8. MATUTINUS (LA MAÑANA)
M ATUTINUS ( L A MAÑANA)
Al igual que los gladiadores, estos venatores o bestiarii son, en su mayoría, esclavos, y, solo en algunos casos, voluntarios libres.
No llevan armadura, sino que visten el atuendo típico de los cazadores de las casas de la élite: túnica elegante y grebas segmentadas o enrolladas para protegerse las piernas.
Algunos usan arco y flechas, pero muchos otros empuñan jabalinas y lanzas.
En los eventos organizados por los emperadores, el número de animales sacrificados (tanto herbívoros como carnívoros) es impresionante.
Nueve mil mueren en los cien días en los que se prolongó la inauguración del Coliseo; once mil durante los ciento veintitrés que duraron los festejos del triunfo dacio de Trajano.
En ambos casos, la media fue la misma: unos noventa animales muertos cada mañana.
Para proveer semejante número de ejemplares, hay creado todo un sofisticado sistema logístico de captura, transporte y alimentación de animales.
En las inscripciones se menciona la existencia de compañías (familiae) de cazadores y transportistas.
La carne de las fieras sacrificadas se utiliza para alimentar a las supervivientes o se distribuye entre la plebe romana.
Los cristianos acusaban a los paganos de canibalismo por vía indirecta: se comían la carne de animales que acababan de devorar a seres humanos.
L AS ACTITUDES ANTE LOS ANIMALES
Cuando el emperador Septimio Severo disolvió la Guardia Pretoriana, a la que acababa de enfrentarse en una guerra civil, uno de los miembros de aquella, al ver que «su caballo no quería separarse de él y no dejaba de seguirle ni de relinchar, decidió, abrumado por la pena, matar al animal y darse muerte a sí mismo» 2 .
Los romanos amaban a sus mascotas y animales de compañía.
Catulo dedicó un par de poemas al gorrión de su amante, Lesbia, y al dolor que ella sintió por la muerte de aquel pájaro 3 .
Más tarde, el poeta Marcial le daría réplica: puede que Lesbia estuviera desolada por la pérdida de su gorrión, pero cuán peor fue para la amante del propio Marcial haber perdido a un esclavo de doce años cuya verga medía ya casi medio metro a tan tierna edad 4 .
Y el afecto iba en ambos sentidos. Cuando un hombre llamado Sabino fue ejecutado y arrojado al Tíber, su perro saltó tras él y murió ahogado 5 .
Hay lápidas de gladiadores que aparecen representados junto a sus perros 6 .
Educados con las fábulas de Esopo, los romanos antropomorfizaban a los animales 7 .
Algunas de las características humanas que les atribuían nos son también muy conocidas a nosotros.
Decían, por ejemplo, que los perros son leales, y los zorros, astutos.
Otras nos resultan más ajenas: los osos eran crueles; los gorriones, lascivos.
«Gorrión» (passer) tal vez fuera una expresión de argot para referirse al pene 8 , lo que abriría la puerta a toda clase de interpretaciones de los poemas de Catulo.
Nos resulte familiar o no, lo cierto es que la antropomorfización romana iba mucho más allá de la nuestra.
Según el fisiognomista Polemón, el león era «valiente, audaz, poderoso, irascible, paciente cuando se calmaba, modesto, generoso, muy ambicioso y pérfido» 9 .
En el mundo moderno, podemos estar de acuerdo con las cinco primeras características, pero la modestia, la generosidad, la ambición y la perfidia parecen un poco excesivas.
En el mundo clásico, sin embargo, se podía ir más lejos aún.
El caballo de un jinete resultó herido y perdió la vista de un ojo.
Su dueño hizo una plegaria al dios Serapis, indicando que el caballo no había hecho nada malo, no había cometido sacrilegio ni asesinato y jamás había hablado con impiedad.
El poderoso dios no le hizo un desprecio a la muda bestia y le proporcionó una cura para su ojo 10 .
Pese al cariño y la antropomorfización mencionados, no deberíamos precipitarnos y pensar que las actitudes romanas hacia los animales eran básicamente las mismas que las nuestras 11 .
Para ellos, la defensa de los derechos de los animales era una postura tan inusual como excéntrica, circunscrita por entero a ciertas escuelas filosóficas muy concretas.
Los pitagóricos, por ejemplo, propugnaban el animalismo junto con su no menos extraño vegetarianismo y su peculiar creencia en la transmigración de las almas.
Influidos por el pitagorismo, algunos platónicos también adoptaron la postura animalista, aunque ese no fuera el caso del propio Platón.
Estos filósofos sabían que estaban yendo contra las opiniones convencionales.
Plutarco aplicó a la cuestión un enfoque más indirecto, además de su particular humor.
En Sobre la inteligencia de los animales, donde aborda la cuestión de si son más inteligentes los animales terrestres o los marinos, no llega a dar respuesta a esta pregunta, pero afirma que los argumentos de los que defienden una cosa y los que defienden la otra demuestran que, en todo caso, los animales son racionales.
En otro diálogo, Grilo —un hombre al que han convertido en un cerdo (gryllus significa «gruñidor»)— le confiesa a Odiseo que no tiene deseo alguno de recuperar su antigua condición humana, pues los animales son más virtuosos 12 .
Pero pese a la gran destreza literaria de Plutarco, las tesis de todos esos filósofos nunca dejaron de sonar tan extrañas y, en esencia, ridículas a oídos de la mayoría de los romanos como suenan las de los filósofos modernos a la mayoría de las personas de hoy en día.
Mucho más en sintonía con la corriente de pensamiento popular dominante en este ámbito estaban las tesis de las dos escuelas filosóficas más influyentes durante la República tardía y el imperio temprano: la estoica y la epicúrea.
Ambas seguían en esto a Aristóteles: los animales no eran racionales y no tenían alma; representaban un orden inferior del ser y, por tanto, no gozaban de ningún derecho.
Existían para el uso y disfrute de los humanos.
Muy influido por el estoicismo, Agustín de Hipona fijaría las actitudes cristianas al respecto sobre idénticas bases.
Muy rara es la ocasión en la que en las fuentes literarias —como es el caso de la siguiente de Cicerón— se critican las cacerías de fieras. Pero en ningún caso veremos que se hace por un sentimiento de compasión por los animales.
¿Qué placer puede hallar un hombre de refinada cultura en que un débil ser humano sea despedazado por una fiera poderosa o en que un noble animal sea atravesado por un venablo?
Pese a todo, esto, si merece la pena verse, lo has visto muchas veces, y yo, que asistí a ese espectáculo, tampoco he visto nada nuevo 13 .
Las cacerías podían considerarse un despilfarro del dinero de los patrocinadores y una pérdida del tiempo de los espectadores de la élite.
Lo primero, porque la popularidad que proporcionaban era efímera: el dinero podría haberse dedicado a mejores fines, como pagar rescates por personas cautivas de los forajidos, avalar o saldar deudas de amigos, o ayudar a estos a adquirir o ampliar patrimonio.
Lo segundo, porque los espectadores de la élite (esos hombres «de refinada cultura», en palabras de Cicerón) mejor harían invirtiendo su tiempo en cultivar aún más su alta cultura o su virtud (cosas ambas que, claro está, a ojos de la élite venían a ser más o menos lo mismo y la distinguían de la plebe) 14 .
Solo se tiene noticia de una ocasión en la que el público se mostró compasivo con los animales en el anfiteatro.
En el año 55 a. C., Pompeyo enfrentó a unos veinte elefantes contra jabalineros getulos (del norte de África).
Según Cicerón, que presenció el espectáculo, el público, aunque asombrado, no lo disfrutó: «Más aún, incluso se produjo cierta compasión y la idea de que hay algún tipo de relación entre estos animales y el género humano».
Más de un siglo después, aunque basándose en fuentes anteriores, Plinio el Viejo proporcionó más detalles.
Al principio, todo transcurrió bien. Un elefante luchó de forma extraordinaria, avanzando de rodillas incluso cuando le perforaron los pies y lanzando por los aires los escudos de sus atacantes.
Los espectadores quedaron maravillados al ver que otro elefante era abatido por una única jabalina que le penetró en la cabeza por debajo del ojo.
Pero, de pronto, todo cambió. Los restantes paquidermos del grupo intentaron abrirse paso a través de las vallas de hierro.
Al no lograrlo y viéndose sin esperanza de escapar, dirigieron la mirada al público buscando su conmiseración, adoptando una postura de súplica acompañada de un lamento sonoro.
Con ello lograron conquistar a la multitud, que dio un vuelco emocional: los asistentes se levantaron de sus asientos y, entre múltiples lloros, maldijeron a Pompeyo.
En época más tardía aún, más de dos siglos y medio después de lo ocurrido, Dion Casio añadió nuevos detalles de los que, sin embargo, admitió no poder corroborar su veracidad.
Afirmó que los elefantes solo subieron a los barcos que los trasladaron desde África porque sus conductores les juraron que no sufrirían daño alguno.
Luego, atrapados en la arena del anfiteatro, lanzaban tales gemidos que los allí presentes pensaron que «impetraban venganza de la divinidad» 15 .