Aquellos que van a morir 9. TEMPUS MERIDIANUM (MEDIODÍA) #2
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9. TEMPUS MERIDIANUM (MEDIODÍA) #2

También sostiene que le sorprendió lo que presenció.

Pero las ejecuciones eran habituales en los espectáculos del mediodía.

Por consiguiente, lo que lo desconcertó fue aquel tipo concreto de matanza, lo cual implica que fue harto inusual, por no decir inaudita.

Pero Séneca se contradice ahí mismo con cierta ligereza, pues asegura que el anfiteatro estaba vacío después de habernos dicho solo unas líneas antes que la mayoría de la gente prefería esa carnicería a los duelos gladiatorios convencionales.

El texto del que está tomado ese pasaje, la séptima de las Epístolas morales a Lucilio, es un breve tratado filosófico dirigido a un público lector general, aunque redactado en forma de carta privada.

Su tesis es que se deben evitar las multitudes, pues la gente malvada siempre tiene un efecto negativo sobre nosotros y, en una muchedumbre, ese efecto se multiplica.

No es, pues, un texto en el que debamos buscar una exposición clara, imparcial y precisa de los hechos.

Quizá Séneca exageró tanto la violencia como la reacción del público —«¡todos mueren!

, ¡la multitud se descontrola!»— para reforzar su argumento filosófico sobre la conveniencia de evitar las masas.

L AS EJECUCIONES

A los romanos se les daba bien matar a personas.

Lo hacían con ingenio y, para ser una cultura preindustrial, con asombrosa eficiencia 21 .

A un parricida lo metieron en un saco atado junto con una serpiente, un gallo y un perro, y lo ahogaron en el Tíber.

A una virgen vestal que había quebrantado sus votos la emparedaron viva en una cámara subterránea.

A los desertores y a los enemigos del Estado se les podía atar a una horca de madera donde se les azotaba hasta morir.

Esas eran penas excepcionales para crímenes excepcionales.

Si no, los métodos de ejecución habituales eran la crucifixión o la decapitación, poco efectivas ambas para amenizar una jornada de juegos gladiatorios.

La crucifixión era demasiado lenta; un hombre podía mantenerse con vida durante varios días 22 .

En Pompeya, en un anuncio de un evento de gladiadores que se iba a celebrar en Cumas, se incluía como atracción a los cruciarii, personas a las que se iba a crucificar.

Dado que solo había veinte parejas de gladiadores previstas para las cuatro jornadas que durarían aquellos juegos 23 , esa solitaria referencia a los cruciarii vuelve a sonar de nuevo a un desesperado intento por apurar las sobras tratando de darles un poco de relumbrón.

Para que una crucifixión funcionara bien como espectáculo en la arena de un anfiteatro, se necesitaban elementos añadidos.

En Lyon, se colgó a la cristiana Blandina de la cruz y, acto seguido, se soltó a varios animales salvajes contra ella 24 .

En el Coliseo, Laureolo, un delincuente al que se obligó a interpretar el papel de un bandido mítico, fue crucificado y atacado por un oso.

Sin embargo, esta representación hizo las delicias de Marcial: ¡las extremidades de Laureolo seguían vivas mientras devoraban su tronco!

25 . En Esmirna, en Asia, el cristiano Pionio fue clavado en una cruz y quemado hasta morir 26 .

En el año 64 d. C., Nerón ordenó que pusieran en escena ambos aditamentos dramáticos.

Hizo que ataran a unas cruces a los cristianos, a los que culpó del gran incendio de Roma.

Luego, a algunos los quemaron vivos para que funcionaran como antorchas que iluminaran la noche; a otros los vistieron con pieles de animales y los dejaron a merced de los perros, que los despedazaron 27 .

Si la crucifixión era demasiado lenta, la decapitación era demasiado rápida, y no solo eso, sino también demasiado honorable.

En los primeros tiempos del imperio, aquella muerte relativamente indolora y poco humillante les estaba reservada en exclusiva a los ciudadanos romanos; ni esclavos ni extranjeros tenían derecho a morir así.

En algún momento indeterminado de la historia —tal vez antes de finales del siglo II d.

C. y, en todo caso, a partir del año 212 d.

C., cuando Caracalla extendió la ciudadanía a todos los habitantes libres del imperio—, se convirtió en un método de ejecución limitado solo a los miembros de la élite: a los honestiores (los «honestos»), frente a los humiliores (los «humildes»), como se conocían por entonces las clases alta y baja.

Como veremos, era muy rara la ocasión en que a los gladiadores derrotados que no eran perdonados se les concedía la dignidad de morir por decapitación 28 .

En la arena, los métodos habituales para ejecutar a criminales condenados consistían en exponerlos a fieras o en quemarlos vivos.

Ambos podían hacerse más espectaculares mediante elaboraciones adicionales.

En el mosaico de Zliten (véase la imagen 5 del encarte fotográfico), un hombre desnudo alza las manos horrorizado mientras lo agarran del pelo y lo fuerzan con un látigo a ir hacia un león que está dando un salto.

Otros dos están atados a estacas colocadas sobre sendos carros pequeños.

A uno lo empujan hacia un leopardo; el otro ya ha sido alcanzado por uno, que le desgarra el cuerpo y le muerde la cara 29 .

En una terracota del norte de África, aparece una mujer —desnuda salvo por un taparrabos— atada a horcajadas sobre el lomo de un toro.

Un leopardo ha hecho que el toro se arrodille y ahora está despedazando a la mujer 30 .

Para nosotros, ese sería un adorno doméstico bastante extraño, pero para un amo romano era, presumiblemente, un útil elemento disuasorio que recordaba a sus esclavos los castigos que aguardaban a los desobedientes.

En el pie de la terracota, un hombre, agazapado de rodillas, asoma desde detrás de un gran escudo justo en el momento en que el leopardo ataca.

Y es que estas ejecuciones suponían un peligro para los encargados de las bestias.

En el mosaico de Zliten, el bestiarius que lleva el látigo se echa hacia atrás, alejándose del prisionero y del león que avanza.

Quienes manejaban el carro también trataban de mantener la distancia.

Nada les gustaba más a los autores de las Acta Martyrum, sobre los hechos de los mártires cristianos, que una historia en la que la fiera ignorara al cristiano y, en su lugar, atacara al cuidador.

En Cartago, cuando ataron a Saturo a un jabalí salvaje, la bestia se limitó a arrastrarlo de un lado a otro después de haber dentellado al bestiarius, que murió a los pocos días 31 .

En algunos casos, las fieras no mataban a los condenados.

Todo el mundo conocía la historia del esclavo fugitivo Androcles y el león.

Cuando aún andaba huido en el norte de África, Androcles se topó con un león al que extrajo una espina de una de sus zarpas.

Tras ser apresado de nuevo y condenado a morir entre las fieras en Roma, tuvo la feliz casualidad de encontrarse allí, en la arena, con aquel mismo león, que se le acercó dócil y sumiso como un perro.

Al difundirse lo ocurrido, tanto el hombre como el animal fueron perdonados.

Tras el indulto, Androcles adoptó la costumbre de recorrer las tabernas con una caja de limosnas en una mano y la amenazadora correa del león en la otra; un gesto intimidante para los demás bebedores, pero eficaz para estimular su generosidad 32 .

Aun así, finales tan felices eran excepcionalmente raros.

Si el condenado no salía muy malparado de su encuentro con las fieras, se le retiraba de forma temporal para hacerlo reaparecer más adelante.

Después de que las bestias ignoraran a Blandina colgada de su cruz en Lyon, la volvieron a sacar para otro espectáculo: «Tras los azotes, los animales y la parrilla ardiente, al final la arrojaron a una red y la expusieron a un toro.

Y así fue ofrecida en sacrificio» 33 . En Cartago, Saturo, tras haber sido arrastrado por el jabalí, fue devuelto más tarde a la arena para que un oso diera cuenta de él.

Como el plantígrado no quiso salir de su jaula, Saturo recibió una nueva prórroga.

En el tercer intento, un leopardo le dio un gran mordisco, pero ni así logró matarlo.

De todos modos, aquellos que, como Saturo en esa última ocasión, quedaban demasiado lastimados para futuras apariciones eran rematados por confectores, gladiadores novatos de nivel inferior.

Saturo, que tuvo tiempo incluso para convertir a uno de los soldados que lo custodiaban, encontró la muerte sin moverse, en silencio.

Su compañera mártir Perpetua, que había sobrevivido a los embates de una vaca enfurecida, fue ejecutada justo después.

Gritó cuando el primer golpe alcanzó el hueso, pero, luego, «tomó la mano temblorosa del joven gladiador y la guio hacia su garganta» 34 .