Aquellos que van a morir 8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #6
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8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #6

Ya en tierra, los convoyes de animales suponían una pesada carga que absorbía recursos de las comarcas y localidades por donde pasaban.

En el año 417 d. C., los funcionarios de Hierápolis, cerca del Éufrates, se quejaron ante Teodosio II de que una caravana se había quedado allí durante tres o cuatro meses mantenida a base de requisas ilegales.

El emperador decretó que, en adelante, las caravanas de ese tipo no podían permanecer más de siete días en el mismo lugar 83 .

Las fieras en tránsito también representaban una amenaza para la población humana local.

Un escultor llamado Pasíteles fue al puerto de Ostia cuando acababa de arribar un cargamento de animales procedente de África.

Estaba elaborando el relieve de un león encerrado dentro de su jaula «cuando sucedió que un leopardo escapó de otra cávea y puso en grave peligro a tan concienzudo artista» 84 .

La prueba más extraordinaria de la captura y el traslado de bestias destinadas a los espectáculos es el Gran Mosaico de la Caza 85 de una villa campestre y palaciega del siglo IV d.

C. próxima a la localidad siciliana de Piazza Armerina (véase la imagen 14 del encarte fotográfico).

El de la Caza, que forma parte del mayor conjunto de mosaicos antiguos que se conserva in situ, es, con sus casi sesenta metros de largo 86 y cinco de ancho, el más extenso en esa casa y ocupa, además, la posición más importante: había que cruzar por donde el Gran Mosaico para acceder al salón de recepción principal.

Para asegurarse de que quien pasara por allí dirigiría la vista al suelo, el resto del pavimento de dicho salón principal era uno de los pocos carentes de una decoración elaborada en toda aquella residencia.

En el mosaico, de ambientación rústica, hay representados animales luchando entre sí y hombres de caza con la idea de matarlos, pero, muestra también (y sobre todo) a hombres atrapando a otros animales para transportarlos hacia las venationes .

Vemos, así, a soldados (o a cazadores ataviados con la indumentaria militar que se estilaba en el siglo IV ) conduciendo a sus presas hacia unas redes.

En otro detalle del mosaico observamos a un hombre a caballo, con una cría de tigre bajo el brazo, que sube a toda prisa por la pasarela de acceso a un barco.

La tigresa que lo persigue se ha detenido distraída por un espejo, en el que ve un diminuto reflejo de sí misma, una imagen que confunde con su cría (véase la imagen 15 del encarte fotográfico).

Y, aunque esa parte no se representa en la composición, sabemos que la tigresa será capturada mientras está absorta en su reflejo 87 .

A diferencia de los cuidadores de zoo modernos, a los organizadores de festejos no les importaba el largo plazo 88 .

No les interesaba criar o reproducir animales.

Buscaban ejemplares adultos maduros, listos para ser exhibidos o sacrificados de inmediato.

Algunos animales apresados se transportaban en jaulas sobre carros; a otros, atados con cuerdas, se los suspendía de pértigas o se los arrastraba a mano.

En el centro del mosaico (véase la imagen 14 del encarte fotográfico), un barco simula un viaje por mar.

Desde la izquierda y desde la derecha, vemos a animales que, aun oponiendo más o menos resistencia, son arrastrados por rampas que conducen a bordo.

Hay marineros en cubierta que tiran de cabos y cuerdas para desplegar las velas.

Luego, en medio del mosaico, vemos cómo desembarcan a los animales por el otro extremo de esos mismos barcos.

Se supone que han arribado a suelo itálico, donde los espera un grupo de hombres distinguidos.

Del mismo modo que está claro que el lugar que muestra este detalle del mosaico es Italia, los intentos de identificación de áreas geográficas concretas del imperio en el resto de la acción representada en los otros detalles no han dado resultados convincentes 89 .

Los animales africanos —leones, elefantes, avestruces— aparecen entremezclados con otros orientales —tigres, un rinoceronte indio de un solo cuerno— y con una bestia mitológica: un grifo.

El mensaje de que, para los juegos, se reunía a animales procedentes de todos los rincones del imperio queda reforzado por los mosaicos situados en sendos ápsides.

En cada uno, aparece la personificación femenina de una región.

El de la izquierda está muy dañado, pero se conserva lo suficiente de él —el cabello rizado, la cría de tigre bajo el brazo— como para deducir que representa a Mauretania, la provincia africana más occidental de Roma.

La figura humana de la derecha ha sido identificada como Etiopía (en aquel entonces, un reino que se extendía al sur de Egipto), sobre todo porque es de piel negra y está sentada junto a un árbol de incienso (véase la imagen 16 del encarte fotográfico) 90 .

Lo que se venía a decir con ello era que, para los juegos de Roma, se capturaban animales de todas partes, desde el lejano oeste hasta el extremo suroriental.

Esa de Etiopía es una personificación harto infrecuente en el arte romano.

Solo se ha llegado a identificar una imagen más de ese tipo y corresponde a una pintura de Pompeya.

Quienes lo contemplaran en su momento —al igual que multitud de estudiosos modernos— es posible que no la identificaran más que como una referencia vagamente «oriental».

Aunque a los tres animales que la rodean sí se los relacionaba a veces con Etiopía, no se puede decir que esa fuera la procedencia con la que con mayor frecuencia se los asociaba.

El tigre a su izquierda era típico de Oriente: de Armenia, Persia o India.

El elefante a su derecha, con sus grandes orejas y su lomo cóncavo, es norteafricano.

Sobre el elefante, se encuentra un fénix mitológico, con llamas que se elevan al cielo desde su nido; esta era una criatura a la que, por lo general, se ubicaba en Arabia o Egipto (en la próxima sección, veremos qué pintaban aquí el fénix y el grifo mitológicos).

Así que, aunque estuviera en el «ápside etíope» (por así llamarlo), la interpretación que los contemporáneos del siglo IV daban posiblemente a esa imagen era que aquellos eran animales traídos de todos los rincones de la vasta extensión geográfica del imperio.

Lo cierto era, sin embargo, que algunos de los ejemplares exhibidos en los juegos en Roma procedían de regiones situadas fuera del imperio: rinocerontes del África subsahariana 91 , una serpiente gigante de la India 92 , osos polares (suponiendo que «osos árticos» no significara solo que provenían de «muy al norte», pues, en ese caso, quizá no fueran sino «osos caledonios», que, aun así, venían de más al norte del Muro de Adriano y, por tanto, de fuera de la provincia de Britania) 93 .

Todos esos lugares de origen estaban «claramente fuera del imperio» desde nuestro punto de vista, aunque no, tal vez, desde el punto de vista romano.

Para los romanos, el mundo era mucho más pequeño de lo que es en realidad.

Obviamente, ignoraban la existencia de América y de las antípodas.

El mundo que sí conocían, el «mundo habitado» (oikoumene en griego, u orbis terrarium en latín), tenía para ellos la forma de un óvalo de unos 12.

948 kilómetros de «largo» (de este a oeste) por la mitad de «ancho» (de norte a sur) 94 .

Ese espacio restringido comprimía de forma considerable el norte de Europa y excluía a la mayor parte de África.

Además, su concepción de la geografía era distinta a la nuestra 95 .

Nosotros, armados con nuestras imágenes de la NASA y nuestros atlas precisos, pensamos en términos de bloques de territorio; es lo que se conoce como «pensamiento cartográfico».

En la época clásica, hubo intentos de crear mapas topográficos de gran precisión, pero siempre fueron sumamente teóricos y ninguno de ellos salió de los confines de las «torres de marfil» académicas de los eruditos antiguos.

La mayoría de los romanos, en cambio, pensaban en términos de líneas —ríos, costas, cordilleras y caminos— a lo largo de las cuales ubicaban los distintos pueblos.

Los mapas elaborados para uso práctico eran itinerarios (listas de paradas en rutas terrestres) o periploi (listas de puertos en rutas marítimas); es lo que hoy llamaríamos un «pensamiento hodológico» (espacio vivido y recorrido por personas) 96 .

La concepción romana de la geografía influyó en su percepción del lugar que ocupaba su imperio en el mundo.

Para ellos, el mundo era más pequeño y sus dominios, más grandes de lo que lo son para nosotros.

Cuando pensamos en el Imperio romano, lo imaginamos compuesto por provincias bajo administración directa de Roma.

Basta con abrir cualquier atlas de Historia Antigua para encontrarnos con mapas de ese tipo.

Sin embargo, los romanos consideraban que su poder se extendía hasta donde llegaba su autoridad, lo que, en la práctica, significaba que alcanzaba hasta allí donde se obedecieran sus órdenes.

Los reinos clientes y los pueblos aliados eran vistos como parte integral del propio sistema imperial 97 .

De hecho, Tácito los incluye al describirlo en sus Anales 98 .

Un mapa moderno trazado bajo esos criterios ampliaría sensiblemente el territorio imperial.

Pero los romanos iban más allá. Desde principios del siglo II a.

C. (y como después harían también los chinos imperiales) 99 , adoptaron la extraordinaria idea de que cualquier acercamiento diplomático por parte de otro pueblo, sin importar las intenciones de este, equivalía a una sumisión a Roma 100 .