Aquellos que van a morir 8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #2
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8. MATUTINUS (LA MAÑANA) #2

Tras derrotar a enemigos que utilizaban elefantes como animales de combate —con Aníbal, sin duda, como el más famoso de ellos—, los romanos desarrollaron cierta simpatía por esos animales.

Los llamaban «vacas de Lucania» por ser allí, en el sur de Italia, donde se enfrentaron por primera vez a ellos al ser usados por el ejército de Pirro de Epiro 16 .

Como veremos, solían exhibir con frecuencia a estos inteligentes seres haciendo trucos, como en un circo moderno.

Se creía que los elefantes entendían el lenguaje humano, saludaban al sol naciente, realizaban rituales de purificación y rendían culto a los dioses.

El singular episodio en los juegos de Pompeyo se debió a que se pensaba que estaban muy próximos a la condición humana y compartían muchas de las características de esta, tanto las buenas como las malas 17 .

Según Polemón, el elefante era «valiente, temido, de fuerte voluntad, digno, muy ambicioso, malicioso, infiel, promiscuo, amante de la depravación, poseedor de jovialidad e inteligencia, y pacífico con quienes hacen las paces con él»; era, en definitiva, tal como los romanos se veían a sí mismos 18 .

Sin embargo, no deja de ser llamativo que, si bien el público —según Plinio— lloró y maldijo a Pompeyo, no solicitara al mismo tiempo que se les perdonara la vida a los elefantes aún supervivientes 19 .

Dos elementos del día a día habituaban a los romanos al sacrificio de animales.

En primer lugar, la mayoría de carniceros practicaban su oficio en la calle, delante de sus propias tiendas 20 .

En el Occidente moderno, los cortes de carne se adquieren en el supermercado ya envasados en bandejas envueltas en celofán, completamente separados del proceso de su sacrificio y su preparación previos.

Cuando un romano iba a comprar carne, veía la sangre y olía las vísceras.

Los huesos de animales hallados cerca de la Meta Sudans, una fuente monumental situada en el exterior del Coliseo, indican que los animales de los espectáculos se aprovechaban y se despiezaban en público para su consumo como carne 21 .

En segundo lugar, el sacrificio animal era el acto central de la religión pagana 22 .

A los cuadrúpedos se los aturdía con un mazo y, a continuación, se los degollaba.

La forma en que les brotaba la sangre en ese momento era estudiada con detenimiento.

Para que la ofrenda fuera aceptada por las deidades del inframundo, debía manar hacia abajo, en dirección al suelo; para que fuera aceptable para los dioses olímpicos, debía hacerlo hacia arriba (lo ideal era que salpicara el altar).

La mayoría de los sacrificios se seguían de un banquete.

Los huesos y la grasa se reservaban para los dioses; los fieles se quedaban con la carne asada.

Los romanos asociaban el sacrificio de animales con devoción religiosa y con festines culinarios poco frecuentes.

Tal vez amaran a animales individuales concretos y atribuyeran características humanas a todas las especies, pero no sentían remilgos ante las cacerías de fieras.

L OS ESPECTÁCULOS

Las venationes romanas (cacerías de fieras salvajes)

Algunos festivales religiosos romanos tradicionales implicaban la muerte de animales por medios distintos al sacrificio.

En las floralias, unas festividades instituidas en el 240 a.

C., se cazaban ciervos y conejos en el circo.

Asimismo, como su nombre da a entender, los ludi taurei (o juegos taurios) incluían la caza de toros.

Este festival, que también se celebraba en el circo, se consideraba tan antiguo que algunos remontaban sus orígenes a la época de los reyes míticos.

El más perturbador para nuestra sensibilidad moderna era el festival dedicado a la antigua diosa itálica de la fertilidad, Ceres.

Durante las cerealias, se ataban antorchas a las colas de zorros y se les prendían fuego.

Los animales, aterrorizados, corrían de un lado a otro del recinto en un intento desesperado por evitar morir quemados.

Dado el temor constante al fuego en Roma, una ciudad construida en gran parte con madera, seguro que se tenía un cuidado extremo en que ninguno escapara de aquella particular encerrona 23 .

A medida que el imperio se expandía en los siglos III y II a.

C. a costa de enemigos de África y el Mediterráneo oriental, los generales victoriosos traían de regreso animales exóticos para exhibirlos junto con prisioneros de guerra.

En el año 275 a. C., el cónsul Manio Curio Dentato mostró cuatro elefantes que había capturado a Pirro de Epiro en el sur de Italia.

En el 252 a. C., les tocó el turno a nada menos que ciento cuarenta paquidermos tomados de los cartagineses y exhibidos por el procónsul Lucio Cecilio Metelo, quien luego los hizo luchar contra hombres en el circo 24 .

Tres siglos más tarde, Plinio el Viejo hallaría discrepancias entre sus fuentes: en una se decía que los elefantes fueron masacrados con jabalinas; en otra se afirmaba que solo fueron perseguidos por operarios con lanzas despuntadas.

Aunque sobre esto último, el propio Plinio añadió que «los autores que piensan que no se los mató no explican qué se hizo con ellos» 25 .

Las venationes romanas (cacerías de fieras salvajes) nacieron de la combinación de las tradiciones de la caza y matanza de animales en festivales y de la exhibición de bestias exóticas en los desfiles triunfales.

La primera venatio de la que tenemos constancia fehaciente fue organizada por Marco Fulvio Nobilior en el año 186 a.

C. y tuvo como protagonistas a leones y leopardos 26 .

El escenario principal para esas cacerías de fieras siguió siendo el circo.

Enseguida trascendieron el ámbito de los triunfos y se extendieron a los funerales de miembros de la élite y a algunos festivales oficiales.

En el 169 a. C., los ediles organizaron luchas con sesenta y tres fieras africanas (leones o leopardos), cuarenta osos y un número indeterminado de elefantes 27 .

Pronto se dictaron leyes (totalmente inefectivas) para limitar la cuantía de dinero que se podía gastar en la promoción de espectáculos con animales, y para prohibir la importación de bestias salvajes de África 28 .

Esta última norma se derogaría al poco tiempo, con lo que el número de animales aumentó, así como la variedad de fieras exóticas añadidas a las funciones 29 .

En el 58 a. C. un senador sufragó ciento cincuenta leopardos, cinco cocodrilos y un hipopótamo.

En el 55 a. C. Pompeyo patrocinó un evento con cuatrocientos diez leopardos, quinientos o seiscientos leones, y varios animales más, incluido el único lince al que se hizo luchar en la arena (o, al menos, el único del que tenemos constancia), además de los susodichos elefantes que concitaron la compasión del público.

Unos años más tarde, Julio César presentó cuatrocientos leones, toros de lidia de Tesalia (Grecia) y la primera jirafa jamás vista en Roma, así como infantería, caballería y, al menos, cuarenta elefantes para una batalla escenificada.

Esa fue la primera ocasión conocida en que las luchas de bestias se celebraron junto al combate de gladiadores.

Y, de hecho, marcaría una pauta. Como hemos visto, ya en tiempos de Augusto, una jornada de los juegos no se podía considerar «apropiada y legítima» (iustum atque legitimum) si no incluía una cacería de fieras y luchas de gladiadores 30 .

Los espectáculos con bestias salvajes podían ser de tres tipos: de animales haciendo trucos (o, simplemente, exhibidos, como en un zoológico), de animales persiguiendo a otros o luchando contra ellos y de hombres cazándolos y matándolos 31 .

El mosaico de Magerio

Una buena manera de enfocar las cacerías de bestias —es decir, de aproximarnos de verdad a ellas, de zambullirnos en su acción— es analizando el conocido mosaico de Magerio (véase la imagen 12 del encarte fotográfico).

Descubierto en 1966 en las proximidades del insignificante asentamiento antiguo que se estableció en Smirat, en el norte de África (en la actual Túnez), debía de proceder de una villa campestre de la élite 32 .

Su estilo lo sitúa en el siglo III d. C.

33 . Se desconoce el contexto de su ubicación dentro de su edificio de procedencia.

Como presenta dos puntos de vista —desde la parte superior y desde la inferior de la imagen, según se ilustra aquí—, no es probable que decorara el suelo de un comedor, ya que ninguna de las imágenes o textos estaría orientada así hacia los comensales, reclinados a lo largo de uno u otro de sus lados cortos.

Parece más bien que estuviera en la habitación de alguna terma privada anexa a la villa, ya que estas sí solían tener dos accesos 34 .

El mosaico presenta tres registros de imágenes inscritos dentro de un borde decorativo.

Los niveles superior e inferior contienen, en conjunto, cuatro leopardos y cuatro cazadores.

El hecho de que los felinos lleven guirnaldas alrededor del tronco nos indica que la escena representa una cacería en el anfiteatro, no en la naturaleza.

Asimismo, las cuatro bandas onduladas que se dibujan en el borde podrían simbolizar la red que protegía al público.

Los cuatro leopardos tienen nombres: Romanus («Romano»), Luxurius («Juguetón»), Crispinus («Rizado») y Victor («Vencedor», nombre irónico en su caso, dado el chorro de sangre que vemos emanar de su pecho).

También los cazadores tienen sendos nombres artísticos 35 : Mamertinus (hijo del dios de la guerra, Marte), Hilarinus («Alegre»), Bullarius (tal vez en alusión a su procedencia de Bulla Regia, ciudad del norte de África) y Spittara (nombre singular que posiblemente dé a entender un origen oriental) 36 .