica de tormento» (la que estaba destinada a arder) le tocó interpretar el papel de Hércules.
Según el relato mitológico, a la esposa del héroe la habían engañado para que le diera una túnica envenenada.
Hércules se la puso, pero el dolor que le provocaba se le hizo tan insoportable, incluso después de quitársela, que ordenó construir una pira y se quemó vivo 40 .
La autoinmolación era algo muy infrecuente y extraordinario en el mundo romano.
Hasta entonces, la habían practicado los místicos indios 41 en tierras muy lejanas y, según una biografía muy crítica con él 42 , también se quitó así la vida un filósofo charlatán y ávido de fama y notoriedad —y otrora cristiano— llamado Peregrino.
Para el número del Hércules de la arena, sin embargo, se fusionaron la túnica envenenada y la pira, y se hizo que la víctima no se quedara tumbada quieta y corriera de un lado a otro en martirizante agonía para dotar de mayor dinamismo a la escena.
Según Marcial, el criminal que asumió el papel del bandido Laureolo también estaba representando a Prometeo, titán que fue castigado por Zeus.
Encadenado en las montañas del Cáucaso, cada día un águila le devoraba el hígado, que milagrosamente volvía a crecer durante la noche para que el tormento comenzara de nuevo al día siguiente.
Prometeo sobrevivía siempre a semejante tortura hasta que, por fin, tras casi una eternidad, fue liberado por Hércules.
En la arena, el Prometeo-Laureolo tuvo, al menos en comparación, un final más rápido: fue devorado por un oso.
Valiéndose de unas alas fabricadas por él mismo, Dédalo logró hacer efectiva su célebre huida del laberinto del rey Minos en Creta.
Primero, partió hacia Cumas (en la Campania) y, luego, hacia Sicilia, donde mató al rey cretense, que le iba siguiendo el rastro.
Las cosas no le salieron igual de bien en una dramatización de su mito en el Coliseo, donde Dédalo murió atacado por un oso (itálico, sí, aunque de Lucania, no de Campania).
En otra historia protagonizada por Dédalo (más conocida, si cabe, para el público lector de hoy en día), este construyó unas alas para su hijo Ícaro, quien, al usarlas, terminó volando demasiado cerca del sol.
Cuando la cera que mantenía unidas las alas se derritió, cayó al mar Egeo, donde encontró la muerte.
En un espectáculo romano, al intentar que Ícaro volara, falló la maquinaria escénica y el infeliz al que condenaron a interpretarlo se estrelló contra el suelo de la arena, cerca del palco imperial de Nerón, que quedó salpicado de sangre 43 .
Orfeo, cuya impaciencia había condenado a su esposa Eurídice a regresar al inframundo, conmovía a los animales, árboles y rocas con su música, pero no pudo conseguirlo con unas mujeres tracias, que lo despedazaron miembro por miembro y arrojaron su cabeza —que aún cantaba— al río Hebro.
En la arena, se hizo que árboles y rocas se movieran hacia Orfeo, que hubiera pájaros volando sobre su cabeza y que los animales se congregaran a sus pies.
Sin embargo, en esta versión, su esposa liberó a un «oso ingrato» desde una trampilla, que llevó a cabo una venganza fatal contra el marido que le había fallado de manera tan grave 44 .
Solo muy de vez en cuando, la historia se desarrollaba más positivamente en la arena que en el mito original.
Según la tradición, el héroe Leandro se ahogó en un temporal mientras atravesaba a nado el Helesponto para visitar a su amante, Hero.
Al Leandro que participó en la recreación de esa escena en el Coliseo le perdonaron la vida.
Estos mitos eran moneda común en la antigua Roma entre ricos y pobres y entre cultos e incultos por igual.
A pesar de la inesperada supervivencia del reo que interpretaba a Leandro, estas ejecuciones espectaculares ahondaban en la brecha que separaba a los espectadores —sentados en orden jerárquico según su rango y vestidos conforme a su estatus— y los personajes, extravagantemente ataviados, que sufrían extraordinarios suplicios y muertes en la arena.
Eran una advertencia visceral contra la transgresión: «Si quebrantas la ley y quedas expulsado de la sociedad, acabarás ahí abajo, al otro lado del muro del podio, sumido en un terror y un dolor comparables —o tal vez superiores— a los de los personajes míticos».
Una anécdota tomada de la ficción abre otras vías de interpretación.
Un hombre vendió unas joyas falsas a la esposa del emperador Galieno, que descubrió la estafa e hizo que condenaran al joyero a ser arrojado a las fieras.
Ya en la arena, sacaron una jaula de aquellas en las que se encerraba a los leones.
Pero al abrir la puerta, de su interior salió un capón.
Galieno hizo entonces que un pregonero anunciara el mensaje siguiente: «Un engaño cometió este y otro ha padecido» 45 . Y, acto seguido, lo dejó marchar.
Ni que decir tiene que es todo inventado, producto de la imaginativa pluma (o, siendo históricamente más precisos, estilo) del autor de la Historia Augusta.
Pero apunta a un elemento de la dinámica de los números de entretenimiento en la arena durante las jornadas de juegos que muchas veces se pasa por alto.
Me refiero a que las ejecuciones espectáculo pretendían ser cómicas: hombres corriendo de un lado para otro, revolcándose sobre la propia arena del suelo, tratando de sofocar las llamas de su particular «túnica de tormento»…
; todo eso era motivo de risa, según el cristiano Tertuliano.