Aquellos que van a morir 7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #7
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7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #7

La ceremonia escenificaba una parte del propio juramento gladiatorio: atar, quemar, matar a cuchillo, ser flagelado…

Resulta significativo que Séneca incluyera en ella solamente a los hombres libres que se hubieran presentado voluntarios como gladiadores.

Los azotes recordaban a estos voluntarios cuál había pasado a ser su nuevo estatus.

También servían para potenciar el atractivo de los juegos.

El de los voluntarios libres luchando era un espectáculo de especial interés para el público.

A los espíritus inquietos que se empleaban con animosidad en atormentar a los vivos se les suponía un aspecto oscuro: marrón o negro.

Los ayudantes en la arena que los interpretaban disfrazados de Larvas combinaban esos atuendos con otros disfraces como el de Plutón, Mercurio y puede que Caronte, que, sumados a los escotillones, los elevadores y las rampas que conducían al hipogeo del anfiteatro, transformaban este en una especie de portal de entrada al inframundo (que, en el fondo, era el lugar al que muchos de los participantes terminarían yendo a parar antes de que acabara el día).

Otro desfile con apaleamiento que, muy de vez en cuando, figuraba en el programa de los juegos gladiatorios era el que se organizaba para castigar a los «delatores» 81 .

Roma jamás llegó a instaurar nada asimilable a una fiscalía pública.

Otorgar tal poder a un individuo o a un reducido grupo de personas habría socavado el dominio oligárquico de los senadores durante la República y habría debilitado el de los emperadores bajo el Principado.

El derecho romano siempre dependió de las acusaciones privadas.

La de «delatores» era una etiqueta peyorativa que se colgaba a quienes se consideraba que habían hecho carrera lanzando acusaciones falsas para su propio beneficio y ganancia económica.

A fin de cuentas, cuando un acusador ganaba un caso, recibía una parte de la fortuna de los condenados.

Por ejemplo, en el caso del delito de traición, obtenía el veinticinco por ciento de los bienes de quienes fueren hallados culpables; el resto iba a las arcas imperiales.

Cuando un nuevo emperador quería marcar distancias con respecto al reinado de un odiado predecesor, era habitual arrestar a los delatores más notorios.

A estos, primero, se les golpeaba de forma brutal con látigos y garrotes en el Foro (y no hablamos de un castigo simbólico, ni mucho menos).

Luego, se les exhibía en el anfiteatro mientras se les tiraba de la cabeza hacia atrás para que todo el mundo pudiera verles el rostro 82 .

(Recuerden que a Juvenal le parecía particularmente humillante que el senador Graco hubiera decidido luchar como reciario, porque todos podían verle la cara 83 .

También al emperador Vitelio, mientras lo conducían hacia su ejecución, le tiraron del cabello hacia atrás y le colocaron una espada bajo la barbilla para que no pudiera ocultar el rostro) 84 .

Tras la humillación en la arena, algunos delatores eran vendidos como esclavos y otros, enviados al exilio.

Plinio el Joven expresó regocijado su esperanza de que muchos naufragaran camino a las inhóspitas islas prisión a las que los mandaban 85 .

Aunque el historiador senatorial Tácito trató de desacreditar y degradar los orígenes sociales de los «delatores», lo cierto es que eran un fenómeno propio de la élite.

Solo las personas acomodadas disponían del tiempo y de los conocimientos para acudir a la Justicia, y solo los acaudalados eran un blanco rentable para sus demandas.

Contemplar la humillación de los delatores debió de resultar muy gratificante para los espectadores sentados en las gradas más bajas del Coliseo: en concreto, para los senadores y los équites que tanto los habían temido.

Los de otros niveles más altos del graderío (los esclavos que estaban encima de todo, la plebe de ropaje oscuro que se sentaba justo por debajo de aquellos, e incluso los ciudadanos de respetable toga blanca que ocupaban los asientos intermedios) seguramente disfrutaban de aquel espectáculo también, pero por otra razón: las clases bajas romanas siempre gozaban viendo cómo humillaban a sus superiores sociales.

Pero por muy placentero que resultara (de distintas maneras según los diferentes sectores del público), el espectáculo de castigar a delatores era harto infrecuente en esas jornadas.

Solo podía darse en juegos patrocinados por el emperador, una única vez en todo su reinado y solo cuando no sentía aprecio por su predecesor en el trono.

Mientras contemplaba el baile, entre bocado y bocado de hierba, la vergüenza de Lucio por tener que practicar sexo en público con una perversa asesina fue dando paso a una sensación de terror creciente ante la desconocida fiera salvaje que saltaría a la arena después.

Esta no haría distingos entre un asno inocente y una mujer culpable.

El juicio de Paris llegó a su fin. Se abrió entonces el suelo del coso y el monte Ida del decorado desapareció en él.

En su lugar, pusieron una cama con incrustaciones de carey indio y cobertura de mullidos cojines y resplandecientes colchas de seda.

A petición del público, un soldado salió y se fue calle abajo a buscar a la mujer.

Lucio tenía fama de dócil. Nadie lo vigilaba.

Dio unos pasos furtivos hacia la puerta… y huyó al galope 86 .