8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #3
En el registro central, por su parte, se muestra a cuatro figuras sin nombre.
En el centro está un heraldo de elegante atuendo al que identificamos como tal por la inscripción que lo rodea.
Sostiene una gran bandeja con cuatro bolsas de dinero, cada una marcada con el símbolo del millar.
Al heraldo lo flanquean dos divinidades, o quizá dos ayudantes de los espectáculos en la arena disfrazados de dioses.
La figura femenina, a su derecha (o a nuestra izquierda), ha sido identificada como Diana por su indumentaria y el tallo de mijo que sostiene.
Como diosa de la caza, Diana era la perfecta deidad patrona de una venatio, sobre todo porque a menudo se la asociaba con Némesis, la divinidad particular del anfiteatro.
El dios masculino, desnudo salvo por unas sandalias altas y una capa, es más difícil de identificar.
Podría ser Hermes (Mercurio), guía de las almas hacia el inframundo, lo cual encajaría con el contexto anfiteatral.
Pero el bastón rematado con punta en forma de media luna es un atributo que a veces portaba Dioniso, en especial, en el arte norteafricano de entonces.
Dioniso, señor de las bestias, también habría sido una presencia muy apropiada para una venatio 37 .
Por último, la última figura (a la derecha e invertida en la imagen del mosaico) solo conserva indemnes la cabeza y el hombro izquierdo, además de la punta del bastón que probablemente sostenía en la mano derecha.
Vestido de forma elaborada y reproducido a una escala mayor que las demás figuras, este personaje representa al patrocinador de los juegos.
Dioniso se dirige a él haciéndole un gesto con un objeto circular que podríamos interpretar como si el dios estuviera a punto de coronarlo.
Puede sorprendernos que este dignatario local no lleve toga, pero, puesto que tras el año 212 d.
C. todos los hombres libres pasaron a tener derecho a vestir la indumentaria de un ciudadano romano, tal vez pensó que un atuendo más elaborado destacaría mejor su riqueza y posición social.
Lo que da vida a este mosaico único es su inscripción 38 .
A ambos extremos del registro central puede leerse «MAGERI» en sendas leyendas que miran cada una en sentido opuesto a la otra («mageri» / « ı̣ɹǝƃɐɯ »).
Es el nombre de un varón escrito en caso vocativo.
Se trata de las aclamaciones que el público dirige al organizador del espectáculo: «¡Oh, Magerio!
». La inscripción situada sobre la cabeza del propio Magerio lleva un símbolo no identificado que apunta hacia abajo a modo de flecha, por si alguien no ha captado ya quién es el protagonista.
Las dos inscripciones largas nos transportan a un momento concreto de la jornada.
Son un diálogo entre el público y Magerio, quien habla a través del heraldo 39 .
Lo hace con toda la intención para señalar —como si de un emperador en los juegos se tratase— que es demasiado distinguido para dirigirse a las masas directamente.
A nuestra izquierda, leemos:
Palabras del heraldo: «Señores míos, si el espectáculo ha sido de vuestro agrado, los telegenii merecen vuestra merced por cada leopardo. Dadles quinientos denarios».
A nuestra derecha, la multitud responde:
Aclamación: «¡Que vuestro ejemplo guíe a los juegos del futuro!
¡Que incluso los antiguos oigan hablar de este día!
¿De dónde sale semejante espectáculo? ¿Cuándo se ha visto algo así?
¡Vos nos ofrecéis los juegos siguiendo el ejemplo de los cuestores!
¡Y con vuestro propio dinero! ¡Este es vuestro día! ».
Magerio cumple y otorga: «¡He aquí riqueza! ¡He aquí poder! ¡Aquí y ahora! ¡Y la noche ha llegado! ¡Permitid que salgan de estos vuestros juegos con las bolsas llenas de dinero!» 40 .
Ya hemos visto a los telegenii antes, en la cena libera, con los toros durmientes del mosaico de El Djem (véase la imagen 3 del encarte fotográfico) 41 .
Ellos eran una de las organizaciones (una de las familiae) de venatores del norte de África que capturaban, enviaban y, luego, cazaban en la arena a los animales.
Si se les contrataba —como hizo Magerio—, se adquiría el servicio completo.
Dioniso y Diana eran deidades patronas de los telegenii; el bastón con la punta curva y el tallo de mijo eran dos de sus símbolos.
Es posible que tomaran su nombre de Telégono, hijo de Odiseo y de Circe, la hechicera que transformaba a los hombres en animales.
Fijémonos en que las sobras proyectadas por Spittara terminan en lo que parecen ser las garras de una bestia feroz.
Hay un matiz importante en esa historia.
El heraldo pide al público que entregue a los telegenii quinientos denarios por cada leopardo 42 , aunque todos sabían que, en realidad, sería Magerio quien pagaría.
Aunque esto no se menciona directamente en el diálogo, el símbolo en las bolsas de dinero indica que Magerio hizo un alarde de generosidad al entregar el doble de esa cantidad.
Mil denarios equivalían a cuatro mil sestercios, una retribución más que digna por una sola actuación.
El mosaico, como gran parte del arte romano, juega con el tiempo y lo entrelaza.
El mosaiquista ha plasmado la escena como si todo estuviera ocurriendo a la vez, pese a que la conversación entre el heraldo y el público —en el registro central— tuvo lugar después de la acción representada en los registros superior e inferior, una vez abatidos ya los leopardos 43 .
¿En qué orden deberíamos leer los acontecimientos de la parte de arriba y de la parte de abajo?
Hay quienes sugieren una lectura secuencial, en el sentido de las agujas del reloj y partiendo de la esquina superior izquierda, de modo que primero sería Mamertino quien se enfrentó a Romanus, y que el último en luchar sería Spittara contra Victor 44 .
Sin embargo, vemos que Bullarius, tras herir de muerte a Luxurius, acude en ayuda de Hilarinus contra su leopardo.
Todos los combatientes estaban en la arena simultáneamente.
Ese «¡Y la noche ha llegado!» indica que era el momento de despedirse de los cazadores.
De hecho, vemos que los cazadores, las fieras y los dioses proyectan sombras largas, todas orientadas en una misma dirección.
El combate ocurrió, pues, al final del día.
¿Debemos suponer, entonces, que en lo que ahí vemos está representada la totalidad del espectáculo?
¿O solo se nos ha querido ofrecer su momento culminante?
45 . Esto último tendría sentido, pues, como clímax de sus juegos, Magerio habría hecho saltar a la arena a cuatro estrellas de los célebres telegenii para que se enfrentaran a cuatro leopardos: cuatro cazadores cuya fama por hazañas anteriores en el anfiteatro los había convertido en personajes famosos.
Como en el caso del mosaico de la cena libera de El Djem, esta es una obra de arte singular y única, encargada especialmente por un magnate local que buscaba inmortalizar su generosidad.
Y gracias al azar que permitió que, contra todo pronóstico, la composición en cuestión se conservara hasta la actualidad, la estrategia de Magerio funcionó: aún seguimos hablando de él hoy en día.
Uno de los aspectos más fascinantes de este mosaico es el papel del público, que dista mucho de ser un grupo de espectadores pasivos.
Cuando corean que tanto las generaciones futuras como las pasadas oirán hablar de los juegos de Magerio, están presionando a otros miembros de la élite local para que patrocinen espectáculos igual de fastuosos, y no solo cuando ocupen cargos públicos (como el de cuestor), sino también en otros momentos y con dinero propio.
El heraldo trata a los asistentes como si el espectáculo fuera suyo (de ellos).
Les pide que aprueben el pago que se entregará a los cazadores, y se dirige a ellos con la fórmula «señores míos» (domini mei).
Los pobres y los marginados presentes en las gradas se convierten así, pues, en «señores» por un día.
Los venatores (cazadores)
Tres de los cazadores representados en el mosaico van equipados como los típicos venatores 46 .
Visten túnicas bordadas y una especie de perneras segmentadas —Bullarius también lleva una protección parecida en el antebrazo izquierdo—, y empuñan lanza, igual que los cazadores que servían en una hacienda aristocrática.
El de Spittara es un caso distinto. Semidesnudo, con un amuleto colgado al cuello, parece estar luchando sobre un par de zancos (a menos que no lo sean y se trate más bien de la sombra de su figura).
Tan extraordinario despliegue de destreza debió de ser un muy digno colofón para una cacería de fieras.
La novedad siempre atraía mucha atención en los juegos.
En ocasiones, los venatores manejaban también arcos y flechas.
Arqueros de Partia (región aproximadamente correspondiente con el Irak y el Irán actuales) entrenaron al emperador Cómodo para que supiera disparar contra avestruces en la arena.
El emperador usaba puntas de flecha especiales en forma de media luna; de esa forma, el flechazo, en vez de atravesar a las aves, les cortaba la cabeza y ellas seguían corriendo decapitadas 47 .
De todos modos, la arquería era poco habitual en la arena, porque los arcos tienen un alcance efectivo de más de ciento cincuenta metros y las redes de protección no garantizaban que pudieran detener las flechas perdidas.
Dion Casio cuenta que el público llegó a abstenerse de ir al Coliseo porque, según un rumor, Cómodo, interpretando el papel de Hércules matando a las aves del Estínfalo, planeaba disparar contra algunos de los espectadores 48 .