7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #5
El día de los juegos, las gradas del Coliseo proporcionaban una buena fotografía de la sociedad romana congelada en el tiempo.
Pero todos sabían que la sociedad en sí no era estática, que era posible la movilidad social 56 .
El esclavo del nivel más alto soñaba con la libertad 57 , y con poder bajar gradas para unirse a los plebeyos vestidos de oscuro.
Si su antiguo amo, convertido de pronto en su patrón, le montaba un negocio, podía aspirar incluso a comprarse una toga impecable y descender otro nivel.
El hijo de un esclavo que hubiera nacido tras la manumisión de su padre y consiguiera reunir los cuatrocientos mil sestercios necesarios podía llegar a formar parte de la clase ecuestre, un nivel más cerca de la arena.
En teoría, nada impedía que descendiera (o ascendiera, según se mire) hasta el palco imperial.
Se dice que el padre del emperador Pertinax era un antiguo esclavo 58 .
La reintroducción de la monarquía con la instauración del gobierno imperial incrementó la movilidad social a través de tres vías: dos de ellas ascendentes y una descendente.
La primera que se abrió fue la del ejército profesional.
Tras veinticinco años de servicio en las unidades auxiliares (reclutadas en provincias), un soldado ya podía adquirir la ciudadanía romana al licenciarse.
Tras el edicto de Caracalla del 212 d. C.
, casi todos los súbditos del imperio nacidos libres obtuvieron la ciudadanía.
Al jubilarse, tras veinte años de servicio, un legionario recibía como prima una suma equivalente a catorce años de paga, lo suficiente como para establecerse como consejero local en una localidad pequeña o reclamar su sitio entre los ciudadanos togados en el Coliseo.
Los centuriones ingresaban en las filas de los équites.
En la crisis militar de la segunda mitad del siglo III d.
C., una sucesión de soldados lograron ascender desde los cuarteles hasta la mismísima púrpura imperial 59 .
No podemos olvidar a la Familia Caesaris, el entorno doméstico de los emperadores, formado por esclavos y libertos, que funcionaba como una especie de protoburocracia en la Roma imperial.
Aunque esos sirvientes ocupaban uno de los rangos más bajos en cuanto a estatus formal, cuanto mayor era su proximidad al emperador de turno, mayores eran también su riqueza y su poder 60 .
Finalmente, cabe recordar que los mismos emperadores que promovían a ciertos grupos sociales podían degradar a otros.
A un senador condenado por traición se le confiscaban sus propiedades al completo.
Su familia lo perdía todo. Ni siquiera cabía la posibilidad, como ocurrió en el caso de algunos hombres que renunciaron al Senado en tiempos de Augusto, de que conservaran sus asientos en el podio 61 .
En cada generación, había una proporción considerable de familias que optaban por retirarse del Senado para refugiarse en la eminencia de los équites, que auguraban menos peligrosa 62 .
Ese tipo de movilidad descendente facilitaba a su vez que quienes progresaban en sentido ascendente fuesen aceptados entre los de su nueva posición, aunque esto solo ocurría si procedían del origen correcto.
Pese a las vías mencionadas —el Ejército, la Familia Caesaris, las condenas—, la movilidad social fue en todo momento la excepción, más que la regla 63 .
Aparte del servicio imperial, las únicas formas de ganar mucho dinero —es decir, la fortuna necesaria para cambiar de clase— eran heredándolo o casándose con quien lo tuviera.
Y los ricos, obviamente, solían casarse entre sí y legaban su patrimonio a herederos de la propia clase acaudalada.
La inmensa mayoría del público asistente al Coliseo permanecía toda su vida en el mismo nivel de las gradas que les correspondía ya por nacimiento.
Los intentos de cambiar el estatus social de los espectadores y los visitantes una vez dentro de los propios espectáculos podían topar con reacciones muy divergentes.
A unos embajadores germanos se les sentó en la parte superior del graderío.
Se dieron cuenta entonces de que unos emisarios de Partia y de Armenia estaban más abajo, con los senadores.
Los germanos se levantaron y fueron a sentarse donde estaban los otros, dejando claro que ellos no eran inferiores en virtud y categoría a ningún pueblo del mundo.
Cautivado por su sencillez y su audacia, el emperador Claudio les autorizó a quedarse allí 64 .
Compárese esa reacción con la de Naneyo, protagonista de un epigrama de Marcial.
Tras haber sido expulsado por un acomodador dos o tres veces de los asientos de los équites, Naneyo se busca un sitio discreto por detrás de ellos: «Desde allí mira con la cabeza cubierta con una capucha y, haciendo el ridículo, contempla los juegos con un solo ojo».
Cuando lo descubren y lo vuelven a echar, se queda en el pasillo, en el filo de un banco, «y mal apoyado con una rodilla, finge ante el équite que tiene a un lado que está sentado como los del orden ecuestre y, ante el ayudante que tiene al otro, que está de pie como él» 65 .
A los germanos se les podía admirar y premiar —habían actuado sin dobleces y movidos por honestas razones—, aunque, al mismo tiempo, la ingenuidad de estos «nobles salvajes», desconocedores por completo de las costumbres civilizadas, podía incitar a cierta risa tierna.
A Naneyo, sin embargo, se le execraba por infringir furtivamente unas normas que conocía muy bien, por tratar de manera innoble y con embustes de hacerse de más.
Marcial escribió seis poemas vituperando comportamientos como el de Naneyo 66 .
También Horacio y Juvenal dijeron la suya a ese respecto 67 .
Esos poemas, sumados a la enorme multa que una localidad como Urso imponía a quienes se sentaban donde no tenían derecho a hacerlo, son una clara demostración de que la distribución jerárquica de los asientos se tomaba, desde luego, muy en serio.
El gran óvalo del Coliseo permitía que todos los presentes en las gradas pudieran confirmar, de un solo vistazo, cuál era su lugar en la sociedad romana: tanto el suyo propio como el de todos los demás.
Habían acudido allí a presenciar cómo los marginados y los deshumanizados eran sometidos a un castigo ritual en la arena, al otro lado del muro del podio.
Aquella era una experiencia de unidad colectiva para los espectadores, si bien encerraba una advertencia visceral para ellos también: si transgredes, en lugar de sentarte en las gradas, rociado de perfumes y obsequios, puedes acabar arrojado a la arena, luchando por tu vida o, peor aún, directamente condenado a ser consumido por las llamas o devorado por las fauces de una fiera salvaje.
E L SALUDO
«¡Ave, emperador, los que van a morir te saludan!
». Si algo saben de gladiadores, seguro que conocen su famoso saludo.
Lo habrán oído o leído en innumerables novelas, programas de televisión y películas.
Pero, hoy en día, los especialistas dudan de su autenticidad histórica.
La visión académica dominante sostiene que aquel saludo fue más bien una aclamación improvisada y puntual que, por cierto, salió terriblemente mal 68 .
En el año 54 d. C., el emperador Claudio decidió organizar una espectacular naumaquia en el lago Fucino antes de que se emprendieran allí unas obras de drenaje de sus aguas.
La batalla trataba de simular un enfrentamiento entre los pueblos de Sicilia y de Rodas en una especie de ejercicio de recreación histórica alternativa del pasado prerromano, dado que, en realidad, sicilianos y rodios jamás guerrearon entre sí 69 .
El acontecimiento fue enorme. Las cifras varían según las tres fuentes de que disponemos al respecto.
Suetonio habla de doce trirremes (buques de guerra con tres niveles de remeros) por bando.
Dion Casio eleva ese número a cincuenta.
Tácito, por su parte, no da una cantidad concreta, pero menciona trirremes y cuadrirremes (embarcaciones de combate más grandes aún), con un total de diecinueve mil combatientes a bordo de todos ellos 70 .
Los sicilianos y los rodios de aquel espectáculo tenían que ser interpretados, en realidad, por reos de muerte, por lo que la seguridad era máxima.
El lago estaba circundado de balsas con parapetos y artillería de torsión manejada por la Guardia Pretoriana.
Además, había marinos regulares de la armada romana repartidos en varios buques de guerra con cubierta patrullando las aguas.
A una sola voz, todos los combatientes gritaron: «¡Ave, emperador, los que van a morir te saludan!
». Pero, a partir de ahí, la ceremonia se descontroló por completo.
Claudio —presentado por todas las fuentes antiguas como un necio cruel, muy distinto del comprensivo protagonista de la novela Yo, Claudio, de Robert Graves, o de su adaptación televisiva de la BBC—, que era famoso por sus «bromas insulsas y rebuscadas», intentó hacer una en ese momento y respondió: «¡O no!
». Suetonio cuenta qué ocurrió a continuación: «Después de estas palabras, todos se negaron a luchar, como si se les hubiera dado permiso para ello».
Ante aquel panorama, Claudio llegó a valorar incluso la posibilidad de ejecutarlos a todos, «pero al fin saltó de su asiento y, corriendo de un lado a otro alrededor del lago, no sin un balanceo vergonzoso por su cojera, los forzó a combatir entre amenazas y exhortaciones» 71 .