Aquellos que van a morir 8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #7
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8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #7

En el año 20 a. C., en la isla de Samos, Augusto recibió a una embajada enviada por un gobernante indio con obsequios para él.

A la muerte del propio Augusto, en el año 14 d.

C., se colocó en bronce a la entrada de su mausoleo una autobiografía breve (Res gestae), reproducida luego en piedra por todo el imperio.

Allí, entre la larga lista de pueblos que él reivindicaba haber sometido por medio de la guerra o de la diplomacia, figuraban las «frecuentes embajadas de reyes indios» 101 .

Y, asimismo, como Augusto recibiendo a embajadores indios, exhibir en el anfiteatro animales que procedían de allende las fronteras constituía una poderosa afirmación ideológica de dominio universal.

E L IMPERIO UNIVERSAL: LA NATURALEZA

Cuando Lucio, el asno, oteó a través de la puerta del anfiteatro de las afueras de Corinto, vio una montaña de madera recubierta con hierba, árboles, un arroyo con agua que descendía desde la cima e incluso cabras paciendo.

Era una recreación del monte Ida de Homero, escenario del juicio de Paris.

Al concluir la pantomima —con Venus, vencedora del concurso de belleza, que se alejaba danzando feliz, mientras las perdedoras, Juno y Minerva, se retiraban con gestos de indignación, tristeza y rabia—, «desde la cumbre de la montaña, por un conducto invisible, se elevó por los aires una cortina líquida.

Era azafrán diluido en vino, que luego caía en forma de lluvia perfumada sobre las cabras que pacían por los alrededores, dando lugar a un precioso cambio: por efecto de las salpicaduras, sus vellones, de por sí blancos, se volvían oro-azafrán.

Cuando todo el anfiteatro se vio inundado de suave perfume, la montaña de madera desapareció hundiéndose en las entrañas de la tierra» 102 .

Impresionante para una representación de provincias.

En Roma, la tecnología sofisticada de los espectáculos no solo replicaba la naturaleza, sino que, con frecuencia, la subvertía: lo sólido se hacía pedazos, lo inmóvil se movía, y el tiempo se aceleraba 103 .

En la época de Augusto, se creó un modelo a gran escala del Etna sobre el que colocaron a un notorio bandido de aquella zona como si estuviera en la cima del monte.

De pronto, hicieron que el andamiaje se desmoronara de tal modo que el reo cayó al suelo y se precipitó sobre las jaulas de fieras ubicadas estratégicamente al pie del montaje.

Desencajadas con facilidad las estructuras y los barrotes que hasta entonces las sujetaban, las bestias despedazaron sin piedad a aquel hombre 104 .

En el anfiteatro de Nerón, se hizo emerger del suelo un bosque entero en cuestión de segundos 105 .

Y en la inauguración del Coliseo, los riscos de los montes Ródope «se deslizaron» hacia Orfeo y un bosque maravilloso como el de Dunsinane «corrió» hacia él, atraídos todos por el poder de su música 106 .

Muchos años más tarde, Septimio Severo ordenó construir una enorme embarcación sobre la arena del circo para que «naufragara» y, con ello, liberara a setecientos animales de golpe 107 .

También el autor de la Historia Augusta jugó con ideas similares en su ficción; allí se narra que el emperador Probo hizo que el Ejército arrancara un bosque entero, raíces incluidas, para la organización de una inverosímil cacería de fieras 108 .

Los espectáculos imperiales convertían los paisajes naturales en elementos inciertos y paradójicos: tierra y mar coexistían en el mismo lugar, por ejemplo.

Marcial cuenta que los dioses marinos quedaban desconcertados al ver cómo se cazaba allí a animales terrestres en el agua.

Tan pronto se inundaban los recintos para una naumaquia como luego se drenaban rápidamente para acoger una batalla terrestre 109 .

La arena jugaba con los sentidos del olfato y la vista con los que se percibía el mundo 110 .

Los árboles de Nerón, como el monte Ida de Apuleyo, emitían una niebla impregnada de azafrán.

Aquello cambiaba la calidad de la luz. También los toldos que colgaban sobre el recinto estaban coloreados.

El efecto que producían era como el de las vidrieras de una catedral, proyectando bloques de color cambiantes sobre las gradas.

La lona no cubría el anfiteatro en su totalidad, sino que dejaba un hueco ovalado en el centro que concentraba la luz del sol, actuando como un foco.

La propia arena podía teñirse: de rojo, de blanco o de un color cobre verdeazulado.

Algunos mosaicos norteafricanos muestran el suelo del coso cubierto de pétalos de rosa.

A ras de ese suelo, se trasformaba no solo el paisaje, sino hasta la naturaleza misma de los animales.

Los romanos dividían a estos en dos tipos: salvajes (ferae) y dentados (dentatae), o bien domesticados (pecudes o mansuetae) y herbívoros 111 .

Tanto los unos como los otros podían ser teñidos de colores artificiales para los espectáculos: a los toros se los pintaba de blanco con cuernos dorados; a los muflones se los coloreaba de escarlata o de púrpura; a los avestruces se los tintaba de bermellón 112 .

Asimismo, tanto a los animales de un tipo como a los del otro se los adiestraba para realizar trucos igualmente antinaturales.

Si volvemos a observar el mosaico de Zliten (véase la imagen 5 del encarte fotográfico), en medio de la escena de caza aparece un hombre deforme, tal vez un enano.

Mientras sostiene en las manos lo que parecen unas manzanas, está haciendo que un jabalí salvaje baile sobre las patas traseras.

El hombre lleva el cabello recogido en un moño alto, al estilo de los atletas.

Ese tipo de caracterización resultaba irónico a ojos de los romanos y, al igual que cuando se mostraba a los domadores de leones como personas ancianas, servía para recalcar la dominación humana sobre el reino animal: hasta los viejos y los deformes podían someter a las fieras 113 .

Los elefantes eran los más hábiles en los espectáculos, bailaban e incluso simulaban combates de gladiadores.

Reclinados sobre divanes gigantescos, «celebraban» cenas en las que mostraban unos modales impecables.

Uno incluso escribió griego en la arena con su trompa.

Otros caminaban por cuerdas flojas, que podían ir desde lo alto del anfiteatro hasta el suelo, algo que sin duda añadía un elemento adicional de expectación temerosa para quienes estaban sentados por debajo 114 .

Igual de inquietante debió de ser la visión de un toro «arrebatado» de la arena y elevado hacia los cielos 115 .

En los espectáculos de cacerías de bestias, los animales herbívoros no planteaban problemas, bastaba con controlar su conocida tendencia a huir.

Ahora bien, las fieras eran más complicadas.

Su reacción inicial al ser liberadas en la arena —entre aquella luz cegadora y el ensordecedor estruendo de un entorno desconocido para ellas— era buscar algún rincón donde esconderse.

Para que no lo hicieran, se las maltrataba y se les hacía pasar hambre antes del espectáculo, lo que las volvía más salvajes 116 .

Es muy probable que también se les negara el agua, aunque esto se hacía, sobre todo, para poder utilizar la sed de las supervivientes como recurso con el que atraerlas para volver a encerrarlas 117 .

También existía la posibilidad de que fueran reacias a salir de sus jaulas.

Para obligarlas a hacerlo, se empleaban látigos y antorchas encendidas.

Una vez en la arena, se las provocaba para aumentar su agresividad.

A los toros se les incitaba con muñecos de paja antes de enfrentarlos a sus verdaderos oponentes 118 .

Un bloque de piedra con un anillo de hierro empotrado, hallado in situ en el anfiteatro de Chester, nos da a entender que a algunos animales se los ataba en medio del coso 119 .

No se detenía ahí la modificación de la naturaleza.

Se propiciaban enfrentamientos entre animales que nunca habrían combatido en estado salvaje.

En el mosaico de Zliten (véase la imagen 5 del encarte fotográfico), se ve, por ejemplo, a un toro y a un oso encadenados juntos.

Esa era una combinación popular, aunque no la única.

Una tigresa de las costas del lejano mar Caspio, acostumbrada a comer de la mano de su domador, hirió salvajemente con sus colmillos a un fiero león, un «hecho nuevo y desconocido en todos los tiempos» 120 .

Al ser excitado por el personal de los juegos, un rinoceronte reticente a atacar lanzó a un toro por los aires como si fuera un juguete.

En otro poema, ese mismo rinoceronte se deshizo de un oso, dos novillos, uros y bisontes, y empujó a un león contra las lanzas de los cazadores 121 .

El más extraño de todos es un testimonio en el que se menciona a grullas luchando contra elefantes; ni idea de cómo pudo desarrollarse semejante combate 122 .