Aquellos que van a morir 7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #6
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7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #6

El consenso académico actual descansa, pues, sobre tres endebles patas.

La primera es que la única ocasión en que se constata el saludo es la que acabamos de mencionar, por tanto, fue la única vez que este se pronunció.

La segunda es que todos los participantes en una batalla masiva escenificada, ya fuera naval o terrestre, estaban destinados a morir.

Y la tercera es que el saludo nunca lo habrían ofrecido los gladiadores propiamente dichos, pues la mayoría de ellos sobrevivían a sus combates del día.

Pero ninguna de estas bases resulta lo bastante convincente y todas tendrían que ser reexaminadas para no caer en esa conocida trampa que hace que las ortodoxias académicas modernas vayan ganando autoridad cuanto más se repiten solo por el hecho mismo de insistir en ello.

De entrada, podemos descartar la idea de que todos los participantes en aquellas representaciones de batallas masivas acabaran matándose unos a otros, entre otras cosas, por tres factores fundamentales: esta idea no se corresponde con ninguna de las certezas que tenemos por escrito sobre los combates masivos en los juegos; no se conoce ninguna batalla en la historia que se haya saldado con un ciento por ciento de bajas mortales en ambos bandos, y si los combatientes supieran de antemano que los supervivientes iban a ser rematados por soldados al término de la batalla, no habrían tenido ningún motivo para luchar.

Por otra parte, aunque es cierto que, en una jornada de juegos normal, la mayoría de los gladiadores entrenados para combatir en ellos no perdían la vida 72 , deducir a partir de ello que el saludo no era apropiado para su situación, o que era indigno de ellos, supone ignorar por completo el juramento gladiatorio, en el que, recordemos, manifestaban estar dispuestos a dejarse quemar, atar, azotar y asesinar a cuchillo 73 .

Los gladiadores ya habían jurado estar preparados para morir.

Por último, la susodicha ortodoxia académica proviene de una mala interpretación de nuestra fuente principal.

Suetonio no dio fe de la anécdota porque el saludo fuera innovador o novedoso, sino por el peculiar y fallido chiste que Claudio quiso hacer a su costa y que estuvo a punto de arruinar todo el espectáculo.

No hay razón para pensar que el saludo no formara parte normal del ceremonial de un día en los juegos.

Tras el saludo, venía la probatura de las armas, la probatio armorum.

Todo suena más auténtico si se dice en latín, ¿verdad?

, pero lo cierto es que la expresión probatio armorum se acuñó en el siglo XIX 74 .

Solo dos escritores antiguos aluden a algún tipo de comprobación del filo o el corte de las armas del gladiador por parte del editor de los juegos.

Se trata de sendas anécdotas sobre dos emperadores «buenos» diferentes, aunque suenan sospechosamente similares.

Suetonio cuenta que dos patricios fueron hallados culpables de tener aspiraciones ilegítimas al trono, pero Tito se limitó a advertirles de que desistieran en su ambición, ya que, según les dijo, el poder imperial era un regalo del destino.

A cambio les ofreció obsequiarles con cualquier otra cosa que desearan.

Tras tener incluso la consideración de enviar a un mensajero a casa de una de sus madres para informarla de que su hijo estaba sano y salvo, el emperador invitó a ambos hombres a cenar con él.

Al día siguiente, los sentó a su lado en un espectáculo gladiatorio y, cuando le trajeron las espadas de los combatientes, él las entregó a esos dos antiguos conspiradores para que las inspeccionaran 75 .

Dion Casio, por su parte, relata que un patricio llamado Calpurnio Craso intrigó un complot junto a otros, pero Nerva los hizo sentar junto a él en los juegos.

Sin decirles que había descubierto su conspiración, el emperador les pasó las espadas para que las examinaran y vieran si estaban afiladas.

Con ello, hizo una demostración de que no le importaba morir en aquel lugar y momento 76 .

Las similitudes entre ambas historias bastarían para convencer a una mayoría de los expertos de que no eran sino lugares comunes literarios, y de que, al menos, una de ellas (si no las dos) es ahistórica, aunque nunca debe descartarse la posibilidad de que emperadores afines hicieran cosas similares, o de que alguno de ellos quisiera imitar la teatralidad efectista de alguno de los actos de sus predecesores.

A los efectos que aquí nos ocupan, poco importa si alguno de los incidentes referidos ocurrió en realidad.

Lo que muestran las anécdotas es que la verificación de las armas era una característica común de los juegos (algo que «hacíase a menudo», según Dion Casio).

Curiosamente, ninguno de los dos relatos tiene como escenario principal la arena del anfiteatro, sino que ambos sitúan la acción en el palco imperial.

Las armas son llevadas al emperador, ya sentado, lo que puede interpretarse como una confirmación adicional de la idea de que los emperadores no solían tomar parte en la procesión.

L OS NÚMEROS DE CALENTAMIENTO

Cuando la procesión llegó al anfiteatro, extramuros de Corinto, Lucio se quedó fuera.

En su avatar asnal, Lucio tenía fama de ser un animal dócil y obediente.

Demasiado obediente, quizá. Lo habían elegido para aquel papel potencialmente letal en la arena como pareja sexual de la asesina condenada porque ya había satisfecho los deseos bestiales de una mujer rica del lugar: «Apretándome en estrecho abrazo, pudo con todo mi ser, con todo, como digo.

Y cuando yo, por delicadeza, intentaba retirarme, ella volvía a la carga con mayor furia y se ceñía más de cerca agarrada a mi espalda» 77 .

Mientras pacía la dulce hierba, Lucio levantaba los ojos de vez en cuando para observar los espectáculos inaugurales a través de la puerta abierta.

Primero, un grupo de muchachos y muchachas interpretaron una danza pírrica.

Luego llegó el turno de una pantomima —no como la entendemos hoy en día, sino más parecida a un cruce entre el ballet moderno y el mimo— que representaba el juicio de Paris.

Se trataba de una producción fastuosa para la que se había instalado una recreación del monte Ida, además de un río y cabras que pastaban tan tranquilas.

Una lluvia de azafrán diluido en vino perfumaba el aire y teñía de amarillo el pelaje de aquellos ejemplares caprinos.

Normalmente, los espectáculos teatrales de este tipo se realizaban al mediodía, entre ejecuciones, y venían precedidos de cacerías de fieras salvajes.

Aquí, sin embargo, el orden se invierte.

Lucio, la asesina y el animal al que liberarían para matarla protagonizarán el acto que servirá de enlace entre el baile y la cacería.

El orden de los espectáculos de una jornada de juegos real no era algo prefijado e inamovible 78 .

No obstante, Apuleyo bien pudo haber modificado la secuencia de los eventos en beneficio de su relato.

Al lector no le hacen falta escenas de caza que nada aportan a la trama y que, por el contrario, disiparían la tensión creciente generada por la amenaza de la entrada en escena de unas fieras que van a soltar en algún momento.

Un chiste de aquel entonces incluye una interesante alusión a un acto de apertura de los juegos.

La Apocolocintosis de Séneca es una sátira sobre la deificación póstuma del emperador Claudio.

«Apocolocintosis» significa «transformación en calabaza», un juego de palabras con «apoteosis», la «transformación en dios».

Los dioses debaten —como si estuvieran en el Senado romano— sobre la admisión o no de Claudio en el Olimpo.

Uno de los que toman la palabra, Jano, sugiere que, en el futuro, si alguien propone convertir a un mortal en una deidad, se le entregue a las Larvas (espíritus vengativos) para que, en los siguientes juegos, lo azoten con varas a la vez que a los nuevos gladiadores voluntarios.

La manera en que lo expresa Séneca da a entender que aquella práctica era común 79 .

La paliza era simbólica; nada que ver con lo que le ocurría a un legionario cuando tenía que recorrer el pasillo de castigo porque su unidad había sido condenada al diezmo, ni con la flagelación a la que los mártires cristianos eran sometidos por filas enteras de gladiadores en Lyon.

Y mucho menos con lo que le sucedió al mártir cristiano Mapálico, azotado con tal violencia que se le salieron las entrañas 80 .

A fin de cuentas, los nuevos gladiadores tenían que salir a luchar más tarde ese mismo día y debían encontrarse en buen estado físico.