Aquellos que van a morir 8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #4
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8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #4

A pesar del atractivo que ejercían las novedades, los venatores no se dividían a su vez en subgrupos con indumentarias y equipamientos diferenciados, como sí ocurría con los gladiadores.

La excepción a la uniformidad del equipo de los cazadores la encontramos en unos relieves escultóricos de la época del reinado de Augusto, así como en otros relieves de terracota que los copiaron en los siglos I y, posiblemente, II d.

C. (véase la imagen 13 del encarte fotográfico) 49 .

Las esferas ovoides de la parte superior del vano adintelado a través del que arremete el león son para contar las vueltas de las carreras de carros en el Circo Máximo.

El cazador de la derecha es un venator normal.

El de la izquierda, que no se ha apercibido de la leona que está a punto de atacarlo por la espalda, está equipado con indumentaria y armas muy similares a las de un gladiador.

Lleva casco legionario con penacho y un gran escudo ovalado, y va armado con espada.

A diferencia de un legionario, sin embargo, no lleva túnica ni armadura, sino que va vestido con un faldón y protegido por botas y una manga segmentada o enrollada en el brazo derecho.

Hay quien ha sugerido que no se trata de un venator, sino de un tipo distinto de luchador contra animales, un bestiarius (plural: bestiarii) 50 .

Es una teoría atractiva, pero no existe ninguna prueba antigua de que el término bestiarius sea aplicable a una figura como la allí representada; además, una distinción tan precisa puede que sea demasiado pedir para el rigor con el que los romanos usaban ese tipo de vocabulario.

Los bestiarii eran, ante todo, personal asistente en la arena que se encargaba de los animales.

El término llegó a aplicarse también a todos los que se enfrentaban a bestias salvajes en la arena: tanto a los cazadores profesionales (venatores) como a los condenados a morir devorados por aquellas (es decir, por damnatio ad bestias).

Por parecida extrapolación, los cristianos usaron los términos noxii —que, técnicamente, significa «condenados a muerte»— e incluso gladiator para referirse a cualquiera que participara en los espectáculos en la arena.

El hombre de torso desnudo que está a punto de ser atacado por la leona era un venator al que, como a cualquier cazador de animales en el coso, también se le podía llamar bestiarius.

Su estilo de lucha con escudo y espada parece haber sido una innovación del reinado de Augusto que desapareció en generaciones posteriores.

Un cazador de la arena podía alcanzar fama y celebridad.

Marcial compuso tres poemas en alabanza de Carpóforo.

En ellos describe cómo, gracias a la puntería infalible con que arrojaba su lanza, el joven venator logró un hito superior al de los doce trabajos de Hércules al «haber domeñado a veinte fieras a la vez».

Si Carpóforo hubiera nacido en una tierra bárbara en tiempos antiguos, no solo habría superado a Hércules.

Teseo, Belerofonte, Jasón, Perseo…, todos habrían quedado eclipsados.

Habría acabado con la hidra de un solo golpe.

En el Coliseo, Carpóforo mató un oso polar, un león y una pantera 51 .

Fuera del foco de la poesía de Marcial, sin embargo, poco sabemos de los venatores, que, a diferencia de muchos gladiadores, no dejaron lápidas tras de sí.

Aunque no fuera ese el caso de Carpóforo, lo cierto es que un buen número de ellos nacieron en tierras «bárbaras», en las fronteras del imperio o más allá.

El rey de Mauretania (cuyo territorio coincidía aproximadamente con lo que hoy es Marruecos) envió a Sila cien leones y cien lanceros nativos para cazar a aquellas fieras en combate.

Lucio Domicio Enobarbo importó a cien etíopes para que cazaran a cien osos númidas 52 .

Y, como ya hemos visto, los desdichados elefantes de Pompeyo murieron cazados por jabalineros de las tribus getulas norteafricanas.

A Cómodo lo entrenaron tanto lanceros mauretanos como arqueros partos.

Estos inmigrantes «no romanizados» no tenían el «hábito epigráfico» de erigir inscripciones.

La mayoría de ellos no habrían tenido dinero siquiera para costear un pequeño detalle conmemorativo.

Los venatores eran menos glamurosos que los gladiadores, pero, a cambio, también eran objeto de un menor rechazo social.

Esto se debía, en gran parte, a que muchos de ellos eran bárbaros, lo que significaba que jamás podrían recibir una adulación semejante, pero también que su aparición en la arena no se consideraba una deshonra tan grande, dada la villanía de su estatus inicial.

De hecho, algunos jóvenes de la élite local luchaban contra toros en Éfeso (por cierto, el único tipo de cacería en la arena que se practicaba a caballo).

Y otros jóvenes de buena familia también cazaban osos en ese tipo de espectáculos en la Galia.

Ya hemos visto que, en Roma, enfrentarse a bestias salvajes en la arena no acarreaba vergüenza alguna siempre que se hiciera por una pura demostración de valor y no por motivos viles.

Tanto Claudio 53 como Nerón 54 emplearon a oficiales y soldados regulares de la guardia imperial de caballería (equites singulares) en exhibiciones de caza en la arena.

Estos eventos eran inusuales y, en ningún caso, se insinuó siquiera que los guardias en cuestión pudieran combatir como gladiadores.

En cierto sentido, los hombres libres —como soldados o incluso miembros de la élite— que participaban en una venatio cazaban en la arena de un anfiteatro en lugar de hacerlo en plena naturaleza; eso era todo.

No cabe duda de que los enfrentamientos con fieras eran populares por sí mismos.

Libanio, en el siglo IV d. C., cuenta que, en Antioquía, la gente hacía cola toda la noche para conseguir entradas 55 .

A algunas personas les interesaban más esas cazas que los combates de gladiadores.

En Sobre los espectáculos, donde Marcial celebra la inauguración del Coliseo, el poeta dedica unas dieciséis composiciones a las contiendas contra bestias salvajes y solo cuatro a los gladiadores 56 .

En el norte de África, los mosaicos representativos de venationes superan con creces a los de gladiadores 57 .

Sin embargo, desde los tiempos del reinado de Augusto, las luchas con fieras quedaron en un plano inferior, subordinado al de los combates gladiatorios.

En un evento «apropiado y legítimo», las venationes de la mañana servían de calentamiento para la gran atracción de la tarde: el enfrentamiento entre gladiadores.

Las celebraciones imperiales eran grandiosas y exóticas, dado que cada nuevo emperador se proponía superar a sus predecesores.

Ya hemos comentado que en la autobiografía resumida que colocó frente a su mausoleo, Augusto afirmó haber ofrecido cacerías de fieras en veintiséis ocasiones, durante las cuales se liquidó a unas tres mil quinientas bestias africanas 58 .

En los juegos patrocinados por Tito con motivo de la inauguración del Coliseo, se mató a unos nueve mil animales —tanto salvajes como domesticados— a lo largo de cien días 59 .

En los ciento veintitrés días de juegos que se organizaron para celebrar el triunfo dacio de Trajano, once mil animales —de los dos tipos también— hallaron su final 60 .

El tema cautivaba al autor de la Historia Augusta, muy aficionado a confeccionar listas en sus relatos ficticios.

Según ese texto, en un día, el emperador Probo dio muerte a mil avestruces, mil ciervos, mil jabalíes y también a otros herbívoros, como venados, íbices, muflones, etcétera 61 .

En otra ocasión, les llegó el turno a cien leones, cien leopardos libios, cien leopardos sirios, cien leonas y trescientos osos.

Setecientas fieras salvajes en total, con las que se superó con creces el promedio diario de noventa animales sacrificados de toda clase atribuido tanto a Tito como a Trajano 62 .

Aun así, los fastuosos espectáculos imperiales fueron, en realidad, muy excepcionales.

Fuera de Roma, todo se organizaba a una escala muchísimo menor 63 .

Las inscripciones dan testimonio de acontecimientos de ese tipo en Italia 64 .

En Minturnae (actual Minturno), en unos juegos se incluyeron apenas cuatro animales herbívoros por cada una de sus cuatro jornadas, así como un total de diez «crueles osos».

En otros, celebrados en Beneventum (actual Benevento), los organizadores se jactaron de contar con unos escasos dieciséis osos y otras cuatro bestias «feroces».

Y aunque otra ciudad —de la que desconocemos el nombre— se tuvo que contentar con diez herbívoros y apenas cuatro animales «feroces de dientes grandes», la ocasión fue considerada digna de inmortalizarse en piedra.

Quizá sí sea cierto que Magerio y su mosaiquista nos estaban mostrando, en realidad, la totalidad de sus juegos.

L A CAZA

La caza y la guerra ocupaban un lugar central en la mentalidad romana.

Rómulo y Remo conquistaron el liderazgo gracias a su destreza militar y cinegética (o, al menos, eso creían implícitamente los romanos posteriores).

El campo de batalla y el terreno de caza siguieron siendo elementos esenciales de la identidad romana mucho tiempo después de que ambas realidades desaparecieran de la experiencia cotidiana de la mayoría de los habitantes de la Ciudad Eterna.