Aquellos que van a morir 7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #4
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7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #4

En el mismo nivel que los palcos, en el podio (podium), estaban los senadores, que vestían toga blanca surcada por una amplia franja púrpura, complementada con un elaborado calzado especial y una corona de laurel o bien un sombrero de ala ancha; en realidad, solo estaban autorizados a llevar toda esa vestimenta y sus complementos en los juegos.

Se sentaban en grupos (de entre tres y nueve miembros) sobre unos bancos de madera movibles, sin brazos ni respaldo.

A partir del 37 d. C., se les permitió llevar cojines para aliviar sus posaderas y para que no se les durmieran sobre tan dura superficie.

Entre los senadores, había algunos que vestían togas lisas y calzado convencional, pero se tocaban con coronas doradas.

Eran héroes militares a los que se había concedido la corona civica por salvar alguna vida en combate, o la corona muralis por haber sido el primero en penetrar en una fortificación enemiga 45 .

También, dispersos entre el podio, había embajadores de pueblos no romanos (tanto de dentro como de fuera del imperio) que gozaban de un trato de favor.

Situados por encima de los senadores estaban los équites, a quienes se distinguía por sus togas blancas con franja púrpura más delgada y por los anillos de oro que llevaban.

En el Coliseo, desde ese punto hacia arriba, todos los hombres se sentaban sobre gradas fijas de mármol.

Algunos asientos estaban reservados a los tribunos militares, équites que eran oficiales del Ejército.

Luego venían los plebeyos que pudieran permitirse una toga (prenda poco práctica y muy costosa que apenas se usaba).

Parte de la primera fila estaba reservada para los ciudadanos que trabajaban como auxiliares de los magistrados.

También había espacios en esta sección destinados a los niños de buenas familias —vestidos con la toga praetexta y un amuleto de oro, llamado bulla, que simbolizaban la infancia— y a sus maestros.

Al mirar hacia más arriba aún, la paleta de colores cambiaba.

A continuación, estaban los pullati, los plebeyos más pobres, vestidos con ropa oscura, sin teñir o incluso sucia.

Los esclavos públicos se sentaban segregados de esa plebs sordida.

La ubicación de dichos servi publici era una indicación de su importancia para el régimen monárquico de los emperadores, y resultaba acorde a su vestimenta, ya que no tenían derecho a llevar la toga propia de los ciudadanos.

Por último, en lo más alto, se situaban los esclavos, los extranjeros y las mujeres.

En esa zona, las gradas y los asientos eran de madera.

Las mujeres se sentaban en sillas individuales con respaldo.

Allí se imponía una segregación estricta.

No se podía concebir que una matrona protegida llegara a ser insultada (o algo peor) por un esclavo o por algún bárbaro peludo vestido con su atuendo autóctono.

Las propias mujeres también estaban divididas, ya que resultaba no menos impensable que una matrona casta, vestida con su stola, tuviera que compartir asiento con prostitutas que anunciaban su profesión llevando puestas togas de hombre.

Cuando el gladiador alzaba su mirada hacia el graderío, veía a la sociedad romana: ordenada, jerárquica, estratificada en piedra. Era una sociedad de la que —tal vez por elección propia— él había sido excluido.

La organización del público

El elaborado orden de distribución del público entre las localidades del anfiteatro no había sido el resultado de un desarrollo natural o espontáneo.

Lo había impuesto Augusto, tomando como modelo las regulaciones ya existentes para el teatro.

Posiblemente lo hizo por fases, entre el 22 y el 17 a.

C., dentro de las reformas morales inscritas en su campaña de «restauración de la República».

Hasta entonces, los senadores se ubicaban cerca de la arena y los ricos tenían mejores asientos, ya fuera porque pagaban por tenerlos, ya fuera porque el propio promotor de los juegos los colocaba allí.

En tiempos de la República, hombres y mujeres se sentaban juntos.

La mujer que más tarde se casaría con Sila atrajo por primera vez la atención de este retirándole una pelusa imaginaria de la ropa 46 .

No deberíamos presuponer que las regulaciones de Augusto se hicieron cumplir en todo lugar y en todo momento…

, o no al principio, al menos. Tras la imposición de la segregación en el orden de asientos, el poeta Ovidio seguía opinando que los juegos gladiatorios eran un buen lugar para conquistar a las muchachas 47 .

En una inscripción de la localidad de Irni, en Hispania, se menciona a no menos de seis emperadores (de los diez que habían ocupado el trono hasta aquel entonces) que habían publicado edictos sobre dónde debían sentarse los asistentes a aquellos espectáculos 48 .

Es posible, no obstante, que tales normas se dirigieran a imponer la práctica romana en las provincias, o fueran resoluciones sobre casos concretos, o no pasaran de ser declaraciones públicas del compromiso de cada uno de esos emperadores con el mantenimiento de las divisiones sociales establecidas, en vez de respuestas a un incumplimiento real de las leyes.

Es imposible proyectar con precisión sobre las actuales ruinas del Coliseo la estratificada ocupación de los asientos en aquel entonces.

La mayoría de estos han desaparecido, incluida la totalidad del podio.

Las piedras fueron saqueadas en la Edad Media y el Renacimiento para usarse como material de obra, y el mármol se horneó para producir cal 49 .

El problema se hace evidente cuando observamos una reconstrucción moderna (véase la imagen 10 del encarte fotográfico) 50 : desde la parte inferior, hay tres balaustradas y, luego, dos muros con caídas pronunciadas que dividen horizontalmente las gradas.

Esto genera seis zonas —o siete, en realidad, si contamos el podio más cercano a la arena—, en lugar de las cinco que cabría esperar (senadores, équites, ciudadanos togados, ciudadanos sin toga y esclavos/extranjeros/mujeres) 51 .

Una inscripción sitúa a los équites en las filas más bajas, y podemos ubicar a esclavos, extranjeros y mujeres en la parte superior 52 .

Pero el resto de límites entremedias son inciertos, y bien podrían haber variado con el tiempo o incluso de un espectáculo a otro.

Las pruebas sobre cómo era esa distribución fuera de Roma son escasas.

Por fuerza, algunas cosas tenían que ser diferentes.

Allí había muy pocos senadores romanos (a veces, ninguno) que acomodar en las gradas, pero, sin embargo, había que destinar espacio a grupos sociales no previstos en Roma.

Hemos visto que había asientos reservados para dos asociaciones de navieros en Nimes y algo similar se ha descubierto que había para los carniceros en el anfiteatro de Lyon y para los mercaderes del aceite en el de Arlés 53 .

En la carta fundacional de la colonia romana de Urso, en Hispania, se exponía con exhaustivo detalle dónde tenían que sentarse los diversos colectivos y categorías en los ludi scaenici patrocinados por los duumviri, los dos magistrados principales.

Por orden ascendente, estaban: los decuriones (miembros del consejo local), los sacerdotes y los senadores romanos que estuvieran de visita; los équites; los colonos; los habitantes de las áreas circundantes; los extranjeros residentes, y, por último, arriba de todo, quienes estuvieran de visita en la localidad.

Se imponían multas sorprendentemente duras de hasta cincuenta mil sestercios no solo para quienes se saltaran esas normas, sino incluso para quienes ayudaran a los infractores a incumplirlas 54 .

Los ludi scaenici eran espectáculos teatrales (con representaciones de obras, mimo y pantomimas), pero, dado que los duumviri podían elegir entre patrocinar estos o los juegos gladiatorios, podemos presuponer que las reglas eran iguales para ambos.

La manera concreta de distribuir los asientos seguramente variaba de una localidad a otra, pero el principio general era el mismo: cuanto más abajo te sentaras en las gradas, más alta era tu posición social.

Esto abre una interesante línea de análisis.

Comparemos la reconstrucción moderna de la distribución de asientos en el Coliseo con la de la estructura social romana (véanse las imágenes 10 y 11 del encarte fotográfico) 55 .

Son casi idénticas, salvo por una enorme diferencia: están invertidas.

La cima de la una es la base de la otra.

Nos imaginamos a la élite romana subida en la cúspide de una pirámide con costados de pendiente muy pronunciada.

Nos resulta imposible concebirla de otro modo; todo estudioso del mundo romano ha visto algún diagrama de ese tipo representando a la sociedad de Roma.

¿Tanta discordancia hay, entonces, entre nuestra percepción y nuestro objeto de estudio?

¿Acaso cuando los romanos conceptualizaban el lugar de la élite, se figuraban a esta más bien ahí, en la parte inferior de las gradas, justo sobre el podio, cómodamente reclinada sobre cojines y con espacio de sobra?

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