Aquellos que van a morir 7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #3
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7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #3

En literatura, Némesis, hija de Noche, era la implacable castigadora divina de los pecados del hombre, sobre todo de la hýbris, la arrogante soberbia que se manifestaba en forma de humillación y sufrimiento de otras personas.

En el culto, mostraba a veces un aspecto más atemperado, aunque esto no le restaba inexorabilidad.

Identificada con la diosa Fortuna (Tique), era la portadora tanto del bien como del mal que los dioses enviaban.

Uno de sus títulos era Ultrix, la Vengadora.

Un gladiador, por ejemplo, la invocó en su lápida mortuoria contra su asesino.

En general, esta diosa oscura, que acarreaba triunfo o desastre, encajaba a la perfección en el ambiente del anfiteatro.

No solo los gladiadores necesitaban que fuera propicia con ellos; también quien patrocinaba los juegos deseaba desesperadamente que estos fueran un éxito.

Y así como el Ejército difundió cultos orientales (como el de Júpiter Doliqueno) por todo el imperio, también los anfiteatros convirtieron a Némesis en una importante diosa del paisaje religioso.

La arena era un escenario propicio para la entrada de los dioses siniestros.

«Ah, cuánto hemos reído cuando Mercurio, entre las burlescas atrocidades de los juegos meridianos, se dedicaba a averiguar quiénes estaban muertos aplicándoles un hierro candente; allí mismo hemos visto también al hermano de Júpiter, armado de maza, llevarse a rastras a los cadáveres de los gladiadores».

Con esas palabras, Tertuliano se refería a los ayudantes que intervenían en la arena vestidos de dioses.

Las alusiones al hermano de Júpiter solían señalar a Plutón, señor del inframundo, pero Tertuliano también lo identifica en otros pasajes con una antigua deidad itálica: Dis Pater (Padre Dis).

El ayudante que lo representaba usaba su maza para rematar a aquellos gladiadores a los que no se hubiera concedido clemencia y continuaran aún con vida.

En el mismo pasaje, Tertuliano explica que Mercurio, el del casco alado, utilizaba su vara de metal candente para comprobar si los gladiadores estaban muertos o no 29 .

Mercurio era muy conocido en su papel de «psicopompo», es decir, conductor de las almas hasta el Hades.

Cómodo, en sus despliegues de obsesión gladiatoria, aparecía en la arena disfrazado de Mercurio, y lo hacía tanto al inicio de sus actuaciones como cazador de fieras, como a la hora de decidir los emparejamientos entre los gladiadores 30 .

Caronte es otra de las deidades infernales que muchos creen que también estaba presente en el anfiteatro.

Los indicios en este caso son indirectos.

En el arte etrusco del siglo IV a. C., Caronte aparece como un verdugo de nariz aguileña que empuña un martillo.

Algunos romanos creían que el combate gladiatorio era un espectáculo importado de Etruria.

En el pensamiento griego y romano, Caronte transportaba a los muertos hacia el Hades sobre las aguas de la laguna Estigia 31 .

Aunque no hay nada que sitúe de forma directa a Caronte sobre la arena anfiteatral, su figura habría encajado en una tríada simbólicamente congruente formada por Mercurio para guiar las almas al inframundo, Caronte para trasladarlas por la laguna Estigia, y Plutón (o el Padre Dis) para gobernarlas en los oscuros prados del Hades 32 .

En los estudios recientes sobre esta cuestión, se ha limitado la intervención de los ayudantes vestidos de deidades infernales a las ejecuciones de reos, y a descartar su presencia en las verdaderas luchas de gladiadores 33 .

Como base para ese argumento, se le da importancia al hecho de que Tertuliano aluda de manera específica a las ejecuciones a mediodía.

Al mismo tiempo, se quita trascendencia al detalle de que llame a las víctimas gladiadores por considerarlo una mera generalización terminológica, ya que los cristianos veían el conjunto de la jornada de los juegos a través del filtro de las ejecuciones de la hora del almuerzo que tenían como víctimas a sus correligionarios.

Así, todos los participantes eran, o bien mártires cristianos, o bien «gladiadores».

Pero quienes esto argumentan parecen estar seleccionando las pruebas a su conveniencia: aquellas que apoyan sus tesis son para ellos claras y definidas; aquellas que no, vagas e imprecisas.

Lo cierto es que su argumento tendría la misma base empírica si se postulara al revés: para los cristianos, todos los actos programados en los juegos podían entenderse como prolongaciones de las ejecuciones meridianas.

De la práctica de rematar con maza a los luchadores moribundos hay constancia arqueológica en el cementerio de gladiadores de Éfeso, donde los cráneos de cuatro de los allí enterrados muestran lesiones fatales compatibles con mazazos 34 .

«El anfiteatro está consagrado a nombres más numerosos y más temibles que el Capitolio, por mucho que este último sea templo de todos los demonios.

Allí habitan tantos espíritus impuros como hombres caben en sus gradas» 35 .

Para Tertuliano, el imperio era un lugar peligroso.

Veía demonios paganos por doquier: «El mundo entero se ha llenado de Satanás y sus ángeles» 36 .

Tertuliano escribió De spectaculis (Sobre los espectáculos) para disuadir a otros cristianos de acudir a los juegos.

Y para potenciar su propio posicionamiento, enfatizó los elementos religiosos de los munera: hasta el acto mismo de asistir equivalía, según él, a un ejercicio de idolatría.

Sus opiniones, sin embargo, no son representativas de las de los paganos, del mismo modo que tampoco lo eran cuando afirmaba que los juegos gladiatorios eran una forma de sacrificio humano.

Suponiendo que pudiéramos separar la religión de cualquiera de las instituciones seculares del mundo romano (una separación que, en ningún caso, pasaría de ser ínfima), llegaríamos a la conclusión de que los juegos gladiatorios tenían connotaciones devocionales para los paganos, pero no eran un festival específicamente religioso.

La procesión era una de las atracciones de los juegos, aunque no uno de sus actos principales.

Así, en un cartel pompeyano, vemos anunciada una procesión en una época en que los gladiadores estaban prohibidos en la ciudad 37 .

Una inscripción de Milasa (actual Milas, en Turquía) nos revela el efecto que se buscaba con aquellos desfiles: asombrar y maravillar al público para obtener sus gritos aprobatorios 38 .

Esto se lograba a base de cantidad y ostentación, pero también a través de la novedad.

La procesión —y, de hecho, toda la jornada de los juegos— era como adentrarse en el río de Heráclito: siempre cambiante, siempre el mismo.

(Aunque no si eras Marco Aurelio, que encontraba todo aquello exasperantemente repetitivo) 39 .

U NA SOCIEDAD ESTRATIFICADA EN PIEDRA 40

El gladiador salta a la arena del Coliseo.

Se respira un aire denso, cargado de perfume; la luz es cegadora; el ruido, ensordecedor: música estridente, rugido de la multitud.

«Al tiempo que bramaban las trompetas —se lee en la declamación jurídica ficticia del Pseudo-Quintiliano ya mencionada en capítulos anteriores—, por todo alrededor resonaban los preparativos de la muerte: un hombre afilaba una espada, otro calentaba placas al fuego; de este lado, se traían varas, de aquel, látigos» 41 .

Lo primero que veía el gladiador era la red de seguridad que rodeaba el coso 42 .

Unos pasos más allá, estaba el muro imposible de escalar; vertical, revestido de mármol liso, rematado con rodillos y con otra red…

y soldados, muchos soldados, algunos apostados en puestos de vigilancia y armados con arcos.

Lo mismo en todas las direcciones, sin escapatoria ni escondite posibles.

Y por encima de las protecciones, escarpados niveles de masificada humanidad.

En las gradas más próximas a la arena, la multitud relucía de blanco con destellos de púrpura; más arriba, era más oscura, más sombría, mientras que, en lo más alto —«casi fuera del alcance de la visión humana», según Amiano Marcelino— 43 , podían divisarse algunos sectores de colores más vivos.

Estamos aún en el desfile. Todavía no había un peligro inminente.

El gladiador hacía bien en estudiar a la multitud.

Su vida podía depender de ella más tarde.

Allí estaba el palco imperial, con el emperador resplandeciente en el trono curul de un alto magistrado, vestido con toga triunfal que podía ser púrpura y dorada sobre túnica con bordado de palmas, o blanca y dorada.

En su cabeza, una corona de laurel o, en épocas posteriores, una corona con rayos como los del sol.

Lo acompañaban familiares y amigos. Como a los consejos imperiales o a sus cenas privadas, el emperador invitaba a quienes le placía a sentarse junto a él en los juegos.

Detrás permanecían en pie los callados sirvientes y los imponentes guardias.

Al otro lado de la arena, en un palco situado en el extremo opuesto al del emperador, se encontraban las vírgenes vestales, sacerdotisas aristócratas que cuidaban del fuego sagrado de Roma.

Iban ataviadas con la stola de las matronas respetables, pero coronadas con el peinado propio de las esposas jóvenes 44 .

Las vestales y las que hubieran sido invitadas al palco imperial eran las únicas mujeres cercanas a la arena en sí.

Sentados junto a ellas estaban los magistrados superiores, en tronos curules también, a excepción de los tribunos de la plebe, que se sentaban todos juntos en un mismo banco.