8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #8
Algunos animales exhibidos en la arena eran tan infrecuentes y extraños que resultaban antinaturales en sí mismos.
En los juegos patrocinados por Septimio Severo, se mató a la primera crocota jamás vista en Roma.
Según Dion Casio, que fue testigo presencial del acontecimiento, aquel ser procedía de la India y tenía «el color de una leona y un tigre combinados, y el aspecto general de estos animales, así como el de un perro y un zorro, todo curiosamente entremezclado» 123 .
Otros autores aseguraron que podía imitar la voz humana 124 .
Es junto a criaturas fantásticas como la crocota donde debemos situar a los seres míticos representados en el Gran Mosaico de la Caza de la mansión de Piazza Armerina (véanse las imágenes 14, 15 y 16 del encarte fotográfico).
El fénix está posado en su nido en llamas al lado de la personificación de Etiopía —o del lugar geográfico cálido y «oscuro» al que esa figura esté representando en realidad— en el ápside sur alegórico.
Pero el grifo aparece en medio de la acción principal de la escena, donde se está capturando a animales bastante normales.
De hecho, el método para atrapar a un grifo resulta sorprendentemente práctico y no es otro que usar a un hombre como cebo, igual que, en el otro extremo del mosaico, vemos que se utiliza a un cabritillo clavado a una tabla para atraer a un leopardo 125 .
Por lo que se ve, se trataba de colocar al hombre en una caja para que el grifo enredara sus garras en la madera al tratar de alcanzarlo.
Hoy sabemos que esas criaturas son ficticias.
Los romanos, sin embargo, no estaban tan seguros.
Es fácil para nosotros burlarnos de su ingenuidad, pero ellos creían haber visto tales bestias, aunque fueran solamente sus cadáveres o carcasas.
Un fénix descubierto en Egipto en el año 36 d.
C. fue luego exhibido en Roma por Claudio.
Pausanias, el escritor de viajes griego, vio los restos de un «tritón» (una especie de hombre pez) en Roma y los incluyó entre las maravillas de la ciudad 126 .
Estas criaturas fabulosas se conservaban en el palacio imperial junto a rarezas vivientes, como un niño indio sin brazos y un judío de tres metros de altura 127 .
Después de que Augusto usurpara el poder religioso supremo que antes ejercía el Senado, los emperadores se convirtieron en los mediadores supremos entre los hombres y los dioses.
A ellos se les enviaba todo aquello que se creía que desafiaba la convención del orden natural.
El palacio imperial no era solo el centro del poder político y la fuente última del patrocinio social: también tenía cierto componente de museo de historia natural y de parada de monstruos.
Peñas y bosques que aparecían y desaparecían, que se movían y se derrumbaban; animales tintados de colores antinaturales que se comportaban también de manera contraria a su naturaleza; luz extrañamente teñida y aire especiado con azafrán…
Todo esto simbolizaba el control del emperador (y, por ende, de Roma) sobre la naturaleza.
En ocasiones, el mensaje era muy directo.
En uno de los poemas de Marcial, un elefante que acababa de derrotar a un toro en el Coliseo adora (adorat) al emperador.
La adoración (proskynesis en griego) era algo que se solía reservar para los dioses.
El gesto en cuestión consistía en inclinarse de forma ligera y mandar un beso con la punta de los dedos.
¡Nada más fácil para un elefante con toda esa trompa suya!
Pero, dado que al animal se lo califica de «piadoso y suplicante», tal vez optara por una postración completa, de bruces en el suelo.
En otro poema, un antílope hembra que huía de unos sabuesos en el coso se detuvo suplicante a los pies del césar, y los perros entonces no osaron tocarla.
El poeta nos asegura que aquello no fue ningún truco que hubieran enseñado antes a dichos animales: simplemente, reconocieron por instinto el poder sagrado del emperador 128 .
¿Se creía de verdad Marcial semejantes lisonjas a la autoridad?
No lo sabemos. Pero en una cultura en la que el poder imperial solo podía entenderse por comparación con el de los dioses, tal vez esa no sea la pregunta que debiéramos hacernos.
Los juegos cambiaron también el mundo natural externo a las arenas de los anfiteatros.
Un poeta griego menor, en tiempos del imperio, escribió: «Libia, tus planicies ya no son intransitables tierras de fieras, ya no tiemblan con el rugir de los leones, pues el joven césar los ha cazado en abundancia y los ha obligado a enfrentarse a sus luchadores; y tus montañas, antiguas guaridas de bestias salvajes, son hoy pasto para el ganado» 129 .
Vemos sentimientos parecidos expresados desde el reinado de Augusto hasta el siglo V d.
C. 130 . La arqueozoología moderna coincide en señalar que toda una serie de especies del norte de África y de otras regiones geográficas fueron esquilmadas hasta el borde mismo de la extinción, cuando no hasta su erradicación efectiva 131 .
La diferencia es que, para el poeta antiguo, aquello fue un fenómeno innegablemente positivo.