8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #5
La caza en Roma comenzó siendo una actividad sencilla, de bajo coste e igualitaria, consistente en unos pocos hombres a pie, acompañados quizá de un par de perros y de unas redes y unas lanzas, que se coordinaban para cazar conejos y liebres, por lo general.
Fue algo muy parecido a lo que ocurrió en la Grecia clásica.
A partir de la conquista del Mediterráneo oriental en los dos últimos siglos antes de Cristo, la élite romana adoptó nuevas variantes cinegéticas tomadas de las cortes reales helenísticas, como, por ejemplo, el estilo potenciado (merced a la riqueza del Imperio persa) de la caza a caballo tradicional de Macedonia.
A partir de ese momento, pasó a incluirse habitualmente caza mayor entre las presas, y para la persecución se solían utilizar perros importados caros, caballos de raza especiales, equipamiento de calidad y un buen número de cazadores en librea.
La élite estableció cotos de caza en sus propiedades rurales 65 .
Casi todo el mundo creía que cazar era beneficioso.
Salustio, un político resentido metido luego a historiador, fue una rara voz disidente en ese sentido al afirmar que el revolucionario Catilina había corrompido a los jóvenes por dos vías: a unos, con sabuesos y cazadores; a otros, con prostitutas.
De Salustio es también la extraordinaria afirmación de que tanto la caza como la agricultura eran ocupaciones serviles 66 .
Casi ninguno de sus contemporáneos habría estado de acuerdo con él.
Como la labranza —a la intemperie y en terrenos hostiles—, la caza era buena para curtir el cuerpo.
Requería resistencia, además de fuerza y habilidad.
Cazar también era bueno para el alma 67 .
Dion Crisóstomo le dijo al emperador Trajano —ávido cazador— que equivalía a un ejercicio de instrucción filosófica 68 : divisar a una presa para, luego, perderla.
Tal experiencia entrenaba el alma para afrontar los vaivenes extremos del destino; le enseñaba a manejar mejor el triunfo y la derrota.
Enfrentarse a fieras exigía valentía. La caza era la preparación ideal para la guerra.
El éxito dependía tanto de los dioses como de la pericia del cazador y demostraba que este era buen devoto, pues evidenciaba que contaba con el favor de los dioses.
Cazar con el estilo adecuado era un signo de estatus elevado 69 .
Trajano no fue el único gran aficionado.
La pasión de su sucesor, Adriano, por la caza puede apreciarse también en los relieves escultóricos esculpidos en los tondos incorporados al Arco de Constantino, junto al Coliseo 70 .
Y la del cónsul e historiador Flavio Arriano sale igualmente a relucir a través de su Cynegeticus, un manual sobre el arte de cazar que ha llegado hasta nosotros.
La caza era una actividad propia de los miembros de la élite.
Incluso Plinio el Joven, poco amante del aire libre, se sintió obligado a practicarla, por mucho que previera que se burlarían de él y por mucho que llevara sus cuadernos para ayudarse a sí mismo a pasar el rato 71 .
Al terminar la jornada, se ofrecían sacrificios a las deidades pertinentes y todos los participantes organizaban un banquete de comunión, ya fuera en el campo o de regreso en casa.
La caza podía utilizarse para intentar ascender socialmente 72 .
Horacio se burló de un hombre que mandó traer un jabalí del mercado con unos sirvientes armados con lanzas y redes como si lo hubieran cazado en el bosque ellos mismos 73 .
En El Satiricón de Petronio, el grotesco y trepador liberto Trimalción organizó una especie de doble cacería acompañada de festín al aire libre…
, pero en su comedor. Los divanes estaban cubiertos de colchas bordadas con redes y lanzas.
Entre los invitados se soltó a varios sabuesos importados de Esparta.
También se hizo entrar un jabalí enorme que llevaba un gorro de liberto en la cabeza, acompañado de un hombre con las piernas fajadas y una chaqueta jaspeada, elementos propios del atuendo de los cazadores.
Este último resultó ser un trinchador, pues el jabalí ya venía cocinado de antemano.
Cuando se cortó el costado del animal con un cuchillo de caza, por el boquete salieron volando unos tordos.
Pero había allí ya a punto unos pajareros que atraparon a aquellas aves comestibles con unas varas untadas de liga.
Trimalción explicó el gorro de liberto del porcino aduciendo que el jabalí estaba destinado a ser la cena de los invitados del día anterior, pero, cuando llegó el momento, estos lo habían rechazado («liberado») intacto 74 .
La plebe urbana de Roma no participaba en modo alguno del arte de la caza.
Era demasiado pobre y, además, vivía en una urbe inmensa.
Tampoco era partícipe del modo de vida civilizado y ocioso de las villas de campo de la élite, del que la caza formaba parte integral.
Cuando Augusto rediseñó la parte norte del Campo de Marte para convertirla en un parque recreativo rus in urbe, lo hizo con la intención de acercar a la plebe urbana a un aspecto de la vida de los aristócratas en sus fincas privadas, como era el de las plantas, los animales, los espacios abiertos, las comidas campestres y los paseos a la sombra.
Asimismo, cuando un emperador organizaba una cacería de fieras en el anfiteatro, estaba brindando a los plebeyos una degustación temporal y vicaria de los placeres de la caza aristocrática.
Durante una mañana, la plebe del graderío se convertía en «señora» del campo de caza.
Y, al final del día, cuando se sacrificaba y se repartía la carne de los animales abatidos, algunos plebeyos podían gozar de un festín propio de la élite, como una pierna de venado o alguna otra carne más exótica 75 .
E L IMPERIO UNIVERSAL: LA GEOGRAFÍA
La mayoría de los animales que aparecían en la arena eran locales.
En Roma, en Italia y en el resto de provincias, el cartel convencional lo protagonizaban toros, osos, jabalíes salvajes y ciervos, con sabuesos como jauría persecutoria.
Mucho mayor era el prestigio asociado a las bestias exóticas traídas de tierras lejanas: elefantes y avestruces de África; cocodrilos y tigres de Oriente.
El continente africano era el principal lugar de origen, hasta el punto de que «bestias africanas» se convirtió en un sinónimo de animales feroces.
Durante la República, el abastecimiento era puntual, se hacía según lo requiriera la ocasión y dependía en gran medida de los contactos locales en origen 76 . Como ya hemos visto, el rey Boco de Mauretania envió cien leones a Sila; asimismo, Celio siempre le estaba pidiendo panteras a Cicerón.
Ya bajo el gobierno de los emperadores, se hizo necesario implantar una logística más regular.
Aquello dio al ejército profesional una nueva función que desempeñar en tiempo de paz.
De hecho, en ocasiones, sus operaciones para reunir suficientes animales salvajes se asemejaban a maniobras militares a gran escala 77 .
En Montana, en la región de Moesia, en la frontera norte, Tiberio Claudio Ulpiano —comandante de la I Cohorte de Cilicios— erigió un altar votivo para conmemorar la exitosa captura de osos y bisontes destinados a un espectáculo imperial.
La cacería involucró no solo a los auxiliares de Ulpiano, sino también a destacamentos de la I Legión Itálica, la XI Legión Claudia y la flota del Danubio (la Classis Flavia) 78 .
Lo normal, sin embargo, era que estas actividades fueran de menor escala.
Se sabe que, a veces, se liberaba a soldados de otras obligaciones para dedicarlos a la caza (en calidad de venatores immunes) o a la captura especializada de osos (ejerciendo como ursarii).
Por los datos constatados en la plantilla de tropas de la XX Cohorte de Palmiranos, sabemos que, en Dura Europos, a orillas del Éufrates, había soldados asignados «a los leones» (ad leones): concretamente, cinco de infantería y dos de caballería en el año 219 d.
C., aunque solo tres a pie y uno montado en el 222.
En Germania, hay una inscripción que homenajea a un centurión que capturó cincuenta osos en seis meses 79 .
En África, por su parte, la alta demanda de animales que se debía satisfacer con el escaso número de tropas allí presentes —solo una legión, aunque con unidades auxiliares— dejó el campo abierto a la intervención de familiae de cazadores profesionales, como la de los telegenii 80 .
Algunos historiadores, al comparar la situación de entonces con otras equiparables en épocas más recientes, han sugerido que a los cazadores y tramperos indígenas se les debió de imponer gran parte del trabajo peligroso 81 .
Sin embargo, en las pruebas antiguas en sí, hay poco que respalde esa teoría y es mucho lo que, por el contrario, apunta a la actividad del Ejército y de los venatores profesionales en ese terreno.
Siempre que era posible, los animales eran transportados por vía fluvial o marítima, igual que el resto de mercancías a granel.
El coste en sufrimiento y muerte de aquellos ejemplares embarcados debió de ser, sin duda, desmedido.
Recordemos los problemas que tuvo Símaco para conseguir animales que llegaran vivos o en condiciones aceptables para batirse en sus espectáculos.
Aun así, si las condiciones no eran demasiado adversas, el tiempo de tránsito era mucho menor —y las tasas de supervivencia mayores— que por otras vías 82 .