Aquellos que van a morir 7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #2
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7. PRIMA LUX (LA ALBORADA) #2

Sí, había termas públicas gratuitas, pero un jornalero o un estibador del puerto, personas a las que difícilmente les alcanzaba para vivir en el nivel mínimo de subsistencia, rara vez disponían del tiempo que había que dedicar al prolongado proceso del baño romano.

La plebs urbana no se podía permitir el aceite perfumado que se usaba para ungirse, frotarse el cuerpo o quemarlo en unas lámparas baratas.

El olor del perfume traía a la mente de aquellas gentes el estilo de vida propio de la élite.

Todo el mundo conocía las historias que se contaban sobre el perfume y las flores que caían del falso techo del comedor de Nerón.

Lo más cerca que los pobres llegaban a estar nunca de experimentar algo así por sí mismos era cuando captaban el rastro de un aroma maravilloso tras haber sido apartados a empellones por algún fornido porteador para que dejaran paso a la litera de algún miembro de la élite viajando por las calles malolientes 15 .

Las fragancias refinadas evocaban también a los dioses.

Ningún festival religioso ni procesión estaban completos sin incienso.

Oler bien era señal de divinidad 16 . Una de las razones por las que se pensaba que Alejandro Magno era divino era que su cuerpo desprendía de forma natural un aroma parecido al del perfume.

El incienso, junto con la sangre de los sacrificios animales, era el olor de la devoción pagana.

Volviendo de nuevo a las figuras representadas en el relieve de Pompeya, vemos allí también a cuatro músicos.

Ya hemos dicho que los tres primeros tocan una trompeta recta (la tuba), pero hay también otro en la parte posterior de la procesión que hace sonar una trompeta corta con un extremo curvado hacia arriba (el lituus).

La música era una parte integral de la jornada de juegos en su conjunto.

Dos pequeñas orquestas —con órgano hidráulico, tuba y dos hombres tocando una trompa curva (el cornu)— proporcionan el acompañamiento sonoro de los combates representados en el mosaico de Zliten (véase la imagen 5 del encarte fotográfico).

En un pasaje de El Satiricón de Petronio, un trinchador corta carne al compás de la música, según dice el autor, «con el estilo de un gladiador luchando en su carro a los acordes del órgano» 17 .

Tomando como base esa referencia literaria, se ha llegado a postular que los gladiadores luchaban acompasados con la música, o que los músicos improvisaban para dar realce a los momentos dramáticos de la acción en la arena, como hacían los pianistas en las proyecciones de las películas del cine mudo.

Pero, obviamente, eso solo podía funcionar si había una única pareja combatiendo en el coso.

Más probable parece que la orquesta pusiera una música de fondo y marcara los cambios o pausas en el desarrollo de los acontecimientos: la entrada de nuevos combatientes, la tensión cuando un gladiador se rendía y pedía clemencia, la entrega de premios a los ganadores, y las salidas —muy distintas— de los vencedores y de los derrotados.

Aunque fue un aspecto descuidado durante mucho tiempo por los investigadores, recientemente se han llevado a cabo bastantes estudios sobre el paisaje sonoro del mundo antiguo y, en especial, sobre su música 18 .

A partir de algunos hallazgos arqueológicos de instrumentos y de textos de, entre otras cosas, tratados técnicos antiguos y fragmentos de partituras, tanto estudiosos del tema como músicos han procedido a concienzudas y meticulosas reconstrucciones.

Los resultados, que podemos escuchar en interpretaciones a cargo de grupos como Synaulia o el Ensemble Kérylos, están hoy disponibles en internet.

Para mí, es una música que suena quejumbrosa y sobrecogedora, a la par que extraña y exótica.

Por momentos recuerda al Oriente Próximo y a Mali.

Y ahí está el problema. Aunque las reconstrucciones de instrumentos, de música y de técnicas sean muy precisas, no estamos culturalmente preparados para lo que escuchamos.

Siempre nos remite a otra cosa, a algo que no habría significado nada para los oyentes romanos.

Un comentario casual de Plutarco nos facilita una pista sobre el tipo de música que se tocaba en las procesiones gladiatorias.

El tercer día del triunfo de Emilio Paulo fue anunciado por trompetistas «con una música no de procesión ni ceremonia, sino con la que se animan en el combate los romanos» 19 .

Un «triunfo» y una pompa gladiatoria tenían mucho en común.

Ambas ceremonias exaltaban a alguien que había organizado una matanza: en un pasado reciente, en el caso del general triunfal; en un futuro inminente en el caso del editor de los juegos.

La música marcial estaba a la orden del día en el anfiteatro.

Los romanos eran muy conscientes del poder emocional de la música.

Podía revelar el carácter interior del oyente.

La música marcial, según Dion Crisóstomo, movió en una ocasión a Alejandro Magno a empuñar sus armas «como los arrebatados por una excitación», pero a un decadente déspota oriental no lo habría inducido más que a levantarse de su cómoda cama «para danzar o emprender la huida» 20 .

La pompa gladiatoria

El patrocinador de los juegos nos contempla desde el relieve de Pompeya.

Es imposible saber si era normal que un editor participara en la procesión.

En un relieve de Capua, se muestra un desfile de ese tipo que ya ha cruzado un arco, tal vez el del anfiteatro 21 .

Dos ayudantes con túnica y dos lictores siguen avanzando en línea recta, mientras que la primera de cuatro figuras togadas (probablemente, magistrados de la ciudad) comienza a subir unas escaleras.

Puede que se trate del momento en que la pompa gladiatoria se divide: los magistrados suben al pulvinar (el palco donde se sentaban el promotor del espectáculo y sus invitados) y los ayudantes se dirigen hacia sus no tan destacados asientos.

El arco implica que han llegado desde el exterior del anfiteatro y no desde algún nivel superior al de la arena.

En el anfiteatro de Puteoli, había una puerta que daba acceso desde la arena a un santuario ubicado bajo el pulvinar, y dos tramos de escaleras conducían a una pasarela desde la que se podía acceder indirectamente al palco del editor 22 .

Ahora bien, si lo normal era que el editor entrase en la arena como un participante más de la procesión, lo lógico sería que, en vez de tener que salir de nuevo y volver a entrar por otro portal, hubiera puertas que, desde el coso, dieran paso a escaleras monumentales por las que él pudiera ascender con la majestuosidad debida hasta el pulvinar.

Sin embargo, no se ha hallado un elemento así en ningún anfiteatro.

De un emperador sí tenemos constancia de que participó en la pompa.

De hecho, si no lo hubieran asesinado el día antes, Cómodo iba a convertirse en cónsul el 1 de enero del 193 d.

C. vestido de secutor tras haber encabezado una procesión de gladiadores desde el Ludus Magnus hasta la casa del Senado 23 .

En breve lo veremos oficiando desde el suelo mismo de la arena el comienzo de los combates.

Pero, pese a todos los intentos modernos de rehabilitar su figura, no cabe duda de que Cómodo tuvo una obsesión gladiatoria única entre todos los emperadores.

Un corredor —hoy llamado a menudo de manera irónica la «Galería de Cómodo»— daba acceso privado al palco imperial del Coliseo (presumiblemente desde el Palatino) 24 .

Si otros emperadores hubieran sido participantes habituales en la pompa, al menos alguna de las cientos de anécdotas que se contaban sobre ellos —auténticas o ficticias— y que han sobrevivido hasta nuestros días habría estado ambientada en la procesión que conducía hasta la arena. Pero no es el caso.

La celebración

Una procesión como aquella, con música y fragancias, evocaba inevitablemente una ceremonia religiosa.

En las provincias, como hemos visto, los combates de gladiadores iban casi siempre ligados al culto imperial 25 .

Pero, tanto en Roma como fuera de ella, había otros elementos religiosos implicados.

Todos los anfiteatros contenían estatuas y otras imágenes de los dioses tradicionales.

Los arcos del segundo y el tercer nivel del Coliseo estaban llenos de esculturas de divinidades.

Puesto que todas las grandes ocasiones públicas se iniciaban con un sacrificio, podemos estar seguros de que, pese a la ausencia de pruebas al respecto, lo mismo ocurría en los juegos, aunque fueran solo unos pocos pellizcos de incienso rociados sobre el fuego de un altar portátil.

En cuanto a qué dioses eran venerados en la arena, la literatura y la arqueología parecen apuntar en direcciones distintas.

Los escritores de la Antigüedad vinculan con los combates gladiatorios a Marte, dios de la guerra, y al no menos belicoso Hércules 26 , y también a Diana, diosa de la caza, y las venationes 27 .

Entre los restos arqueológicos, sin embargo, no aparecen santuarios dedicados a esas deidades.

Sí se ha visto, en cambio, que muchos anfiteatros contenían otros dedicados a la diosa Némesis 28 .